viernes, diciembre 26, 2008

Roque Dalton comienza a aburrir. (Cinco tesis sobre la imagen pública del poeta)

Miguel Huezo Mixco

Esto va a sonar como una herejía. Cuando me puse a pensar qué decir en ocasión del lanzamiento del tercer volumen de la Poesía Completa de Roque Dalton por parte de la DPI, debo confesarles que mi primera reacción fue sentir que Dalton ha comenzado a aburrirme un poco. Es probable que ustedes no compartan mi posición, pero al menos van a respetar mi punto de vista. A continuación amplio de manera muy breve mi perspectiva a partir de cinco tesis sobre la imagen pública del poeta en nuestros días.

Primera tesis: Dalton se ha convertido desde hace un buen tiempo en un clásico, y los clásicos están condenados a volverse aburridos. No quiero decir que su obra o su pensamiento se haya agotado y no tengan nada nuevo que aportar al entretenimiento o al conocimiento de eso que llamamos “el alma humana”. Pero los clásicos están recubiertos por una pátina que les otorga un carácter distante. Dalton ha ingresado, por su obra y por su tragedia, en el panteón de los grandes escritores salvadoreños de todos los tiempos, y eso, tenemos que decirlo, comienza a convertirlo en una especie de antigüedad.

Segunda tesis: Dalton goza, sin embargo, de muy buena salud en el estado de ánimo nacional. Dalton consiguió recoger extraordinarias representaciones de “lo salvadoreño”, como en el mil veces citado “Poema de amor”, donde considera a sus compatriotas –nosotros-- como muy trabajadores y creativos, además de ser muy pendencieros (dispuestos a sacar primero el cuchillo). Este tipo de representaciones lo convierten en un autor y una referencia imprescindible de una cierta idea de la “salvadoreñidad”. Su personalidad misma encarnó rasgos muy “salvadoreños”, y muy “masculinos”: irreverente, mujeriego y borracho. Características que nunca consiguieron opacar, sino más bien resaltaron, sus innegables talentos artísticos.

Tercera tesis: Dalton es uno de nuestros principales productos nostálgicos y un verdadero éxito comercial. La nostalgia se ha convertido en las últimas décadas en un producto muy rentable para la economía salvadoreña. El loroco, el achiote, la horchata, ya no digamos las pupusas, las fotos del monumento al Salvador del mundo y la bandera nacional, han cobrado un nuevo brío debido a que veinte de cada cien salvadoreños viven en el extranjero. Las necesidades de esa población (entre millón y medio y dos millones de personas) de constituirse en una comunidad diferenciada respecto de otras identidades (mexicanos, dominicanos, colombianos, etc.) presentes en los enclaves latinos en Estados Unidos, han hecho a los salvadoreños abrazarse a la nostalgia con fuerza inusitada. En el terreno editorial Dalton es nuestro principal producto nostálgico.

Cuarta tesis: El “establishment” le está pasando una alta factura a la rebeldía de Dalton. Dalton decía que su patria, El Salvador, era como un “mamá que para los pelos”. Esa madre horrible, agresiva, coscorroneadora, parece haber acogido finalmente a su hijo pródigo. Y lo está apretando contra sus grandes chiches, así como una madre entre abnegada y resignada aprieta a un cipote travieso, ese cipote que Dalton siempre quiso ser. Los que vivimos la prohibición y el peligro que entrañaba tener un libro de Dalton (y, en general, la sola tenencia de casi cualquier libro), no dejamos de sorprendernos cuando lo miramos convertido en uno de los productos mas apetecidos en las librerías y uno de los nombres obligados en los programas de estudio de los escolares. Estos hechos prueban que una parte importante de la cultura salvadoreño ha cambiado, y mucho. Esa nueva cultura lo ha acogido, pero su “venganza” consiste en imponerle esa aureola, algo vacua, destinada a los forjadores de identidad, que rápidamente asociamos con la imagen de “viejitos aburridos” y anacrónicos.

Quinta tesis: todo lo dicho parece un resultado inevitable del paso del tiempo. Parece irremediable que Dalton llegue a convertirse en lo más cercano a una estatua. Confieso que yo mismo me siento un poco --pero solo un poco-- responsable de ello, pues entre otras cosas ayudé a darle forma al proyecto de publicación de sus poesías completas, patrocinado por la instancia editorial oficial. Ese proyecto culmina ahora con el lanzamiento del tercer tomo de sus poesía completas, tituladas, casi como una dulce ironía… “No pronuncies mi nombre”.

Me siento invadido por un doble sentimiento. Por un lado, un alejamiento respetuoso respecto de Dalton. Por otro --y quisiera que esto quedara también muy claro-- de orgullo por haber sido testigo y parte de ese proceso que lo sacó de las catacumbas. Dalton seguramente va a comenzar a ser visto cada vez más como un 'viejo aburrido'. Pero el hecho mismo de que ya comience a aburrirnos, de que se vuelva demasiado habitual, excesivamente nombrado y unánimemente respetado, es prueba de que su obra --y no solo su obra, sino también su testimonio personal-- empujaron un cambio importante en la cultura salvadoreña del último siglo. Por una de esas paradojas de la vida, Dalton nos ha obligado a todos a ser un poco más tolerantes.


Imagen: Roque Dalton

Todos moriremos, no solo los cobayas

María Tenorio

Ocurrió esta mañana. O, más probablemente, en la madrugada. RR me llamó por teléfono a las 10 para comunicármelo. Su natural inexpresividad cedió ante la ingrata sorpresa de encontrar al pequeño roedor, blanco y tierno, decapitado en el jardín de mis padres. "Lo hallé cuando iba a darles de comer a los cobayas", me dijo. "El otro está muy asustado y se ve triste". Sin duda ha sido una pérdida para el sobreviviente que, nunca sabremos, pudo haber sido testigo del crimen cometido entre las sombras de la noche.

Desde el otro lado del teléfono, sin nunca ver el cádaver de la pequeña mascota, especulé sobre el asesino. Mi imaginario sobre animales domésticos me sugería que se trataría de un gato. "Lo extraño es que no había una gota de sangre", comentó RR, el guardián de la casa de mis padres. "Ha tenido que ser un animal grande... quizás alguna culebra", sentenció desautorizando mi inclinación felina. El chupacabras, dijo Miguel horas más tarde cuando le revelé el cobayicidio. "Por eso de que no hubo sangre."

Lo cierto es que un ser vivo atacó y mató al pequeño animal, blanco y tierno, en el lugar mismo donde mis sobrinitos se solazaban jugando con él y su otro compañero cobaya. Los niños no se han enterado, están fuera del país. Seguramente cuando vuelvan, mi madre --que tampoco lo sabe porque también está fuera-- habrá adquirido en alguna tienda de mascotas a otro pequeño, blanco y tierno cobaya o cuy o conejillo de indias, que cualquiera de esos nombres recibe la especie en cuestión. Mi madre, creo yo, lo haría para evitar que los niños sintieran tristeza por la pérdida de su mascota. Querría sustituir al extinto con otro animalillo de características similares: pequeño, blanco, tierno, con una manchita oscura en su ojo izquierdo.

Yo pensaría que es conveniente enfrentar a los niños con el hecho ineluctable de la muerte. Todos moriremos, no solo los cobayas. ¿Por qué no aprovechar esta oportunidad para hablar sobre evento tan natural en la vida? Imagino que, si mis sobrinitos reconocieran al cobaya impostor, se les diría que su verdadera mascota está en el cielo, tocando un arpa para cobayas en compañía de ángeles-cobayas, disfrutando de la paz y la calma eternas que todos los buenos cobayas merecen. Muchos adultos usan la metáfora del "cielo" para disfrazarles a los pequeños la realidad de la muerte, edulcorarles el sentimiento de pérdida y ayudarles a sobrellevar el duelo. Pero, bien mirado, el cielo es una nada sencilla abstracción que los niños aceptan de manera condescendiente, para no ver a sus padres en aprietos.

Es preciso, en este momento y con estas imaginaciones, hacer un mea culpa. "¿Qué hará con el cobaya muerto?", le pregunté a RR esta mañana, a las 10 pasaditas, luego de haber recibido la triste noticia. Me acuso de no haber evitado que su cuerpecito sin cabeza fuera depositado por RR en la basura para realizar su viaje fúnebre en un tren de aseo de la comuna capitalina. No hice nada por dar sepultura al occiso. Su cadavercito se convirtió en desecho sólido y orgánico, como una cáscara de guineo o la osamenta del chompipe navideño. El tierno, blanco y pequeño conejillo de indias, cuyo nombre no recuerdo, ha terminado en una vil bolsa de plástico negro, y no hay lugar en esta tierra para recordarlo con una crucecita y derramar alguna lágrima.

La ciudad es un lugar peligroso. No solo para los humanos.

sábado, diciembre 13, 2008

El texto vetado

Reproducimos el texto escrito por Sergio Ramírez, que prologaría la publicación de una antología de los poemas del nicaragüense Carlos Martínez Rivas, a cargo del diario El País, de España. Ni la obra ni el prólogo serán publicados como resultado del veto del Instituto Nicaragüense de Cultura contra el texto de Ramírez. La acción, en palabras del propio Sergio, "es un acto absurdo de represalia" por su papel crítico hacia las arbitrariedades del gobierno de Daniel Ortega. Ramírez ha recibido expresiones de apoyo de artistas, intelectuales y libre pensadores de todo el mundo, a las cuales se une nuestro blog.

Horno al rojo vivo

Sergio Ramírez

A la hora del desayuno de mis tiempos oficiales en el gobierno de la revolución ya estaba allí el correo de Carlos Martínez Rivas como si una mano invisible lo hubiera dejado sobre la mesa: un sobre de manila que había tenido antes otro uso, rotulado con su letra escolástica, firmes y elásticos arabescos de tiempos de empatador y tintero que enlazaban con sus rúbricas, como virutas, unas palabras con otras. Caligrafía de alumno díscolo del Colegio Centroamérica de Granada junto al Gran Lago de Nicaragua, mimado de los jesuitas, sobre todo del poeta navarro Ángel Martínez Baigorri, su mejor maestro, y mimado de las musas. Dóctor, se dirigí a mí en el sobre, o Doktor. Él era the poet, nada más el poeta.

Ya estaban allí también los informes oficiales, los recados tempraneros, los partes y las tiras de telex que ya no existen más, pero la avidez me llevaba de primero a rasgar el sobre de Carlos para encontrar, sino era otra vez su testamento ológrafo, porque varias veces fui su heredero universal honorífico y legatario otras tantas veces de su biblioteca, disposición esta última que llegó a anular bajo el temor, sic, de que “la convertiría en una biblioteca popular”, sus poemas aún envueltos en el dorado calor del horno: madeleines para mojar en la taza de te de tilo a la hora del asma en Combray, croissantes para comer de pie junto a la barra en los desayunaderos de piso cubierto de aserrín de la rue Monsieur-le-Prince, muy al alba aguardentosa, hora de la alta resaca, mareo nostrum, los tiempos aquellos en que Octavio Paz lo recuerda aparecer entre los amigos de la inquerida bohemia con una guitarra y una botella llena de ron.

Su casa de Managua en el barrio de Altamira, uno de esos colmenares construidos después del terremoto, era como una panadería. Aunque alguien dijera por allí, quizás nosotros dos mismos conversando en eterna risa que ya traíamos muertos de risa desde los años ejemplares que compartimos en la década de los setenta en Costa Rica, que él llamaba con risa Costa Risa, encerrados en mi oficina burocrática de San Pedro de Montes de Oca, o en su celda monacal del falso Hotel Sheraton de la Avenida Central de San José, nombre ampuloso para un albergue de media mala muerte que sus propietarios chinos habían inscrito en el registro de marcas y no había trasnacional del mundo que pudiera quitarles, o como una ocurrencia más de aquellas de las tertulias de anochecer discutiendo literatura con José Coronel Urtecho a la luz de lámparas tubulares en el corredor con barandas de la hacienda Las Brisas que daba al Río Medio Queso anegándose en tinieblas, aunque alguien dijera, digo, cualquiera de nosotros dos, que más que una panadería se trataba más bien de una cueva, la cueva de Altamira con sus bisontes en la pared y el minotauro hidrópico que era él mismo paseándose en pelota entre esos muebles que no eran de hogar, sino de oficina de impuestos porque casa y muebles se los había proveído el gobierno, para qué más servía una revolución sino para amparar a un poeta, acaso sobre su desnudez una robe de chambre amarilla como una capa pluvial esponjándose en el aire tibio de la mañana. Y el espejo y la navaja de afeitar cruzados sobre la bacía llena de espuma de jabón. Cueva, o torre.


Siga leyendo en: http://www.elnuevodiario.com.ni/especiales/34548

Foto: Carlos Martínez Rivas, archivo El Nuevo Diario, Managua.

miércoles, diciembre 10, 2008

¿Por qué somos consumistas?


Miguel Huezo Mixco

Hace unos días, mientras me encontraba en el extranjero en una encerrona de trabajo, mi hija mayor Mariana me dejó una “llamada perdida”. Le respondí con un mensaje de texto recordándole que no me encontraba en el país. Mariana me respondió con otro mensaje: "tengo apendicitis". Mi alarma fue enorme y comencé a idear la manera de regresar de inmediato a San Salvador. Intercambiando mensajes con mi hija (uno camino al hospital, otro en la sala de espera, uno más después de sus exámenes), seguí con detalle la evolución de su malestar y supe casi de inmediato, esa misma tarde, que el médico había descartado la apendicitis.

Momentos como ese me hacen sentir muy afortunado de tener un teléfono móvil. Se ha vuelto consustancial a mi vida. No soy la excepción. En 1997 en El Salvador operaban unos 20 mil celulares. En 2006 pasaron a ser más de 6 millones. El celular se ha expandido con la velocidad de una epidemia y suele ser citado como el mejor ejemplo de que nos hemos convertido en una “sociedad consumista”. Aparte de ser útil para responder a una emergencia y mantener vivos los lazos afectivos, el teléfono está moldeando nuestra vida social.

¿Por qué la austera sociedad salvadoreña, recién emergida de una dolorosa guerra civil, adoptó tan fácilmente el consumismo? En parte, porque no tuvimos otro camino. Las decisiones macroeconómicas emprendidas a principios de los años 90 necesitaban consumidores para impulsar las ruedas de la economía. Sus promotores tuvieron un enorme éxito: El Salvador es ahora el séptimo país con el consumo privado (como porcentaje del PIB) más alto en el mundo, y según el Banco Central de Reserva el año pasado el consumo agregado del país fue equivalente al 106% del PIB.

Empujados por aquellas políticas económicas, en pocos años dejamos de ser un sociedad de productores para convertirnos en una de consumidores. El orgullo de "consumir lo nuestro", promovido entre 1960 y finales de los 80, estuvo sostenido por una racionalidad económica que ayudaba a fijar las identidades en bienes exclusivos de una comunidad nacional. La economía "abierta" de los años 90 nos hizo entrar en una nueva racionalidad y en una nueva cultura. Una emblemática empresa salvadoreña que se dedicó por décadas a la producción y venta de zapatos, ahora prefiere traerlos, más baratos, desde China. La ancestral cultura del maíz también se modificó de forma drástica: el consumo de pan fabricado con trigo importado supera el gasto nacional en el consumo de derivados del maíz. Pese a que nunca antes hubo en El Salvador tanto dinero como ahora --en parte gracias a las remesas-- las tasas de ahorro de nuestros días se encuentran al nivel de hace tres décadas. Si el país quiere cambiar esas prácticas deberá apelar a algo más que a reproches moralistas y campañas de publicidad: tendrá que darle un nuevo rumbo a la política económica.

Todos experimentamos cierto malestar con el tipo de sociedad que somos. Sin embargo, como sostiene el sociólogo Z. Bauman, consumir se ha convertido en un camino para que los excluidos de ayer comiencen a sentirse socialmente incluidos. Aunque se le considera como el lugar de lo superfluo y un epítome de los pecados capitales (gula, pereza, soberbia, etc.), el consumo está moldeando nuestras identidades sociales y culturales. Lo que uno posee o es capaz de llegar a tener se ha vuelto una parte fundamental en la construcción de la nueva identidad salvadoreña.

(Foto "1000 mobiles" de Gaetan Lee, tomada de Flickr, bajo licencia de Creative Commons.)

La indeseable materialidad de las fotos


María Tenorio

"No es lo mismo que tenerlas en papel", dice el eslogan que nos invita a imprimir las fotografías digitales. Yo me resisto. No quiero más fotos impresas, ni hacer álbumes como libros. No quiero dedicar más cajas de zapatos ni otro baúl chapín a las imágenes que me sirven para recordar. Ahora soy una fotógrafa digital que cada día descubre más locuritas que hacer con sus fotos dentro del fascinante espacio de la computadora.

Hace unos ocho años, ante un evento familiar o algún viaje, me preparaba con rollos de 24 o 36 exposiciones. Los colocaba en el compartimiento de la cámara apenas con la punta enrollada para sacar dos o tres fotos más de las especificadas por el fabricante. Antes de disparar la cámara, me aseguraba de que el objeto estuviese en la posición deseada y con su mejor apariencia. Una mala toma era una fotografía que habría que romper y tirar al cesto de la basura. Y confieso que eso me dolía.

En mis años de cámara analógica, llevaba los rollos a alguna tienda fotográfica donde revelarían los negativos e imprimirían las fotos en papel brillante de 4X6 pulgadas. Un día después recogería un sobre de papel que abriría dentro de la tienda para ver su contenido camino al parqueo. Era emocionante escanear rápidamente cómo habían salido las fotos. Ya en casa, pondría la mayoría de ellas en algún álbum y a mano escribiría viñetas para identificar la ocasión, el lugar, la fecha, los personajes. Luego las enseñaría a las visitas.

Cuando me compré la primera cámara digital --una Olympus súper sencilla, pues no soy fotógrafa profesional-- comencé a usarla más o menos como la analógica. Sacaba fotos, con la inédita emoción de ver cada imagen en el segundo mismo en que la captaba; las bajaba en la computadora, borraba las malas, escogía las mejores y, en un CD, las llevaba a imprimir; entonces venían el álbum, las viñetitas, las visitas.


Letrero en el cementerio de Izalco


La cámara digital me ha permitido fotografiar escenas y objetos que jamás se me hubiese ocurrido con la analógica. Una abeja en pleno vuelo sobre una flor en el jardín de unos queridos amigos columbianos, desechos tirados por el mar sobre la playa El Tunco, una vela ardiendo o un letrero pintado a la entrada del cementerio de Izalco. Los disparos de la cámara se han multiplicado por decenas y hasta por cientos gracias a la capacidad de las tarjetas de memoria. Hoy la dificultad consiste en manejar el exceso de fotos, no ya en medirse para que todas salgan bien.

Un amigo a quien desde hace meses solo veo en fotos me pasó por correo electrónico un programa gratuito que todavía hoy me parece maravilloso: el Picasa. Además de organizar todas las fotos cargadas en mi computadora, el programa permite recortarlas, intensificar los colores, convertirlas a blanco y negro, darles otras texturas. Como soy usuaria de Google, desde Picasa cuelgo álbumes fotográficos, a los que puedo añadir viñetas y títulos, para que los vea todo el mundo en mi galería pública o solo un grupo de amigos. Recientemente abrí una cuenta en Flickr, un servicio que permite editar y colgar fotografías sin necesidad de bajar ningún software en la computadora.

Hoy día hago fotos con mi celular o con la cámara digital. Luego las descargo en la computadora y juego con ellas. Algunas las comparto con familiares y amigos. Otras van a Talpajocote. La mayoría están albergadas en el disco duro o en algún CD. Apenas he imprimido unas poquitas fotos en los últimos años para colocarlas en marcos. En definitiva, no es lo mismo. Mi relación con la fotografía digital es completamente distinta a la que tenía con las fotos de mi cámara analógica, las que precisaban de un cuarto oscuro para salir a la luz. Hoy día me siento más dueña de mis fotos. Y disfruto su inmaterialidad. Yo no quiero tenerlas en papel.

miércoles, noviembre 26, 2008

Dos mujeres, un camino

Transformadoras de lo normal en paranormal, interventoras de cuerpos y memorias, la escritora Jacinta Escudos y la artista visual Carmen Elena Trigueros, han elegido el camino de la provocación y la ironía. Jacinta, después de un --más o menos-- prolongado silencio, retorna con una colección de narraciones perturbadoras y desconcertantes, en su libro "El diablo sabe mi nombre". Carmen Elena ha vuelto a la carga con una instalación artística donde desnuda la utilización del amor como forma de control social.
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Cuerpos grotescos en los cuentos de Jacinta

María Tenorio

Perturbadores, trasgresores, desconcertantes. Así han sido calificados por la crítica y los lectores los cuentos de la más reciente publicación de Jacinta Escudos, El Diablo sabe mi nombre (San José, Costa Rica; Uruk Editores, 2008). No puedo sino estar de acuerdo. Una niña se transforma en cocodrilo "en las tardes de calor" cuando va al arroyo. En "Memoria de Siam", una mujer del siglo XVIII se convierte en hombre por efecto de la atracción sexual de una prostituta. Un hombre hace pareja con un insecto gigantesco. Una criatura del mar corta y degusta la lengua de un marinero en un encuentro sexual.


Un elemento común en los catorce relatos de este libro es el tratamiento literario del cuerpo. La escritora salvadoreña se da permiso de jugar simbólicamente con los cuerpos. De mutarlos, de mutilarlos. De ponerlos a interactuar de forma inusitada. De abrirlos a la diferencia. No importa si son humanos o animales. Los cuerpos están abiertos a las apetencias de los sentidos, al placer, a la vida, al dolor. Forman un todo con el mundo: una continuidad imperfecta, en plena transformación, renovándose continuamente. En El Diablo sabe mi nombre predomina la "concepción grotesca del cuerpo", según la propuesta del crítico ruso Mijail Bajtín.

Para Bajtín, “a diferencia de los cánones modernos, el cuerpo grotesco no está separado del resto del mundo, no está aislado o acabado ni es perfecto, sino que sale fuera de sí, franquea sus propios límites". El cuerpo, sostiene, "se abre al mundo exterior o penetra en él a través de orificios, protuberancias, ramificaciones y excrecencias”. Es parte de un todo cósmico.

Con la puesta en escena de cuerpos grotescos, Jacinta Escudos cuestiona la concepción clásica del cuerpo como ente cerrado y clausurado sobre sí mismo, que el ser humano ve como su propiedad. Se trata de un cuerpo separado de los demás cuerpos y que saca provecho de ellos. La forma de vida que ha alcanzado el hombre en el mundo contemporáneo es puesta en cuestión en El Diablo sabe mi nombre con las figuraciones de unos cuerpos que pertenecen ya no a los “individuos” sino a un todo más grande, rico y abierto, donde todos los seres vivos estarían en comunión: lo que conocemos como la naturaleza y que, en nuestra visión de mundo, se contrapone a la cultura.

Así, en el último cuento del libro, “La flor del Espíritu Santo”, Jacinta Escudos pinta un mundo desolado y destruido por la intervención del hombre. Su protagonista, una mujer que trabajaba en un Invernadero, dice que “donde hay personas siempre hay destrucción. Ahora la naturaleza está muerta”. En ese planeta que los humanos han destruido al olvidar que sus cuerpos son parte de un todo superior que merece respeto, al Diablo no le queda más quehacer, dice la autora en el cuento que da nombre a la colección: “Hay tanta maldad en el mundo, que los humanos no necesitan más de mis servicios – dice el Diablo con melancolía, mientras da la vuelta y se echa a dormir”.

Vínculos recomendados

Dos cuentos de El Diablo sabe mi nombre publicados en la web:
"El placer"
"El espacio de las cosas"

Blog de Jacinta Escudos, Jacintario

Página oficial de datos de Jacinta Escudos

Carmen Elena Trigueros. En el exquisito palacio de la vida en pareja

Miguel Huezo Mixco

De inmediato recordé a mi madre y la miré en mis recuerdos doblando el mantel de cuadros amarillos que no ceso de evocar en mis almuerzos. La miré sacando el huevo de madera de su costurero para zurcir mis calcetines agujereados y los de mis hermanos. La recordé en sus rutinarias jornadas de lápiz y cremas frente al espejo, hablando con mi padre, antes de correr a su oficina. Todo esto ocurrió mientras miraba las imágenes y los textos de un trabajo escolar realizado por una mujer hace 50 años.

Las piezas de Carmen Elena Trigueros forman parte de la exposición "Suite Sweet Love", del colectivo español K.b.zonas, exhibiéndose en el Centro Cultural de España, en San Salvador. En su participación, la artista utiliza el cuaderno escolar de su madre --un compendio de reglas básicas que aconsejan a una jovencita cómo comportarse con su futuro esposo, cómo llevar la casa, cómo manejar los celos y la manera tratar a la suegra--, y lo convierte en una inquietante pieza artística.

El cuaderno comienza diciendo: "Llegará el día en que vistiendo las galas de novia, envuelta en albures de pureza y de alegría te presentarás ante el altar del Señor, junto al hombre que amas, para recibir las bendiciones del cielo sobre vuestro mutuo amor". El texto alude, naturalmente, al día de la boda, y se ilustra con los rostros de una pareja que sonríe bajo una llovizna de arroz. Las hojas de ese cuaderno dan testimonio no solo de la educación que recibieron a mediados del siglo pasado las pocas mujeres que iban a los "buenos colegios" de San Salvador, Santa Tecla o Santa Ana. Muestran también la capacidad del pensamiento liberal para moldear sujetos profundamente compenetrados con la agenda social sin hacerles sentir que son objetos de coerción. El gran recurso para que las personas, especialmente las mujeres, acepten esos abusos sin emitir una queja se llama... amor.

¿Quién en su sano juicio puede oponerse al amor? Sufrido, benigno y sin envidia, que no se irrita, que todo lo sufre, todo lo cree y todo lo soporta, como lo caracterizó el apóstol Pablo. "Eufórico, narcótico, gozoso y alucinante", como lo considera uno de los personajes de "Un mundo feliz", de A. Houxley. Esa "cosa esplendorosa", como se llamó la película de Henry King, exhibida en 1955. Llevado al frenesí, como en la canción "Como quisiera ser tu amor", de Los Galos, entonada a gritos en todos los burdeles de El Salvador en los años 70.

Ese dulce y anhelado amor invocado por músicos, novelistas, poetas y cineastas sirve también para ejercer un severo control social, y está sometido a tantas regulaciones que ya parece un medicamento controlado, como el rivotril o la paroxetina. Por si fuera poco, al amor le hemos transferido los códigos de la ética del trabajo. "Trabajar en la relación", se nos aconseja de parte de los terapeutas, como si la vida conyugal, en cualquiera de sus variantes, fuera una faena tan dura y estresante como mantener un puesto de trabajo.

El mundo familiar ha sido un tema recurrente en la obra de Carmen Elena Trigueros desde hace varios años. Su instalación, como parte de la exposición "Suite Sweet Love", es el mejor logrado de los proyectos que le conozco. Esta vez, la artista ha dotado de una energía irónica al conjunto de la exposición sobre los objetos cotidianos que recrean el mobiliario y los signos asociados a los destartalados cimientos de ese exquisito palacio de la vida en pareja. Tan quebrantado por los presupuestos económicos, tan castigado por las convenciones sociales, tan asolado por los monstruos de la rutina y la infidelidad.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 27 de noviembre de 2008)

Enlaces de interés:

Líneas en la memoria, de Carmen Elena Trigueros:

http://lineasenlamemoria.blogspot.com/2008/07/carmen-elena-trigueros.html

Intervención de Carmen Elena Trigueros en servicios sanitarios:

http://luisfernandoponce.blogspot.com/2006/11/carmen-elena-trigueros-intervencin-de.html

Los Galos, en concierto:

http://www.youtube.com/watch?v=kJD-JwdjJcY&feature=related#

domingo, noviembre 23, 2008

DOS INVITACIONES PARA ESTA SEMANA

Este miércoles 26 de noviembre están invitados a la presentación del libro El diablo sabe mi nombre de Jacinta Escudos, por María Tenorio, a las 6:30 en el Centro Cultural de España.

Dé clic sobre la foto para ampliar la invitación

Y el viernes 28 de noviembre, a la presentación del tercer tomo de la Poesía completa de Roque Dalton, por Miguel Huezo Mixco, Luis Melgar Brizuela y Luis Alvarenga, en la Sala Nacional de Exposiciones del Parque Cuscatlán, a las 5:30 de la tarde.

Dé clic sobre la foto para ampliar la invitación

miércoles, noviembre 12, 2008

Una tarde en el centro de San Salvador

El centro histórico, sí. Un centro que perdió su centralidad política y urbanística pero que sigue siendo el espacio donde los capitalinos buscan su "yo" urbano. Por eso devino "histórico", histriónico, histérico. Un espacio que conmueve y despierta las imaginaciones. Un espacio vital de conversaciones y rebusca. La carga simbólica que tiene es irrenunciable para muchos salvadoreños que lo viven y lo sueñan.

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Rescatar el centro histórico de San Salvador, ¿para quién?

María Tenorio

Soy usuaria ocasional del centro histórico de San Salvador: me gusta visitarlo, recorrer sus calles, mostrárselo a los amigos que vienen del extranjero, tomarle fotos y, de vez en cuando, realizar compras. Pero me considero, sobre todo, una paseante en el centro, alguien que va ahí por distracción. Aunque también, ahora que lo pienso, voy ahí en busca de “centro” para mi yo urbano.

No hago vida cotidiana en el centro. No necesito atravesarlo a diario para tomar el bus que me lleva a casa. No tengo un canasto con dulces en la esquina de la Plaza Barrios. No trabajo en una tienda que vende usados frente a la plaza Morazán. No soy una desempleada en busca de trabajo ocasional, ni me reúno con mis amigos en la plaza Barrios para conversar. Ni vendo magnolias en el portal La Dalia. Pero reconozco que el centro histórico le da “centro” a la ciudad donde vivo. No me la imagino, ni quiero imaginármela, sin él.

En cierto modo, soy una expulsada del centro histórico. De niña, a mediados de los setenta, iba todos los días al centro a estudiar. Mi colegio, el Corazón de María, quedaba frente a la Confitería Americana, cerca de la avenida España. La oficina de mi padre quedaba en el centro. Con mi madre nos íbamos en bus al centro, después en carro, y lo caminábamos. Ella hacía compras en almacenes Bach, frente al parque Hula Hula; en Simán (entonces no había Simán Galerías ni Simán La Gran Vía) y en otras tiendas cuyos nombres no recuerdo. Los útiles escolares los comprábamos en la cuadra de las librerías, atrás del parqueo Morazán. Una vez, y de eso me acuerdo bien, a ella le robaron el reloj: se lo arrebataron de la izquierda mientras con la derecha me afianzaba bien a mí, que habré tenido unos cinco o seis años. En una farmacia cercana le curaron la lastimadura. Fue un susto expulsor, asumo hoy a la distancia.

El corazón de la urbe, espacio público por excelencia, es un espacio donde muchos capitalinos se cruzan (lo transita a diario un millón de personas); pero donde muchos otros jamás se cruzarán (sus usuarios predominantes pertenecen a sectores medios y bajos). Un espacio donde se hace visible lo carencial en forma de falta de higiene y salud públicas; de privatización y descuido de plazas, calles y aceras; de abandono de estructuras arquitectónicas con valor patrimonial o sin él; de contaminación auditiva, olfativa y visual. Un espacio donde habitan cerca de dos mil familias –según datos del año 2000—en condiciones precarias, muchas en mesones con deficientes servicios básicos. Un espacio al que muchos temen por la percepción dominante de inseguridad y violencia en sus calles.

Sin embargo, el centro también es un espacio económico vivo. Basta darse una vuelta por sus calles, plazas y mercados para darse cuenta de la actividad frenética que moverá buena cantidad de dólares cada día. El centro histórico mueve a muchos actores sociales, de los sectores público y privado, a preocuparse y ocuparse de él como objeto de "rescate". Muchos proclaman el deseo de mejorar las condiciones urbanas de esa zona de la capital. Los candidatos a alcaldes, por ejemplo, no lo pueden excluir de su agenda de ofrecimientos electorales.

Ahora bien, ¿para qué y para quién quiere "rescatarse" el centro histórico? Según experiencias en otros países, algunos proyectos en áreas urbanas pauperizadas se convierten en "reconquistas" del espacio que sustituyen a la población. Ese es un riesgo que no puede obviarse. ¿Por qué ocurriría esto? Porque la revalorización de la tierra y de las edificaciones en el área rehabilitada atraería a quienes podrían asumir los nuevos costos, expulsando a los que carecen de recursos para financiar los espacios “recuperados”.

Un informe de FUNDASAL del 2005 cuestiona si en el país hay verdadera intención de mejorar las condiciones urbanas del centro histórico: la (gran) empresa privada “no tiene interés en invertir en el centro” porque tiene su mirada en los centros comerciales situados en El Espino; las instancias gubernamentales, dice el reporte, “tienen el rescate del centro histórico como un estandarte político” y, por su parte, los vendedores y los habitantes temen la expulsión y el desalojo violentos e improvisados.

En el centro histórico de San Salvador ha habido proyectos muy puntuales que no han realizado grandes transformaciones en el entorno. Me refiero a la recuperación de las plazas Morazán, Barrios y Libertad, tomadas por el comercio informal y la violencia, que la alcaldía y dos empresas de telefonía emprendieron entre 1999 y 2000. En su momento tuvo que intervenir el Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM) para sacar a los vendedores informales y reubicarlos en áreas designadas. Hoy día estas plazas funcionan como puntos de encuentro o lugar de paso de usuarios del centro, con unas pocas ventas ambulantes o pequeños puestos.

El centro histórico de la ciudad seguirá siendo objeto de estudios, discusiones, proyectos y políticas públicas. La carga simbólica que tiene es, hoy por hoy, irrenunciable para muchos salvadoreños que lo sueñan de otros modos. Sin embargo, hay un actor que debe hacerse cargo del proyecto o los proyectos del centro histórico y ese es el sector público; no solo por ser responsable del bien común sino porque es el único que puede desarrollar una visión a largo plazo y cuenta con los instrumentos para coordinar iniciativas privadas. La pregunta que dejo aquí es para quién se rescatará el centro histórico: ¿para construir una ciudadanía más incluyente en el corazón de la capital y, por extensión, en el país? o ¿para sustituir a sus ocupantes actuales por otros con mayor capacidad adquisitiva?

San Salvador: Arte en la calle

Miguel Huezo Mixco

La semana pasada dio inicio el proyecto ARCA: Arte en la calle, un proyecto destinado a crear iniciativas culturales que generen demanda de espacios para el ocio y la diversión en el centro histórico de San Salvador. La idea está siendo organizada por el Centro Cultural de España, y en ella participan diversas entidades públicas y privadas, y colectivos de artistas.

El centro histórico viene ejerciendo una enorme fascinación sobre intelectuales, académicos y creadores desde hace varios años. Ese encanto proviene de la certeza de que ese espacio, por un lado, es un depósito privilegiado de la memoria salvadoreña. Por otro, es resultado de la fascinación casi hipnótica que ejerce el poder: allí están los restos más visibles de las instituciones fundadoras del país.

Cuando algunas personas hablan de “rescatar” el centro histórico quieren decir “limpiarlo” de pobres. Añoran los días en los que allí se daban cita, luciendo sus mejores galas, los potentados y las autoridades. Olvidan que aquel antiguo esplendor estuvo siempre rodeado de barrios empobrecidos. Extrañan el ritmo sosegado de aquel centro que, poco a poco, fue dejando de ser “el centro” del poder.

Al igual que en muchos otros países, la noción del centro histórico apareció --de manera paradójica—en el momento que se hizo palpable su deterioro y empezó a vaciarse de “centralidad” urbana. Una buena parte del valor del centro reside ahora en su centralidad histórica.

Cuando se piensa en el centro histórico con frecuencia se piensa en las edificaciones y en los monumentos pero casi nunca, o muy pocas veces, en sus inquilinos: las personas de carne y hueso que ahora viven y trabajan allí. Ese espacio tendría muy poco valor si se reconstruyeran las casas de los ex presidentes, se pintaran las fachadas de los grandes comercios y se restauraran los vitrales de las iglesias, pero se vaciara de gente.

El valor de la identidad cultural no es un hecho arquitectónico, sino ante todo humano y social. Recuperar el patrimonio debe ser un recurso para mejorar también las condiciones de vida de la población. A su vez, el ordenamiento territorial no debe derivar en procesos de invisibilización, exclusión y desplazamiento de los habitantes. El centro histórico es también su población. Uno de los grandes retos de cualquier intervención responsable es otorgarle protagonismo a la gente y no sólo a los expertos.

Ese es uno de los aciertos del diseño del proyecto ARCA. Los organizadores quieren animar los espacios públicos atrayendo gente, del centro y de fuera del centro, a las presentaciones de teatro en la plaza Morazán y a los espectáculos de hip hop y break dance en el Teatro Nacional y sus alrededores. Habrá performances, talleres de reciclaje de material desechable en el Mercado Central y conciertos de música clásica en la iglesia El Rosario, que fue diseñada por el arquitecto Rubén Martínez.

Paralelamente, los organizadores desarrollan el proyecto “Invasión en el Parque”, una iniciativa de apoyo al conocimiento y difusión de la música nacional con la participación de grupos emergentes salvadoreños. Este año se contará con la presencia de agrupaciones musicales de Francia, Costa Rica y España. Su idea es realizar conciertos en el Parque Cuscatlán que acerquen a los jóvenes a una oferta musical que tiene poca difusión. Los sujetos principales de los eventos culturales no son los artistas, ni sus producciones, sino la gente.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 13 de noviembre de 2008)

miércoles, octubre 29, 2008

Roberto Bolaño. Una estrella distante

Poeta y novelista chileno, fundador del movimiento poético infrarrealista surgido en un antro de la calle Bucarelli, en la Ciudad de México. Tuvo la gracia de morir joven, quizás no tanto, pero suficiente como para dejar la estela de un mito. En esta entrega, publicamos dos textos relacionados con algunas de sus manías: las bibliotecas y el exilio, y los personajes femeninos extravagantes.

Roberto Bolaño. Como perder una patria

Miguel Huezo Mixco

Decía Roberto Bolaño que la única patria para un verdadero escritor es su biblioteca, no importa que esta se encuentre en estanterías o dentro de su memoria. Yo perdí una patria durante la guerra: una biblioteca de unos dos mil volúmenes. Al terminar "el conflicto" la fui reconstruyendo poco a poco. Se convirtió en mi nueva patria y un poco en mi cruz, lo cual es una tautología porque la patria de uno también es su cruz.

Si mi biblioteca es mi patria yo he sido un expatriado impenitente. Por diferentes razones, en los últimos quince años he vivido en once casas diferentes. En ese mi exilio, que me ha llevado a andar por la vida como un perro que busca su hueso, casi nunca he tenido juntos a todos mis libros. Cuando he conseguido reunirlos, como por obra de una maldición, me veo forzado a dejarlos, con el riesgo de perderles, o se convierten en objetos de complicadas negociaciones.

Ahora, solo una pequeña parte de mi patria está conmigo. La otra, la más grande, vive en mi memoria mientras llega el momento en que todas esas voces --poetas, narradores, fotógrafos, pintores, filósofos, aventureros-- se reúnan en sus nuevos anaqueles como en derredor de una hoguera. Desde que recomencé mi expatriación, abandonando y recobrando mis libros, desde que me hice trizas, desde que me rejunté solo por pedazos, desde que me exilio en inesperados vecindarios, soy el habitante de una patria descuartizada.

Se me ocurre hablar sobre esto en medio de la lectura, quizás tardía, de la obra del chileno Roberto Bolaño, cuyo nombre, hasta hace poco, no significaba mucho para mí. Sabía quién era, desde luego. Inclusive, teníamos amigos en común. Pero su nombre para mí solo era el de alguien repentinamente exitoso --o exitosamente repentino-- que ilustraba las listas de precios de los catálogos literarios. Y así como me resisto a leer las novedades que emergen de los premios patrocinados por los grandes consorcios editoriales, con esa misma obstinación me negaba a leer a Bolaño. Ni siquiera su muerte en 2003, lamentada en todas las lenguas, consiguió decidirme a comprar uno solo de sus libros.

Hace poco sucumbí al encanto de su pluma. Por obra y gracia de una lectora de literatura latinoamericana, leí "Amuleto". Es esa breve novela Bolaño cuenta la historia de Auxilio Lacouture, una uruguaya exiliada en México, que conoció a la olvidada poetisa Lilian Serpas, y que durante la invasión del ejército a la UNAM, en 1968, escapó de los milicos escondiéndose, con los calzones en los tobillos, en los servicios sanitarios de la Facultad de Filosofía y Letras. Desde ese mirador, a donde su memoria vuelve, Auxilio mira pasar el torbellino del pasado como una exhalación de aire caliente, y escucha entonar un canto a una generación de jóvenes latinoamericanos que marchan al exilio y la muerte. Un canto que es un canto de guerra y un canto de amor.

He decido robarme ese libro. No el libro en sí, que es de María, y que se encuentra alojado, como huésped de honor, en un entrepaño de mi pequeña patria, mi patria descuartizada. Me he robado algo que tiene que ver con la pasión, con el coraje y el arrebato, y con la lealtad a asuntos intangibles, como la mayor parte de las cosas que valen la pena, y con la legitimidad de la aventura, y con el alivio de reconocer que nunca es tarde para nada.

(Publicado en La Prensa Gráfica el 30 de octubre de 2008.)

Oigo voces


María Tenorio

La señorita que me atendió en la librería se dirigió sin vacilar a un estante frente a la caja cuando le pregunté si tenía libros de Roberto Bolaño. En los segundos que duró su travesía, lancé de reojo a Miguel una mirada de sorpresa: tenía pocas esperanzas de encontrar títulos del autor chileno aquí en Sívar. Lo que jamás imaginé es que la mujer me mostraría un libro de mi héroe televisivo de infancia.

-- ¡No! --le dije con cierto énfasis.-- Busco libros de Roberto Bolaño, un chileno, no de Chespirito, Roberto Gómez BolañoS. El apellido no termina en "ese". No es BolañoS, sino Bolaño.

No había libros del sudamericano en inventario, según comprobó la vendedora en la computadora del local. Hace algunos años, bien lo recuerdo, los hubo en la extinta Punto Literario. De ahí es la viñeta con el código de barras de "Estrella distante" (1996), una novela corta que, a decir verdad, no recuerdo con particular entusiasmo ni cariño. Su narrador es un hombre y eso, como verán, hace una diferencia en mis lecturas de este autor.

Bolaño me ha hecho oír voces. Voces de mujeres. Imaginar que en las páginas blancas con letras negras de sus novelas "Amuleto" (1999) y "Una novelita lumpen" (2002) hay lenguas femeninas que hablan su mundo y recortan su historia con un principio y un final desde cuerpos que no son tales. Auxilio Lacouture, una uruguaya mayor, simpática y amorosa, es la protagonista de la primera novela. Bianca, una italiana joven bastante parca para hablar, de la segunda. Ambas me hacen cuestionarme por el artificio de las buenas letras para construir personajes creíbles y por la capacidad de ciertos escritores para dar vida a personajes de su sexo opuesto. Bolaño es, sin duda, uno de ellos.

Desconozco cuál sea su técnica para lograr el embrujo que me hace acercarme con placer a la novela y creérmela de pe a pa. La verdad, pienso que el artificio literario tiene que ver con algo más que meros recursos retóricos. No estoy hablando de alquimias o pactos, sino de verdades muy sentidas por quien escribe que subyacen al engaño de la letra escrita. Recuerdo una frase que nos decía Francisco Andrés Escobar, profesor de generaciones en la UCA: "en arte, lo contrario a lo bello no es lo feo, sino lo falso".

Escritores como Bolaño me hacen que oiga voces y siga consumiendo literatura. Busco en ella entretenimiento, meterme en un mundo que no es el mío pero que, como el mío propio, está formado de palabras encadenadas una con la otra. Que me cuente historias de cuerpos ausentes y quizás inexistentes en su materialidad, pero presentes en el lenguaje escrito. Que me permita imaginarme a Auxilio Lacouture como una mujer de voz enronquecida por el cigarrillo, los desvelos y las caminatas nocturas por Ciudad de México. Y, a Bianca como una italiana de pelo liso y sin facciones definidas, de mediana estatura y mirada vaga que pasea por las calles de Roma mientras yo escribo estos párrafos.

miércoles, octubre 15, 2008

Tirana memoria, de Horacio Castellanos

Miguel Huezo Mixco

La memoria no lo deja en paz. El pasado mes de septiembre, Horacio Castellanos Moya publicó la tercera de una serie de novelas que se ocupa de eso, de la memoria como soporte para la construcción de una historia familiar en un mundo imaginario que tiene como epicentro un país como este, llamado El Salvador.

La saga comenzó con “Donde no estén ustedes” (2003), siguió con “Desmoronamiento” (2006), y ahora se completa con una nueva obra con un título elocuente: “Tirana memoria” (2008). Más que jugar al historiador, la tentativa de Horacio es reconstruir los hilos emocionales de la vida de una familia –que, como puede adivinarse, es su propia familia— a lo largo del siglo XX.

Aunque los eventos históricos (la guerra civil, la guerra entre Honduras y El Salvador, y el alzamiento cívico contra el general Maximiliano Hernández Martínez) están presentes en cada una las obras mencionadas, aquellos son solo el telón de fondo donde se proyectan las emociones que cruzan la vida de sus personajes. Al final, la Historia, como género, es una rama muy desarrollada de la ficción.

La memoria no lo deja en paz, he dicho. Horacio mismo se encarga de hacérnoslo saber. En una poco conocida entrevista para Tele Bilbao (España) –disponible en nuestro blog-- el autor revela que su obra más reciente ya se anuncia en el Epílogo de “Donde no estén ustedes”, cuando el narrador concluye: “la memoria es una tirana”. En realidad, las tres novelas están salpicadas de sutiles alusiones recíprocas. Revelarlas no es el objeto de este texto.

“Tirana memoria” tiene lugar, principalmente, entre el 24 de marzo y el 8 de mayo de 1944. A través de la historia de un matrimonio, Horacio cuenta cómo las personas intentan poner a salvo sus vidas en un momento de crisis, y cómo sus vidas cambian en ese intento. Pericles, el hombre, es un periodista que se encuentra encarcelado por órdenes del “brujo”: un militar que gobierna el país con mano dura. Ese encarcelamiento empuja a Haydée, su mujer, a escribir un diario personal donde va narrando los eventos de su vida privada y los vertiginosos acontecimientos públicos en los que se mira cada vez más comprometida. Haydée, paciente esposa y madre de familia, que se transforma en una activista del movimiento cívico que terminará derrocando al tirano, es la gran personaje de la novela.

La novela cuenta también la fuga de los jóvenes Jimmy y Clemen, que son perseguidos a muerte por el “brujo” por su participación en el alzamiento armado de abril de 1944. Solo las circunstancias familiares y políticas hacen posible que dos seres tan distintos se junten en un drama que adquiere una dimensión cómica. Aunque resulta inevitable distinguir entre algunos de los personajes de la novela a algunos personajes “verdaderos” (el general Martínez, los escritores Salarrué y Alberto Guerra Trigueros, el periodista Crescencio Castellanos o el teniente Belisario Peña), unos y otros son, en definitiva, figuras que pertenecen a la imaginación del autor... y a la de sus lectores.

Mientras los alzados huyen, escondiéndose debajo de las piedras, un movimiento pacífico de empresarios, empleados, amas de casa e intelectuales termina derrotando al dictador. Los héroes, pues, tienen los pies de barro. Es fácil equivocarse si se piensa que esa es la “enseñanza” de la novela. Este nuevo libro de Horacio Castellanos Moya habla más bien de la valentía de vivir y del coraje que emana, no de las grandes convicciones ideológicas, sino de las contingencias de la vida, del amor y de la amistad.

Enlaces de interés:

Entrevista con Horacio Castellanos en Tele Bilbao:
http://www.lavisita.com/infusions/the_kroax/embed.php?url=44

Entrevista en el Salón del Libro, París, el pasado mes de septiembre:
http://www.ameriquelatine.msh-paris.fr/spip.php?article207

El autor leyendo en un concierto de Jazz:
http://www.youtube.com/watch?v=halrDqRzm7s

Postes

María Tenorio

En mi ciudad crecen postes. Del suelo brotan unitarios, en parejas o en manojos. Brotan al lado de los muros, dentro de los parqueos, frente a las casas o los supermercados, en medio de las ventas callejeras, en las cercanías de los pasos a desnivel, detrás de los árboles, en los arriates. Algunos trazan líneas rectas que conducen las miradas hacia el horizonte. Otros forman constelaciones que ningún astrónomo descifra desde los aires. Se yerguen hacia el cielo interrumpiéndolo con cables negros de variable composición y peligrosidad.

Los hay de distintos tipos, alturas y grosores. Pero siempre son grises, del color del cemento y del concreto. Algunos sostienen apenas unos cuantos cables; otros extienden uno o dos brazos hacia el cielo y los coronan con lámparas que encienden por las noches. En mi colonia hay unos postes que sostienen cilindros también grises, elevan luces y conducen cables entre las casas. Son postes sofisticados. En el bulevar Los Próceres algunos semejan delgados robots con cajas y extensiones mirando hacia el cielo. Son aun más sofisticados.

Su ubicación callejera, su instinto vertical y su tersa superficie convierten a los postes --junto a los muros y los mupis-- en superficies aptas para mostrar mensajes. La gente los pinta, creyendo decorarlos con florecitas o exhibiendo colores políticos. Pega pequeños anuncios de álgebras resueltas o de fontaneros o de internet inalámbrico. Otras personas con más recursos cuelgan pancartas o banners en las alturas para que se vean bien claro, bien de lejos. Algunos postes se dignifican con anuncios de congresos y bienvenidas a presidentes extranjeros que visitan la ciudad.

Como los trenes en el siglo XIX, los postes debieron ser en algún momento señal de modernidad. Más bien dicho, conductores de ella: la electricidad, el teléfono, la internet, la televisión por cable hacen breves escalas en cada poste para llegar a los hogares y las industrias. Hoy día, sin embargo, es más moderno el cableado bajo la tierra: hay barrios, ciudades, distritos o zonas donde el paisaje urbano prescinde de esos grises y delgados artefactos. En la Plaza de la Cultura de San José, en Costa Rica, me agradó sobremanera la sensación de limpieza y de pulcritud, de espacio abierto, que daba la ausencia de postes.

Un día me preguntaba el porqué de las constelaciones de postes: hay cinco juntos en una esquina de la Manuel Enrique Araujo. Entonces me dijo Miguel que algunas compañías no compartían postes porque les resultaba más rentable colocar el suyo propio. Invadir la ciudad con postes. Incrementar la densidad del posteado por kilómetro cuadrado. Colocar uno sano y no enderezar al enfermo que fue chocado por algún camión. O un poste chacho: amarrar un poste nuevo a uno antiguo y frágil que ya dio su vida útil. De seguro quitar postes no es lucrativo. Habría que crear un fideicomiso para eliminar a los inútiles.

Una noche soñé que los postes tenían vida, que los había machos y hembras y se reproducían. Y los postes hijos eran pequeños y juguetones. Y los postes adultos hacían proselitismo político. Unos iban con Rodrigo y otros con Mauricio. Se puteaban y buscaban derribarse a media calle, sin importarles los transeuntes ni los carros. Los postes estaban en vísperas de elecciones... Menos mal que desperté pronto. Aquello se estaba convirtiendo en pesadilla.

miércoles, octubre 01, 2008

Ver cine salvadoreño en la pantalla grande

María Tenorio

Pagué $2.75 en La Gran Vía, el sábado 20 de septiembre, para ver cinco cortometrajes salvadoreños: Parávolar, de Arturo Menéndez; Fumar no se puede, de Norman Badía; El beso que no quisiste recibir, de Miguel Villafuerte; Cihuatl: los mitos van a la ciudad, de William Carballo; y Tres segundos o la eternidad, de Luis Coto. El orden en que los he enumerado es el de mis preferencias. Pero permítanme hacer un par de reflexiones antes de opinar como espectadora sobre los audiovisuales.

En primer lugar, me parece muy pertinente pagar por ver cine salvadoreño. Si se quiere producir arte en el país, no se puede ofrecer de gratis. La producción de cualquier espectáculo --un concierto, una obra de teatro, una presentación de danza, un circo o una película-- conlleva muchos gastos; el público, aunque no sea el único que lo financie, debe poner su parte.

En relación con lo anterior, y en segundo lugar, el cine nacional debe crear su propio público: una audiencia que busque consumirlo. Esto lo digo porque intenté ir a la función inaugural, el viernes 19, pero no encontré aleros. Los amigos que esa noche tenían disponibilidad para salir carecían de entusiamo para enfrentarse con los cortos en la pantalla grande. Y son personas a quienes les gusta el cine. Sin embargo, la escasa experiencia que se tiene con los audiovisuales nacionales desencanta a muchos.

Ahora sí, mis comentarios muy informales sobre los cortos. Parávolar fue un regalo para mis ojos y se lleva el primer lugar. La luz y el color de los exteriores con que inicia el corto son muy bellos. Además, el Monumento del Hermano Lejano está muy bien usado estéticamente. La personaje del ángel mudo me gustó por su ternura. El argumento no es, a mi juicio, lo más fuerte del filme, pero se deja seguir con disfrute.

Fumar no se puede, mi segundo lugar, fue entretenido, aunque a ratos pasado de vulgar. La recreación del apartamento de un soltero que nunca limpia es excelente y la actuación de Leandro Sánchez --a quien varias veces he visto en teatro-- es bastante creíble. El beso que no quisiste recibir, por su parte, tiene un argumento más complejo que todos los demás. Una historia emotiva que, a mi gusto, llega a rayar en lo cursi. A decir verdad, sentí que podía haberse ahorrado o recortado algunas escenas.

Las dos que no me gustaron fueron Cihuatl y Tres segundos, y no sé cuál me gustó menos. A la primera le atribuiría el salvadoreño adjetivo de "bayunca" y a la segunda, el de oscura. Ambas tenían tramas demasiado predecibles. Cihuatl mostraba exteriores que me gustaron mucho --creo que en Santa Tecla. Tres segundos, en cambio, me cansó con su escasez de luz; el recurso de la candelita me pareció trillado.

Con todo, ver los cinco cortos salvadoreños me alegró y me encantaría ver más y más y más. Solo produciendo mucho se puede llegar a tener cine de calidad en el país. Y no se trata de que compitamos con Hollywood o Bollywood, sino de que los salvadoreños nos apropiemos de ese lenguaje audiovisual para representar la variedad de relatos y de identidades de las que estamos hechos como nación.

Enlaces recomendados:

Una opinión diferente en Cine salvadoreño-review

Sinopsis de los cortometrajes

Nota sobre cine centroamericano en La Prensa Gráfica

Fotografia de Paravolar, tomada de www.elsalvador.com

Carlos Monsiváis en Tijuana

Miguel Huezo Mixco

La garita de San Ysidro, en Tijuana, es una rendija entre dos mundos. Estuve allí el pasado fin de semana con colegas y amigos que habíamos llegado a Tijuana, México, para participar en el Encuentro de Latinidades II. El evento, organizado por el Convenio Andrés Bello, reunió a estudiosos de América Latina y España para dialogar sobre las transformaciones culturales protagonizadas por los migrantes latinoamericanos en todo el continente y en la Europa mediterránea.

Al final del encuentro algunos decidimos cruzar la frontera más transitada del mundo, ubicada a unos pocos minutos de nuestro hotel, al lado del fatídico “muro de tortilla”. En esa zona de la frontera se produce día y noche la migración salvaje, la de los "sin papeles" que buscan trabajo en Estados Unidos, entre los que se cuentan millares de salvadoreños. Para estos nuevos constructores de América no hay una puerta de oro, sino un muro. Esa barda almenada que domina el paisaje del norte de Tijuana, también está presente en las pesadillas de millones de familias a uno y otro lado de esa frontera. Ese muro está íntima y confusamente ligado al hecho mismo de ser “latino”. Yo tenía, pues, que tocar, oler, odiar esa frontera.

Pasar por aquel lugar fue una especie de peregrinación. Al momento de cruzarla, entre la multitud que caminaba hacia las ventanillas de control, como quien va en una romería, recordé las palabras que solo unos días atrás había pronunciado Carlos Monsiváis --uno de los más brillantes intérpretes de la cultura latinoamericana-- en la inauguración del evento: la travesía del migrante, aunque la haga a solas, siempre es un asunto relacionado con su tribu: los parientes, los amigos, el barrio, el cantón… En la garita de San Ysidro me sentí parte de esa tribu, y agradecí la lucidez del escritor mexicano.

Admiro la obra de Monsiváis desde mis días de estudiante. Por eso, cuando en el recinto del Colegio de la Frontera Norte (El Colef), sede principal del evento, me dijeron que Monsiváis había llegado, me escabullí con la intención ir a saludarlo. Hace algunos años tuve el honor de presentarlo en el Museo Nacional de Antropología (MUNA) de San Salvador y, poco después, cuando el Museo de Arte (MARTE) me encargó la curaduría de la exposición retrospectiva de la obra artística de Toño Salazar --el migrante salvadoreño más notable, fallecido en 1986-- Monsiváis respondió mis correos electrónicos donde le hacía preguntas relacionadas con la estadía de nuestro artista en México. Desde entonces supe que Monsiváis y yo tenemos un gran amigo en común.

Bajando las escaleras alcancé a verlo: grueso, pequeño, con el pelo blanco y revuelto. Me acerqué. “--Hola Carlos… ¿Me recuerdas?”, le dije, mientras le estrechaba la mano. Como no estaba seguro que me recordaba, me apresuré a decirle: “--Te mandé el catálogo de Toño Salazar…”. Monsiváis sonrió y respondió que sí, que lo había recibido y que me recordaba. “--Estuvimos en El Salvador”, me dijo, asertivo.

En ese momento, un avispero de periodistas se abalanzó sobre él con sus micrófonos y teléfonos móviles. Monsiváis les pidió, con un ademán, que esperaran un momento. “Oye”, me dijo en tono confidente, “finalmente conseguí algunas caricaturas originales de Salazar, entre ellas una de José Juan Tablada y otra de James Joyce”. Los pocos minutos que siguieron los dedicamos a hablar de nuestro común amigo. Me preguntó cómo estaban las cosas en El Salvador. Algo le dije, rápidamente. Los periodistas lo esperaban. Nos despedimos. Volví a mi asiento. Minutos más tarde, Monsiváis ingresaba al auditorio a hablar con las palabras de nuestra tribu.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 2 de octubre de 2008)

Enlaces sugeridos:

Conferencia magistral de Carlos Monsiváis

El Centro Cultural Tijuana

miércoles, septiembre 17, 2008

Una nueva Oración a la bandera

Miguel Huezo Mixco

La "Oración a la bandera", escrita por David J. Guzmán, no ha sido la única de la historia salvadoreña. A principios del siglo pasado, los poetas Carlos Bustamante, José Valdez, Juan José Cañas y Francisco Gavidia, entre otros, escribieron emocionadas estrofas dedicadas a aquella insignia llamada a ser el lazo de identidad más visible entre los miembros de la comunidad salvadoreña. La enseña azul y blanca –inspirada en la bandera de las milicias salvadoreñas que pelearon contra la anexión a México-- vino a sustituir a la bandera nacional copiada de la de los Estados Unidos.

Había pasado casi un siglo desde la Independencia y el país necesitaba inventarse sus propios signos de identidad. La declamación a coro del poema de Guzmán ha sido parte de una tradición ya casi centenaria, iniciada en 1915, cuando el gobierno decidió iniciar el culto a la bandera entre la población escolar, aduciendo que ese era uno de los medios más sugerentes para "vivificar y fortalecer en el corazón de los salvadoreños, el sentimiento de amor a la patria".

La Oración de Guzmán saltó a la fama en 1924, cuando resultó ganadora en un concurso literario. Como lo ha demostrado Carlos Cañas-Dinarte, el texto fue muy retocado en su estilo antes de ser adoptado por el Ministerio de Instrucción Pública y convertido en un símbolo patrio no oficial.

Su autor fue un intelectual influyente, talentoso y racista que creía en la supremacía de la raza blanca. En cierto modo, aquel poema nos habla de un país que ya no existe, o que quizás nunca existió, como cuando el sabio Guzmán parece mirar trigales ("en tus campos ondulan doradas espigas") donde con toda probabilidad había maizales.

La primera estrofa, que comienza con un "Dios te salve...", como el Ave María, le canta al territorio y el sistema político. En nuestros días, ambos han sufrido cambios que ni un sabio como Guzmán podía imaginarse. La globalización y la actividad económica y social de los migrantes han "desterritorializado" a El Salvador: su sociedad no está constituida solamente por la porción de población que vive dentro de los límites geográficos salvadoreños. El sistema político mismo necesita reformas urgentes para que el 20% de los salvadoreños que viven fuera tengan una participación efectiva y decisiva en el rumbo del país. El verbo “patria” ahora también se conjuga en inglés.

La segunda estrofa --"Tú tienes nuestros hogares queridos/ fértiles campiñas/ ríos majestuosos..."-- exalta la belleza y la productividad del campo salvadoreño. Ahora, la actividad agrícola del país pasa por un mal momento. La agroexportación representa solo un 8 por ciento de las divisas que ingresan a las arcas nacionales. Donde ayer se contemplaban cultivos hoy se miran tierras ociosas. El Censo 2007 indica que el país se vuelve cada vez más urbano. Como lo predijo David Browning, la salvadoreña será la primera sociedad urbana de América Latina.

Contradicciones, anacronismos y paradojas como las advertidas son parte de la savia de las tradiciones nacionales, no sólo en El Salvador, sino en todo el mundo. Como a los abuelos, se les debe respeto. Pero eso no significa que las tradiciones sean incuestionables como dogmas de fe. Las tradiciones no nacen espontáneamente. Se inventan, se producen. Pueden y deben cambiarse.

Desde el inicio del culto a la bandera azul y blanco hasta nuestros días ha pasado casi un siglo. Ahora, como entonces, el país necesita "inventar" nuevas tradiciones que nos hablen de la sociedad que ahora somos. Por ejemplo, promoviendo una nueva "oración" --un canto cívico, un saludo-- a la bandera.


Ilustración: Bandera de la República de El Salvador entre 1865 y 1914.

(Texto publicado en La Prensa Gráfica, 18 septiembre 2008)
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Texto completo de La oración a la bandera.

¿Qué hacía el 11 de septiembre?

María Tenorio

Todos tenemos una historia que recordar y que contar: dónde y cómo nos tomó la noticia de los ataques aéreos a las torres gemelas de Nueva York --el extinto World Trade Center-- aquel 11 de septiembre del 2001. Siete años después, les cuento mis memorias.

Yo estaba en Berlín, Alemania. Unos momentos antes, mi acompañante (mi actual ex marido) y yo habíamos ascendido a una ancha calle de la ciudad, desde una estación de metro cuyo nombre jamás registré. Recuerdo haber ido caminando en dirección al museo conocido como Checkpoint Charlie, dedicado al Muro de Berlín, cuando topamos con un grupo de unas quince personas agolpado frente a una vitrina, viendo tres pantallas de televisión. Había una extraña agitación en esa gente: como atraídos por un imán, nos detuvimos y fijamos la vista en los aparatos de TV.

Recuerdo haber visto un rascacielos
disolviéndose en humo y polvo. Pensé que se trataría de una película, pero no me cuadraba por qué esa gente estaba frente a esa vitrina a media tarde, viendo esas imágenes y llamando por celular y diciendo cosas en lenguas que yo desconocía. Empecé a preguntar en inglés qué era lo que pasaba, pero nadie parecía comprender. Un muchacho, de repente, dijo "New York" y "attack". Las pantallas de TV ponían un letrero que tampoco me hacía sentido: "America under attack".

Recuerdo que no entendía lo que ocurría. Sin nadie con quien indagar ni cibercafés a la vista, nos dirigimos, pues, al Checkpoint Charlie, a seguir de turistas por dos días en Berlín. (La inolvidable visita de la mañana fue al Museo de Pérgamo, donde los alemanes exhiben los invaluables frutos de sus saqueos de antiguas ciudades griegas y mesopotámicas.) Tras una hora de recorrer el museo del Muro, que muestra variedad de intentos de cruce al Berlín occidental, mis nervios comenzaban a manifestarse.

Recuerdo, al salir del Checkpoint Charlie, haber preguntado por un cibercafé. La Internet tendría que develar el sentido de la inquietante frase "America under attack". Alguien indicó que había un lugar de esos --no eran muy comunes entonces en Berlín-- en el Sony Center en Postdamer Platz. El metro se encargó de llevarnos hasta ahí y tras dar muchas vueltas encontramos un café archimoderno con cinco computadoras conectadas a Internet. Habrían pasado unas dos horas desde el encuentro con el grupo frente a los televisores.

Recuerdo de forma muy vívida el teclado de aquellas máquinas. Era metálico, estaba en alemán y estaba incrustado en la mesa. Las teclas era frías. El sitio era inhóspito y nada familiar. Mis dedos eran incapaces de presionar las teclas y marcar la dirección de una página web para buscar noticias. El sitio de CNN no conectaba, pero sí los periódicos salvadoreños. Lo que aparecía en pantalla era insólito.

Recuerdo que la información me pareció muy escasa. Dos aviones comerciales habían chocado contra las torres gemelas en Nueva York a plena mañana. En aquel momento no se podía anticipar que los atentados continuarían, que el cielo gringo clausuraría el tráfico aéreo y que el regreso hacia Columbus, Ohio --donde había que reanudar los estudios de posgrado-- se postergaría hasta el 16 de septiembre.

Recuerdo ese día 16 porque los aeropuertos y los aviones se habían transformado de súbito en espacios hostiles. En Amsterdam, puerto de salida del vuelo transatlántico, todos los pasajeros fuimos interrogados por las razones de nuestro viaje. Todo entonces era sospechoso. El uniformado pegó una calcomanía roja en mi pasaporte.

Recuerdo que, durante el vuelo y desde mi asiento, vi a un hombre, que hacía cola para ir al baño, tocarse el tobillo derecho. Pensé que sacaría una navaja, nos amenazaría para desviar el avión y hacerlo chocar contra algo. La mujer que iba sentada al lado mío, una gringa chele en sus cincuentas, me preguntó de modo nada delicado por qué estaba viajando hacia "America" y que tenía yo, como extranjera, qué hacer allá. Le expliqué que yo era profesora en la universidad y que tendría que hacerme cargo de una clase en dos días.

Recuerdo que, después de los ataques, a los estudiantes extranjeros en los Estados Unidos nos pusieron más requisitos burocráticos para salir y entrar al país. El aeropuerto de Columbus, que era completamente abierto, clausuró la zona de las salas de espera y las puertas de salida para los acompañantes. Ese diciembre, recuerdo también, los boletos para viajar a San Salvador fueron los más baratos durante los cinco años de vida estudiantil en Ohio. La gringada tenía pánico de viajar en avión. Yo moría de ganas de sentir la "tranquilidad" de San Salvador.

miércoles, septiembre 03, 2008

¿Por qué no se puede reír en una tragedia?

Estimado amigo:

Leí con mucho interés "Confieso que he reído", tu comentario sobre nuestra reciente producción de El Rey Lear. Lo primero que deseo comentar es la alegría que siento a ver que se suscitan reacciones razonadas de espectadores. Demasiado a menudo, los que creamos arte debemos conformarnos con un « que bonito » o un « no me gustó ». Y ahí quedamos. De modo que, gracias.

Tu artículo me provoca dos preguntas:
“¿Por qué no se puede reír en una tragedia?”
“¿Cómo hago para lidiar con los periodistas?"

Desearía, si estas de acuerdo, discutirlas contigo ( y con otros) en la plaza publica por este medio. Creo que ya estamos maduros en El Salvador para llevar la discusión a ese nivel, ¿no?

Cuando estrenamos “Sueno de noche de verano” en el Teatro Nacional (¡hace ya 10 años!) una espectadora me dijo que el trabajo era lindo, pero que eso no era Shakespeare. Al indagar la razón de su comentario me contestó que, bueno, ella no se había aburrido. Me di cuenta que la lucha sería larga para contrarrestar la noción que lo “clásico”- por tanto lo “culto” es aburrido; noción tan grabada dentro de nuestro ser por experiencias lamentables con profesores aburridos leyéndonos traducciones que intentan “elevar” nuestro intelecto.

El genio de Shakespeare radica también en su forma inimitable de mezclar lo cómico con lo trágico- igual que hace la vida misma. Basta con recordar la escena del portero borracho en “Macbeth” que interviene justo después del regicidio. En El Rey Lear, el Bufón acompaña a Lear –hasta que Lear se convierte en bufón. Luego comienza la tragedia.

Te concedo la razón al criticar la escena de la mano cercenada en nuestro montaje. Es un exceso al que nos dejamos ir por la misma naturaleza “gran guiñol” de la escena. Y, por lo general, me gusta desdramatizar a través del humor y así mantener el interés del público. Idiosincrasia mía.

Es un gran error “actuar trágico”. Los personajes no saben al entrar a escena que van a sufrir una tragedia. La interpretación puede cambiar mucho la percepción del espectador. La decisión de Lear de repartir su herencia en vida a cambio de manifestaciones públicas de amor desencadena la tragedia. Pero eso no lo sabe de entrada ni el publico, ni los personajes de la obra. Ahí también radica la fuerza del teatro: en hacer al público mismo dudar de sus convicciones.

No creo que un público sea estúpido. ¿Por qué las malas palabras, los insultos, todo lo referente a lo que sucede, como dice Lear “debajo de la cintura donde reina lo sulfúreo” suscita tanta risa en el público. ¿Inmadurez? ¿Falta de fogueo? No sabría dar la razón. La risa, nos enseña el filósofo Henri Bergson (1896), es la expresión de la libertad del individuo y se expresa mejor en comunidad.

Ahora mi segunda pregunta: “¿Cómo hago para lidiar con los periodistas?
Citas el artículo de Elena Salamanca en La Prensa Grafica: En el artículo titulado “El eterno Antonio Lemus Simún”, (Séptimo Sentido, p. 11), Roberto Salomón atribuye la risa del público al hecho de que algunos –o muchos— fueron a ver la obra “pensando que Toño Lemus (el actor principal de la obra) presenta (una) comedia. Y a la primera palabra que dice, ya se están riendo”. Es cierto, yo dije esto. Pero era un post scriptum a las varias razones que di en respuesta a la pregunta de la periodista: “¿A qué atribuye la risa del público?” Las primeras: a) al identificarse con lo que sucede en escena, b) al oír su lenguaje personal dicho en escena, no aparecen. ¿Qué hacer? Por un lado uno no quiere aparecer desagradecido ante tan gran cobertura mediática sobre la cultura. Tampoco es el papel del artista hacer la crítica de los críticos. Espero tu respuesta.

Roberto Salomón

Enamorado de la profesora de idioma nacional

Miguel Huezo Mixco

A algunos esta historia les dará risa. No importa. A mí también me ocurre --aunque ahora que la evoco, mi alma, o esa miel pegajosa e intocable que llevamos por dentro, crepita como el envoltorio de un caramelo.

Ella era delgada como un pincel; tenía una cara preciosa, como la de un venadito, el pelo rizado y los ojos negros. Era mi profesora de idioma nacional en el pequeño colegio de la colonia donde, casualmente, también éramos vecinos. Yo era muy pequeño y en esa hora de mi vida me faltaba mucho para convertirme en un adulto.

El mío no fue un amor instantáneo. Como en el yogur, una bacteria comenzó a fermentarse en mis tripas hasta convertirse en algo suave y apetitoso. Primero, me limitaba a mirarla, ocupada, picando un esténcil en su máquina de escribir, o afilando los lápices que alineaba con rigor junto a sus cuadernos. Después me sentí hipnotizado por el balanceo de sus rizos cuando borraba la pizarra. Mi corazón se volvía un mono cuando ella llegaba, cargando como a un bebé una versión abreviada del Diccionario de la Lengua Española. Pronto llegué a adorar el color de su labial y, sobre todo, aquel delicioso olor a avena que exhalaba su pecho.

Para estar a su lado realicé todas las estupideces de un imberbe: cargué sus libros, le escribí poemitas, le regalé fruta (pues, como yo, ella adoraba los mangos). Hice otra cosa aun más tonta: me presenté ante su puerta. Sus padres, aunque estaban perplejos, insistieron, corteses, en hacerme beber un refresco. Hablamos, ya no sé, de las cosas de las que hablan los grandes con un chico. Desde mis gafas de niño miope, sentado al lado de ella, me miré como un gran señor. Para entonces, se había formado una tubería repleta de una savia color de papaya que se irrigaba por todo mi cuerpo.

Un día hice un arresto y le dije, con cierto aplomo, que estaba enamorado de ella. La profesora quedó atónita. Quizás por vergüenza o vanidad no pudo cortar mi impulso. Colocó su dedo en mis labios resecos, y aunque detrás de su sonrisa entreví, con sorpresa, que uno de sus dientes lucía ligeramente amarillo, yo anhelé besar esa boca.

Comencé a buscarla en los recreos. Ella me esperaba, sentada, siempre con su diccionario al lado. También repetimos –una, dos, tres veces-- la escena en la casa de sus padres. Le mostré mis juguetes más queridos, le llevé caramelos y hasta unas margaritas que robé del patio de la niña Isabela, su vecina. Ella, quizás por jugar, me decía cosas como las que dice una niña... Jamás debimos salir de ese juego.

Es fácil imaginarse el final de esta historia. Un mediodía, a la hora que sonaba la campana del fin de clases, me llevó de la mano a toda prisa hasta un rincón del patio donde no había flores. Con el seño fruncido me pidió que dejara de buscarla. Por toda respuesta, yo le dije que la amaba. Aquello sonó como a una mala palabra. Entonces, mi profesora me miró, ya casi sin dulzura.. “Eres solo un niño”, dijo, con una mueca. Y en esa hora tan quemante de mi vida me dio la espalda, dejándome plantado.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 4 de septiembre 2008.)

El poder, la felicidad y una camisa de fuerza

María Tenorio

Los retorcidos impulsos del poder y la búsqueda de la felicidad son dos motivos recurrentes en la colección de nueve relatos que Alberto Pocasangre (San Isidro, Cabañas, El Salvador, 1972) entrega en su libro Camisa de fuerza (2008), publicado por la estatal Distribuidora de Publicaciones e Impresos, DPI. Con un lenguaje fluido, los textos de Alberto siguen la típica estructura narrativa de planteamiento, nudo y desenlace, creando una tensión que atrapa al lector hasta la última línea.

Del ejercicio del poder, hasta lindar con la injusticia y la locura, beben los personajes de "El secreto", "La consulta" y "La camisa de fuerza". Estos tres cuentos se caracterizan por la denuncia social: presentan a víctimas y a victimarios que se relacionan en los espacios laboral o doméstico. Así, "El secreto" cuestiona la asimétrica relación, marcada por el acoso sexual, entre un jefe y una empleada en una fábrica maquiladora. "La camisa de fuerza" salpica de violencia doméstica este tomo al narrar la "involución" de un hombre normal que se convierte en verdugo de su familia.

"La consulta", por su parte, recrea la secular lucha entre la civilización --encarnada en la figura del médico-- y la barbarie --representada por el brujo, el cura y el alcalde-- en una pequeña y aislada población costera. El estilo costumbrista de este cuento revela que en las zonas rurales aun sobreviven prácticas, estructuras de poder y modos de vida de aquellos tiempos en que las computadoras eran pura ciencia ficción.

El viaje en busca de la felicidad o del bienestar, cifrado en un objeto del deseo, es el otro gran tema de los cuentos de Alberto Pocasangre. En "Las dos cartas", el relato que abre el libro, el protagonista realiza una travesía en tren para encontrar a su padre y una supuesta herencia. "La estrella", por su parte, es una exploración nostálgica de la familia y el lugar de origen donde el pasado y el presente convergen en un trozo de cristal.

La búsqueda del conocimiento, materializado en el deseo por poseer un libro, es el tema del cuento "La infinita intrascendencia del ser", el cuento más triste de todos. Por último, las separaciones del ser amado dan motivo a las narraciones tituladas "Lorena" y "Buscando a Gabriela". En ambos casos los protagonistas son hombres abandonados por su pareja que se lanzan a la acción y al encuentro de... algo.

En cuanto al autor, hay que decir que, si bien este es su primer libro de relatos breves, cuenta ya con experiencia como narrador. La editorial Libresa, de Ecuador, publicó en 2005 su novela infantil El hombre de los mil relojes. Además, en el país se ha hecho acreedor del título de Gran maestre del cuento, luego de ganar tres Juegos Florales en dicho género literario. Alberto fue también finalista en el certamen literario Pedro de Atarrabia, en España, en 2004.

miércoles, agosto 20, 2008

Obsesión por la palabra impresa

Los libros son objetos con un encanto especial. En esta entrega, Talpajocote habla sobre tres de ellos: le presenta, en primicia, la última novela de Horacio Castellanos Moya, Tirana memoria; reseña el primer libro de Elena Salamanca, Último viernes; y comenta Guerra y lenguaje, un estudio sobre la relación entre ambos fenómenos, del chileno Adán Kovacsics.

Tirana memoria, de Horacio Castellanos Moya

La fecha de la primera edición de la última novela de Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, Honduras, 1957) dice "septiembre de 2008", pero el libro ya salió de la imprenta y Talpajocote lo tiene en primicia. Aun no lo hemos leído y daremos el beneficio de la duda a Tusquets, la casa editora, que considera que esta es "la novela más ambiciosa" del autor. Ciertamente es la más larga que le conocemos: 358 páginas.

Esperamos encontrar en este libro --según lo que anticipa una ojeada rápida-- conflictos familiares y personales, convulsiones políticas e historia salvadoreña novelada desde los cuarentas hasta los setentas. Esperamos, también, la narración vertiginosa y el lenguaje desenfadado que caracterizan al escritor centroamericano.

Lea entrevista reciente al escritor en el periódico argentino Página/12:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3139-2008-08-17.html