miércoles, diciembre 23, 2009

Navidad con turkey

María Tenorio

El 70% de las decisiones de compra se toma en el lugar de la venta. Ese lema, que leí hace unos días en el cine, se me vino a la cabeza el lunes 21 de diciembre, en el súper frente al frízer de los pavos, cuando me debatía entre cuál comprar para la cena navideña. La balanza se inclinaba hacia un bola-de-mantequilla (butterball turkey) de 14 libras, producido en Estados Unidos. El pecho-ancho nativo que yo buscaba estaba demasiado crecido, en tamaño --el menor pesaba 26 libras-- y en precio: la diferencia entre el gringo y el criollo era, nada más y nada menos, de 50 dólares.

Antes de meter el butterball en la carreta y dirigirme hacia la caja hice dos consultas para confirmar mi decisión de compra. La primera, con mi madre, quien me dijo que los chumpes gringos no agarraban sabor, pero que ni modo. Y la segunda, con las dependientas, quienes confirmaron las abismales diferencias en precios y medidas, y agregaron que los "americanos" estaban en oferta. Vino, pues, el gringo a nuestra mesa.

Salí cargando aquellas 14 libras, muy pensativa. Así ocurren los cambios culturales, la transculturación, me dije recordando mis clases con Abril Trigo. Para aceptar productos o prácticas culturales de otros pueblos más poderosos, nadie nos pone la pistola, no hay coerción. Simplemente alguna ventaja le vemos a esa novedad y, aunque a veces con resistencias, la aceptamos, nos la apropiamos, la procesamos, la consumimos a nuestro modo.

Así, el hecho de haber comprado el butterball no implica prepararlo con el terrible stuffing o relleno de pan, ni comerlo con gravy o recaudo, ni acompañarlo con mermelada de frambuesa. El de esta navidad será un pavo transculturado, chele y gringo, pero con salsa criolla, preparada con tomates, chiles y cebollas, diluida con vino blanco, y aderezada con el famoso "relajo" de especies, aceitunas, alcaparras y ciruelas pasas.

¿Cómo llegaron los bolas-de-mantequilla al frízer del supermercado?, me pregunté. No me cabe duda de que un agente transculturante, comprador de pavos al por mayor, tomó decisiones que afectaron la mía. Si sigo la máxima de mi abuelilta (piensa mal y acertarás), diría que esos chumpes les sobraron a los gringos para San Guivis y deben haber ofrecido un megalote --respecto del tamañito de nuestro mercado-- a un precio sin competencia. El comprador se dejo seducir por el precio, como yo. La industria nacional de los pecho-ancho, muy bien, gracias. A estas alturas, el gringo ya está cocinado.

Ilustración: Fotomontaje con pavo de "Dama con armiño", Leonardo da Vinci (FreakingNews.com)

Los fantasmas de Scrooge

Miguel Huezo Mixco

La película "Los fantasmas de Scrooge", recientemente exhibida en el país, cuenta la historia del ricachón que el día de Navidad experimenta una transformación en su vida. Ebenezer Scrooge es ávaro, egoísta e incapaz de pagar salarios justos a sus empleados. Aparte de su dinero, no le importa nada. Pero una noche, en las vísperas de la Navidad se le aparece el espectro de su socio, Jacob Marley, fallecido años atrás.

Marley le cuenta que por su propia maldad está condenado a arrastrar eternamente una pesada cadena, y le advierte a Scrooge que deberá llevar una cadena aun más pesada cuando muera. Antes de retirarse, el espectro le anuncia la visita de otros tres espíritus, que no tardan en presentarse, uno tras otro.

El fantasma del pasado lo hace recordar su infancia melancólica y sus tempranas ambiciones de poseer riquezas. El del presente le muestra la vida de uno de sus empleados más leales quien, pese a vivir en medio de estrecheces, mantiene un espíritu positivo. El del futuro le muestra la fosa en donde será enterrado, a donde no se llevará nada.

El encuentro con los fantasmas le produce a Scrooge una honda impresión, al punto que su vida se transforma y se convierte en un bienhechor que procura la felicidad de sus empleados, amigos y parientes.

La película está basada en "Un villancico de Navidad", un cuento del inglés Charles Dickens (1812-1870). Desde su publicación en 1843, la historia del rico arrepentido que sale de su casa deseándole a todo mundo una "feliz navidad", se convirtió en un clásico para niños. A través de los años ha sido representada en el cine, el teatro, los dibujos animados y la radio, en infinidad de adaptaciones.

Dickens, que a su vez había tenido una infancia muy difícil, reflejaba la realidad de la Inglaterra de la "revolución industrial", donde una gran parte de la población vivía en condiciones infrahumanas. Con todo, Dickens parecía creer en la bondad del espíritu de las personas y en su capacidad para cambiar.

Scrooge, sin tener que renunciar a sus riquezas, se desprende de una pequeña parte de ellas para asegurar una vida más digna para los menos favorecidos, y asegurar su propia tranquilidad.

La actitud compasiva de Scrooge, hay que decir, no ha sido la más frecuente. Desde que el mundo es mundo, los poderosos suelen castigar a los pobres sometiéndolos a un duro régimen de trabajo y exigiéndoles el pago de tributos. Gracias a su enorme poder no solo son capaces de eludir un tributo proporcional a sus riquezas sino que también suelen representarse ante los demás como grandes benefactores ("somos los que damos empleo", "somos el sector productivo").

La historia de Dickens se exhibió en los cines de El Salvador en uno de los diciembres más críticos de los últimos años. La crisis económica ha empobrecido a millares de familias. Los expertos dicen que en pocos meses hemos retrocedido a los niveles de pobreza de hace más de una década. Desde su 4x4, nuestro Scrooge intenta mirar con indiferencia la creciente miseria. Se consolará quizás pensando que los pobres son pobres porque así lo quiere Dios.

Esta noche, como en todas las navidades, se repetirá frente a nuestras narices la historia de Dickens. Pero los fantasmas de Scrooge –la corrupción, la intolerancia y la codicia-- azotarán, sin éxito, las puertas de los poderosos.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 24 de diciembre de 2009)

Lea: Un villancico de Navidad, de Charles Dickens

Ilustración: Mr. Monopoly (Hasbro)

miércoles, diciembre 09, 2009

Cultura y Riqueza

Miguel Huezo Mixco

Nadie puede dudar de la importancia de la publicidad en el mundo de nuestros días. Mientras las vallas nos informan sobre productos, bienes o servicios que están disponibles, sus mensajes también van moldeando la conducta de las personas. Por ello, la publicidad ha llegado a convertirse en uno de los elementos centrales de la cultura de nuestro tiempo... a menudo más influyente que la música sinfónica, el teatro o los libros de poesía.

La cultura ahora está constituida por un campo que incluye la publicidad, los medios de comunicación y el diseño, al lado de las bellas artes, las artesanías y la gastronomía. Es posible que muchos se sientan incómodos con esta idea de la cultura que contradice la arraigada noción que la ha definido como el conjunto de las actividades humanas más excelsas. La cultura ya no es lo que era para nuestros padres y abuelos. Como lo prueba un informe publicado esta misma semana por el PNUD, la cultura en El Salvador es también un sector de importancia económica, pero su aporte a la riqueza del país ha pasado desapercibida.

De acuerdo con el informe "Desarrollo humano y dinámicas económicas locales: Contribución de la economía de la cultura", en el año 2004 de cada 100 dólares del PIB nacional, 1.4 fueron generados por el sector cultural salvadoreño. Además, de cada cien salvadoreños que contaban con trabajo en ese mismo periodo, al menos uno laboraba en el sector cultural. Asimismo, el valor agregado promedio --esto es, la suma total de remuneraciones, ganancias e impuestos-- generado por un trabajador del sector cultural fue de poco más de mil dólares mensuales.

Desde luego, sus potencialidades económicas no deben hacernos olvidar que la cultura, ante todo, le otorga sentido a nuestra existencia y nos enriquece espiritualmente, además de favorecer la inclusión en sociedades fracturadas como la salvadoreña. Como en el cuadro de Las dos Fridas, se trata de procesos que se retroalimentan.

Aunque las administraciones culturales de El Salvador han asignado recursos económicos principalmente a la conservación del patrimonio cultural, a las artes y las letras, Concultura poco a poco se fue abriendo a la idea de que la cultura también puede ayudar a mejorar la salud de la economía. Las administraciones de Gustavo Herodier (1999-2004) y Federico Hernández (2004-2009) mostraron un creciente interés hacia el papel de la cultura como un motor del desarrollo. Lamentablemente, algunos documentos claves producidos en esos años, que permitirían estudiar ese proceso, no están disponibles en la Web de la actual administración cultural.

Las investigaciones sobre el papel de la cultura en el desarrollo todavía están en pañales. Para no ir muy lejos, México, un país con un enorme desarrollo en la gestión de su patrimonio y en las industrias culturales (cine y libros, para citar dos ejemplos) publicó sus primeras investigaciones sobre el tema apenas en 2004. A partir de entonces, México comenzó a analizar los mercados culturales y a definir políticas mejor documentadas para atender a los diversos públicos.

Hace unas semanas la Secretaría de Cultura del nuevo gobierno salvadoreño anunció la creación del Instituto de investigaciones centroamericanas Pensamiento y Cultura. De lo dicho por los responsables de ese proyecto es fácil deducir que ese instituto privilegiará las investigaciones históricas y arqueológicas, campos importantísimos en donde hay tanto por hacer. Sin embargo, algunos esperamos que dedique una parte de su atención a las investigaciones sobre cultura y desarrollo, en un espectro amplio que incluya las migraciones, el consumo y los medios de comunicación. Este tipo de investigaciones serán invaluables, entre otras cosas, para que las autoridades nacionales y locales diseñen políticas y programas culturales realistas.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 10 diciembre 2009)

Ilustración: "Las dos Fridas" de Frida Khalo, 1939

Descargue "Desarrollo humano y dinámicas económicas locales: Contribución de la economía de la cultura"

De berenjenas y limones

María Tenorio

Me encanta comer berenjena, pero no sé por qué extraña racionalidad antiortográfica la pienso siempre escrita con "g". Me gustaría más que esa legumbre fuera, además de morada, lisa y brillante, "berengena". (No admito la "verengena": la imagino churuca.) Debo confesar que, como poco escribo la palabra, cada vez que lo hago enfrento tremendas dudas que resuelvo gracias al diccionario en línea de la RAE (Real Academia Española).

Sé que mis vacilaciones berenjeniles se deben, en cierta medida, a que el vocablo me es más frecuente en el habla que en la escritura. Sin embargo, no puedo negar, en ese caso particular, cierto atavismo "berengénico" que me atrae hacia la letra ge en desmedro de la jota. Menos mal que nunca me ha tocado escribir la palabra en el pizarrón, durante una clase de lenguaje. Me daría pena que mis alumnos me vieran más dudosa de lo normal. Supongo que, después de esta entrada en Talpajocote, me quedará grabado que, aunque yo quiera otra cosa, berenjena se escribe con "j".

Hace unos días me ocurrió algo semejante con una expresión que nunca había visto en papel y que hoy, por primera vez en mi vida, escribo: "al alimón". Esa pareja de palabras que significa "conjuntamente", alude a producciones realizadas a dos (o más) voces o manos. Así, por ejemplo, la canción We are the world (1985) fue interpretada al alimón por el difunto Michael Jackson junto a Lionel Richie, Stevie Wonder, Tina Turner y varios famosos más.

Célebre, aunque menos cercano, es el Discurso al alimón (1933) que los poetas Neruda y García Lorca dedicaran a Rubén Darío. De ahí se tomaría el nombre para caracterizar las composiciones poéticas a cuatro manos, tipo "cadáver exquisito" de los surrealistas, pero con los ojos abiertos. En cristiano: se produce un poema al alimón cuando sus creadores van viendo lo que el otro ha escrito, a diferencia de los "cadáveres exquisitos" a secas donde cada escribiente agrega una línea al texto sin saber lo que ha dicho el anterior. Estas son técnicas juguetonas que usaron los surrealistas hace casi un siglo, en la búsqueda de sus berenjenales interiores.

Ahora bien, les confieso que cuando había dicho o escuchado esa expresión, algún instinto "berengénico" me hacía imaginarla cítrica. Es decir, "a la limón". Figúrense ustedes. Hoy he aprendido que la mentada expresión, original del mundo taurino, se refiere a un lance en el que dos toreros usan el mismo capote para dejar pasar al toro. El pobre animal se las ve frente a cuatro amenazantes ojos humanos sin saber que aquello se llama al alimón.

La expresión, que de cítrico apenas tiene el sonido de sus sílabas, es muy útil en terrenos creativos para referirse a los trabajos de colaboración entre artistas o productores culturales. Vean la bella ilustración realizada al alimón por Elena Ospina (colombiana) y Gustavo Aimar (argentino). O visiten el blog que se titula Al alimón, cuyos propietarios escriben a dos manos. Y por qué no recomendarles que exploren este mismo Talpajocote, que producimos al alimón --una entrada de uno, otra del otro-- Miguel y yo desde hace dos años.

Ilustración: "Pique en rojo y amarillo" de Pablo Picasso, 1959

miércoles, noviembre 25, 2009

Yo me llamé Haroldo


Miguel Huezo Mixco

A media tarde me llega un correo. No conozco al remitente. El mensaje contiene un programa de las proyecciones para el fin de año en Buenos Aires del documental "Haroldo Conti. Un retrato postergado".

No he visto el documental, pero conozco a Conti. Ese novelista argentino, maestro de escuela primaria, nadador y navegante, marcó mi vida. Es una historia que comienza en 1975. Ese año Conti ganaba el Premio Casa de las Américas con su novela "Mascaró, el cazador americano", y la vida de miles de jóvenes salvadoreños, incluida la mía, se estaba rompiendo en pedazos. Yo era un estudiante de letras. Me había ido de la casa de mis padres con Irma, mi mujer, también estudiante. Vivíamos cerca de la fábrica El León, en el barrio San Miguelito, en una casa llena de libros y amigos. La fábrica estaba en huelga y en la sala, la biblioteca y los dormitorios de aquella casa se escuchaban, como el rumor de una marea, los altoparlantes de los trabajadores. Allí conocimos a Haroldo Conti. Quiero decir, en esos días llegó su novela a nuestras manos.

"Mascaró" cuenta la historia de un circo que deambula por los pueblos argentinos. Sus personajes --el príncipe Patagón, Sonia la bailarina, el enano Perinola, Mascaró y Oreste-- son una partida de excéntricos. Uno de los números del circo comenzaba con una imitación de los hábitos animales y terminaba siendo una reflexión sobre la libertad humana. Un día, mientras representaba el vuelo del cisne, Oreste recibe un garrotazo y despierta en una jaula donde un gorila en uniforme lo muele a palos.

A menudo la realidad y la ficción se parecen demasiado. El 4 de mayo de 1976, un escuadrón ingresó a la casa de Haroldo y su mujer sometiéndolos a un interrogatorio violento. A Conti se lo llevaron con rumbo desconocido. En el archivo de la fatídica Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (Dipba) --que fue desclasificado y está bajo custodia y gestión de la "Comisión por la Memoria"-- existe un documento que establecía que “Mascaró” propiciaba “la difusión de ideologías, doctrinas o sistemas políticos, económicos o sociales marxistas”.

En El Salvador firmamos un manifiesto pidiendo su libertad y lo reprodujimos en una modesta revista de literatura que publicábamos. La policía nos tenía bajo vigilancia. Como el circo de Patagón, cada quien agarró su camino. Irma cayó en la jaula del gorila donde fue torturada y asesinada. En mi propio camino adopté el nombre de Haroldo. Han pasado muchos años y todavía encuentro gente que me llama de esa manera. Mis amigos a menudo me regalan noticias sobre la vida de aquel entrañable desaparecido. Ahora, este correo me lo ha traído de nuevo.

El documental "Haroldo Conti. Un retrato postergado" es un ejemplo de cómo honrar a las víctimas y mantener viva una memoria que nos haga más fuertes y compasivos. Es además una hermosa muestra de lealtad. La idea fue concebida en los años 70 por el cineasta Roberto Cuervo, que conoció a Conti y decidió hacer un retrato sobre su vida. El proyecto quedó interrumpido por la tragedia: primero, el asesinato de Conti; luego, Cuervo falleció en un accidente de tránsito. Pasaron los años. Su hijo Andrés Cuervo recuperó el material filmado y completó aquel retrato. El filme se estrenó hace unas semanas en Buenos Aires. Hago cuentas: han pasado 33 años desde que Haroldo apareció en nuestras vidas. En un tráiler del documental colgado en YouTube, pude escuchar su voz diciendo: "la vida es una especie de
borrador que uno nunca termina de pasar en limpio".

Enlaces sobre Haroldo Conti:

Haga clic aquí y descargue "Mascaró, el cazador americano", de Haroldo Conti

Haga clic aquí para ir a la web de El retrato postergado

Haga clic aquí para conocer el dictamen de la inteligencia policial sobre "Mascaró"

(Publicado en La Prensa Gráfica, 26 noviembre 2009)

¿Es salvadoreño George Yúdice?

María Tenorio

"Creo que George Yúdice es salvadoreño", me dijo el profesor Ignacio Corona refiriéndose al autor del artículo sobre narrativa testimonial que discutimos en clase. Transcurría el invierno del 2000 en Columbus, Ohio. Apenas mi segundo trimestre en la maestría en estudios culturales latinoamericanos. "¿De veras? No me suena que sea salvadoreño", le respondí a Corona pensando que el único compatriota Yúdice al que yo conocía era la Tencha Céliber. Me parecía muy raro no saber de un intelectual "nuestro" destacado en el exterior.

Cuatro años y medio después, el supuesto salvadoreño reapareció en mi vida. Entonces Miguel Huezo Mixco, a quien acababa de conocer, me preguntó si no me interesaba entrevistarlo. "George Yúdice viene a San Salvador en calidad de asesor de Concultura", me dijo. Me sentí contenta de ubicar a ese señor en mi mapa de referentes académicos y culturales. Yo estaba entonces, recién regresada de Columbus, sentada en el escritorio de editora de la sección cultural de La Prensa Gráfica.

Me emocionaba saber que vería cara a cara a un autor que, además, estaba bajo sospecha de ser salvadoreño. Para preparar mi entrevista busqué su CV en Internet: profesor en la Universidad de Nueva York, autor de El recurso de la cultura y Política cultural, investigador de la música juvenil en Brasil. Me leí rápidamente un artículo suyo sobre la relación entre cultura y economía. También busqué una foto suya en la web para identificarlo. Entre las preguntas que preparé no podía dejar fuera aquella que me sugirió Corona. La salvadoreñidad de Yúdice me intrigaba.

Lo que ocurrió en el hotel Radisson esa mañana, antes de la entrevista, merece un párrafo. Me presenté temprano, pues tenía la costumbre de ser puntual, y me senté en un sofá del lobby a esperarlo. Habíamos quedado de encontrarnos ahí. Entonces apareció, justo frente a mi sofá, el mismo hombre de la foto, aunque con menos pelo, en arrumacos con una chica mucho menor que él. Sentí algo de vergüenza, me quedé sentada sin ser notada y esperé que la escena romántica finalizara para presentarme ante mi entrevistado.

Cuenta George, hoy amigo, que aquella mañana le hice una de las preguntas más difíciles de su vida. ¿Es usted salvadoreño? Imagino que hubiera querido decirme que no, pero le debe haber parecido políticamente incorrecto. Entonces me contó que sus padres eran salvadoreños, que emigraron a Estados Unidos en los cuarentas, y que él nació y se crió allá. Que no se sentía salvadoreño por crianza, me dijo, "crecí como norteamericano". Pero que se identificaba con el país por razones académicas, políticas y latinoamericanas.

Desde ese momento a esta parte, George ha seguido visitando El Salvador: como asesor, como conferencista, como profesor, como turista, como amigo, como rastreador de raíces. Yo no sé si él se sienta más salvadoreño que en el 2004, cuando aquella entrevista. Quizás se sienta más tico, me decía Miguel hace unos minutos, pues su esposa, Sylvie Durán --la chica de aquella mañana-- es costarricense. George es neoyorquino, fue mi respuesta. En todo caso, aquí nos encanta "apropiárnoslo". Los salvadoreños pasamos buscando motivos para sentirnos orgullosos. Y George es uno de ellos.

"La cultura no se reduce al arte ni a lo estético": Entrevista a George Yúdice

Ilustración: "In the Mood" de Eva Ryn Johannissen

miércoles, noviembre 11, 2009

¿Por qué se fue Antoine Chasse de El Salvador?

Miguel Huezo Mixco

Su verdadero nombre es otro, pero en Barcelona, a donde emigró, ha comenzado una segunda vida y ahora se llama Antoine Chasse. Salió de El Salvador hace dos años. Nos encontramos en la rambla del Raval, el antiquísimo barrio que se ha convertido en un laboratorio multicultural, donde se mira gente de todo el mundo, incluidos catalanes.

Antoine es un joven escritor e incipiente trotamundos que ahora disfruta de ese placer desconocido para los salvadoreños de caminar por una ciudad donde hay aceras y los automovilistas le ceden el paso a los transeúntes; y hay parques donde uno puede sentarse y tomarse de la mano con la novia sin temor a que le peguen un tiro por robarle el teléfono.

Cuando lo miré --barbado, con el pelo largo y tatuado de los brazos-- me di cuenta de que Antoine ha conseguido salirse de la envoltura de miedo en la que se movía en San Salvador. Es cierto que allá es un inmigrante y que su pasaporte provoca sospechas de inmediato, y que le está tocando realizar trabajos muy duros para sobrevivir, pero me ha dicho que de allá únicamente lo sacarán a la fuerza, porque no quiere volver a este lugar donde la gente se mata y se muere por una nada.

No es solo que en El Salvador no haya trabajo, o que se pague mal. El asunto principal, me dijo, es de calidad de vida. Esto no tiene que ver solo con satisfacer necesidades básicas materiales, que de alguna manera Antoine las tenía resueltas aquí, sino con la posibilidad de ser tratado con respeto aunque no seas un mono metido en una camisa de marca.

“Solo pensá en los fines de semana salvadoreños” --me dijo, mientras caminábamos por el Parque Güell--. “La delincuencia arrea a la gente a los centros comerciales, donde otros te aguardan para esquilmarte por un vaso de agua. No podés ir a comerte un sorbete sin pasar por la experiencia de tener al lado a un tipo con escopeta. No podés subirte a un bus sin el riesgo de que en cualquier momento vas a ser robado y humillado", añadió.

Eran las 10 de la noche en Barcelona y la noche apenas comenzaba. Más que en el país donde nació, Antoine tiene una fe sencilla y obstinada en sí mismo. La misma que ha hecho que tres de cada diez salvadoreños se larguen de este país como huyendo de la peste. Y que hayan preferido enfrentar la sed, los traficantes de humanos y las ponzoñosas serpientes del desierto antes que volver la vista hacia El Salvador.

Antoine Chasse pertenece a una nueva generación de desencantados que creen que la sociedad salvadoreña se pudrió y que estamos en un callejón del que se puede salir solo saltándose el muro. Este 9 de noviembre fue inevitable recordar las palabras del joven Antoine mientras miraba en la televisión los vídeos de archivo de los jóvenes alemanes derribando el muro de Berlín, alternándose con las imágenes de los sobrevivientes de la tragedia que provocaron en El Salvador las lluvias torrenciales del fin de semana.

Hoy por hoy no hay nada que detenga a los salvadoreños en ese viaje alucinante de encontrarse a sí mismos en trabajos y espacios más dignos. Eso que comúnmente se llama "buscar oportunidades".

Ilustración: Hugo Pratt/ Capitán Corto Maltés

(Publicado en La Prensa Gráfica, 12 de noviembre de 2009)

Pero qué tragedia, niña

María Tenorio

Hola, niña, pero contame cómo te fue, qué tal te trataron los españoles. Algo piedras son los de Madrid, ¿va? Mejor te hubieras quedado unos días más por allá, niña. Mirá en qué momento regresaste, solo a encontrarte con esta catástrofe. Nosotros todos bien, niña. Pero tengo una tragedia cercana. La familia de la Toyita está de luto. Nos enteramos apenas hace unas horas, porque a la Toyita no le tocó salida este fin de semana y recién la llamó su hermana. Resulta que una prima de ellas se acompañó con uno de Verapaz y el año pasado se fueron a vivir para allá. Y hoy están desaparecidos, junto con la hijita de meses. No, vos, se me hace chiquito el corazón. Y la prima se crió con la Toyita, así que ya te imaginarás cómo está la pobre, desconsolada, esperando encontrar los cuerpos entre los escombros para darles sepultura. El Gordo ya le ofreció contribuir para los féretros de los tres, es bien generoso mi Gordo.

Y mis hijos tanto qué joden a la Toyita. Ni hoy que está de luto le dan agua, niña. La Alexia cuando regresa de la Escuela le pasa pidiendo gaseosa, pan con mantequilla y galletas. Y Bruno es otro, vos. Qué monos más huevones son mis hijos. Ven tele echados en la cama y no se levantan para nada. Son bien servidos. No sé cómo va hacer la Alexia cuando sea ama de casa. Ni Bruno si se casa con una feminista. "Traeme leche con chocolate, Toyita." No serían nada sin la famosa Toyita. Pero son rebuenos también. En la Escuela les han pedido que donen su ropita vieja para la gente damnificada de esta tormenta que nos tomó por sorpresa.

Fijate que con la Alexia sacamos su ropita de bebé, que yo se la tenía guardada en la bodega para cuando ella tuviera sus niños. Pero la mona me dijo: Mami, es tiempo de que donemos esa ropa, hay gente que la necesita. Qué linda, bien consciente. Puesi, hasta las lágrimas se me salieron cuando vi los suetercitos tan lindos, vos. Aquellos que trajimos de Miami cuando iba a nacer la Alexia, ¿te acordás? Que ese año el viaje de shopping fue solo de cosas para la bebé. Con decirte que hasta ganas me dieron de tener otro, pues. Pero tanto que cuestan los monos. Y estos dos se quieren ir a estudiar fuera.

Por cierto, a propósito de viajes, ¿cómo te fue en el tuyo? Tu hermana me ha contado que has regresado enamorada de Madrid, que hasta estás pensando en irte a vivir allá. Es que es precioso, es otro mundo. La gente es tan culta, tan educada. Mirá cómo cuidan sus buses y su metro. No que aquí es terrible. Dice la Toyita que los mareros asaltan en los buses. A ella le han quitado tres veces el celular, el que le paga su hermano que vive en Los Ángeles. Y siempre van repletos de gente, que parece ganado cómo se transporta nuestra pobre gente. Nada que ver con el transporte público de allá. Te apuesto que ni extrañaste andar en carro. Pero no más llegás aquí y, decime, no queda de otra.

Yo recuerdo que la última vez que estuve en España, cuando al Gordo lo invitaron a una reunión de ganaderos, disfruté tanto de caminar por las calles, en el centro de la ciudad. Es que aquí no se puede, vos. Esta ciudad está pensada para carro. En el paso a desnivel para ir a Multiplaza o en el de Santa Elena ni siquiera hay acera. A la gente de a pie le toca caminar sobre la calle, pegadito a la barda. El otro día siguiendo la recomendación de la Bessy me fui al Mercado Central a comprar asuntos para la piñata de Brunito. De plano, salen más baratos y hay una variedad de cosas que ni te cuento. Pero, mirá, niña, me raspé el pie derecho. Recién me había hecho el pedicure la Tere cuando se me zafó la sandalia porque me trabé en una cáscara de guineo toda prieta y chuca. Ay, no, toda fregada quedé del talón y del dedo gordo.

Bueno, vos, te voy dejando. El Gordo se queja de mis cuentas de celular, pero ni modo. Que se haga cargo. Ya me llegó mi turno en el salón y hoy me toca tinte. Ahí nos vemos el sábado, en el cumpleaños de la hermana de tu concuña.

Foto de Kika, de Pedro Almodóvar

miércoles, octubre 28, 2009

Se fue Carlos Briones… de prisa

Miguel Huezo Mixco

La repentina muerte de Carlos Briones, ocurrida hace solo unos días, ha conmocionado a las comunidades académicas e intelectuales salvadoreñas. Por un instante se ha hecho un alto en las mesas de reuniones de los contados equipos de investigación social y en algunas oficinas de gobierno para hablar con pesar y estupor sobre su deceso.

Para quienes no lo conocieron diré que Carlos Briones --un hombre bajito, usualmente bien vestido y de aspecto malhumorado-- estuvo presente de manera decisiva en algunos de los programas sociales más importantes de los últimos veinte años en El Salvador.

Al momento de su fallecimiento era el director del capítulo salvadoreño de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), una entidad ya casi legendaria y en general muy respetada por su independencia de criterio.

Puedo dar fe de que Carlos mostró talento, diligencia y terquedad desde los días del colegio. Quizás el paso del tiempo lo haya vuelto menos paciente y más testarudo, pero no me cabe duda de que “el Feo” Briones, como era conocido, se encontraba en uno de los mejores momentos de su carrera como economista.

En un país donde la escuela primaria sigue siendo una utopía, Carlos había tenido una preparación académica excepcional. Leía mucho más que libros de Economía. Hablaba sin parar si algo le interesaba. Disfrutaba del buen vino –hábito que adquirió durante sus estudios en Francia-- y también de las buenas compañías.

Sin hacer a un lado su conocido sentido crítico, Briones vivía el actual momento político de El Salvador con mucha expectativa. Lo supe cuando participamos en una tertulia informal, en plena campaña electoral, entre viejos amigos provenientes de campos profesionales e ideológicos diversos, y que el periodista Víctor Flores mencionó de paso en un artículo publicado en El Faro con el título “Los privilegios de la ceguera”.

Menos paciente y más testarudo, dije. En sus últimas semanas de vida, aunque se le miraba mal de salud Carlos apenas interrumpía su endiablado ritmo de trabajo para reponerse momentáneamente y volver a hacer su tarea. Diríase que cargaba ese mundo con la fortaleza de un Atlas. A menudo olvidamos que aquel titán mitológico solo cumplía una condena. Como bien ha escrito Robert Louis Stevenson, “Atlas era solo un caballero con una prolongada pesadilla”.

Una de las lecciones aprendidas de la repentina muerte de Carlos Briones es la necesidad de poner en práctica eso que Stevenson llamaba el “Teorema de la vivibilidad de la vida”: que postula el ejercicio pleno del derecho al ocio y al cuido de la salud y del espíritu, sin culpas, como un fundamento de cualquier código moral.

Veo de reojo los coloridos organigramas claveteados en mi pizarra de corcho y no puedo evitar pensar que Carlos –y esto no es un reproche-- debió ser más “cuidadoso con su vida”. Y no puedo dejar de sentir más pena cuando pienso en la mirada reprobatoria de los ministros del evangelio del “trabaja sin cesar, trabaja” que nos carcome. Allí vamos por la vida, aferrados a nuestras agendas como antaño los reos halaban sus bolas de acero.

El que siembra prisa recoge indigestión; y el que se dedica de manera ansiosa a la actividad, cosecha unos nervios desquiciados, sentenciaba Stevenson. Y agregaba algo que nuestra absurda ética de la prisa nos ha hecho olvidar: “solo mirando en nuestro derredor disfrutaremos los cálidos y palpitantes momentos de la vida”. Y esto, al final del día, es lo que importa de verdad.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 29 de octubre de 2009)

Foto: Walterio Iraheta

Y fueron felices en Madrid



Maria Tenorio
Intercambiaron anillos de matrimonio el pasado enero, al cabo de ocho años de convivencia. Hoy viven en un piso propio en Villa de Vallecas junto a dos gatos. Pongamos que ella se llama Patricia y es de San Salvador. Y ella se llama Claudia y es colombiana, de Pereira. El resto es historia.
Patricia, hasta donde sé, es la primera salvadoreña que ha contraído nupcias con otra mujer. Por supuesto, en el exterior. Llegó a Madrid hacia finales de 1994 con una beca de la cooperación española. Cuando los fondos cesaron, luego de tres años, ya había decidido quedarse allá, como fuera. Si en El Salvador dudó sobre su opción sexual, allá en España supo de una vez por todas cuál era.
Claudia, en cambio, siempre supo que le gustaban las chicas. Llegó a Madrid unos años después de Patricia. Sin beca ni padrinos, compartía piso con algunos compatriotas suyos que no le agradaban demasiado. Trabajaba como “interna” en una casa de ricos. Por entonces no conocía a la salvadoreña.
Un día, hace casi diez años, Claudia, la colombiana, respondió a un anuncio por palabras en el periódico. Era de Patricia, la salvadoreña. Ambas andaban buscándose, pero no sabían que esa sería la forma de encontrarse. Se vieron en un bar, luego se fueron a casa de Patricia y desde entonces están juntas. “Sepa, señora, que desde la noche que la conocí, no he abandonado la cama de su hija”, le dijo Claudia a su suegra cuando las visitó en Madrid.
Ambas se dedicaron por años a la hostelería. Claudia trabajó en La Olla Caliente, un restaurante erótico, hasta que sus manos se negaron a cargar más azafates llenos de jarras de sangría y de cerveza. Ambas extremidades han sido operadas de túnel carpiano. Patricia, por su parte, “curraba” siete días a la semana entre cafés, bares y, los fines de semana, en la cocina de La Olla Caliente. Así veía más a su chica.
Las agotó la hostelería e hicieron un pacto conyugal. La una estudiaría mientras la otra “curraba” como enloquecida para mantener la casa, pagar la hipoteca, el carro y la comida de los felinos. Luego vendría el cambio de roles. Así, Patricia sacó un técnico en programación, mientras Claudia servía tetas y penes de puré de “patatas” en despedidas de solteras y solteros.
Hoy día Patricia, la salvadoreña, tiene un buen trabajo en una empresa que maneja bases de datos, y Claudia, la colombiana, lleva su segundo año de informática en un instituto cerca de Vallecas. Ambas completan sus cargadas rutinas dando clases de ofimática (Windows y Office) a niños y adultos mayores en un programa de cursos de la ciudad de Madrid.
Hace pocos días, Patricia y Claudia me alojaron en su casa de Vallecas. A la primera la conocí cuando no éramos veinteañeras en esta Sívar de las maras: fuimos compañeras de estudios, del Quinto Sol y de La Luna. A Claudia la conocí recién, como la esposa de mi amiga. Hoy en vez de querer a una, quiero a dos. Pongamos que, con lo que ellas me contaron, he armado esta historia.
Foto: Pastelería en Madrid
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jueves, octubre 15, 2009

La poesía es un pájaro Cucú

Uno de los oficios más antiguos de la historia de la humanidad...
es escribir poesía.

Todos los textos poéticos están hilvanados
con ecos de otras palabras.

Las de la calle, las de las luchas, las de las miserias
y las de otros poemas.

A pesar de la avidez con que nos lanzamos
a saborear cada nuevo giro de la tecnología,
la poesía nos dice que
el futuro será muy parecido al pasado.

La poesía es un pájaro Cucú.

Ariadna y Roque

María Tenorio

Ariadna ama a Roque. Lo conoció en la Universidad Complutense, en Madrid, en un curso de poesía latinoamericana, cuando sacaba su grado en Filología Hispánica. De entre una retahíla de nombres de poetas que les dio la profesora, ella escogió el de Dalton. Lo leyó durante seis meses, escribió un trabajo sobre el poeta y fue el amor.

Ariadna G. García es poeta. Nació en la capital española en 1977. Su primer libro lo publicó a los 20 años, se titula Construyéndome en ti. El segundo vino con premio Hiperión, en 2001, y se llama Napalm. Cortometraje poético. Luego fue Apátrida, en 2003, también premiado.

Ariadna y yo nos conocimos ayer. Nos presentó nuestra común amiga Rut al pie de una estatua de Agustín Lara, en el barrio Lavapiés, en Madrid. Cuando supo que yo era salvadoreña, me confesó que Roque... solo después de Miguel Hernández. Me atacó a preguntas sobre sus libros, sobre sus hijos, sobre El Salvador. Quiere saber más, leer más.

Ariadna se quejó conmigo de no poder conseguir libros de Dalton en España. No le bastan los poemas publicados en antologías. Me habló de una de la editorial Visor. Es demasiado poco. De libros completos solo ha leído Taberna y otros lugares y Las historias prohibidas del pulgarcito, me dijo. "¿Dónde puedo conseguir otros?", me preguntó.

Ariadna me contó que se encontró con otro admirador secreto de Roque aquí en la Península. Él le dio Las historias prohibidas. Envuelto en papel de regalo, se lo llevó a algún congreso --eso entendí-- donde Ariadna hablaba sobre el poeta salvadoreño. "He seguido tu interés por Dalton", debe haber dicho este personaje, "y te he traído esto". Ella estaba muy emocionada.

Aproveché la conversación con Ariadna para quejarme de la escasa distribución de libros salvadoreños en el extrajero (y eso que los de Dalton se exportan como productos nostálgicos). Recientemente, le conté a la poeta, se han publicado las obras completas de Roque por la DPI, Dirección de Publicaciones e Impresos, en El Salvador. Lamentó no tener acceso a ellos de este lado del Atlántico.

Mientras la mayoría de españoles que he conocido apenas saben el nombre de mi país, ella sabe que Gabriela Mistral lo bautizó Pulgarcito de América; me habla de San Vicente y San Salvador con gran familiaridad y sabe que padecemos de continuos terremotos. La verdad, me siento muy contenta de que nuestro inevitable Dalton atraiga la mirada de Ariadna hacia El Salvador.

Ilustración: Teseo huye del laberinto guiado por Ariadna, de Jorge Selfa

miércoles, octubre 14, 2009

Pájaro relojero. Los inevitables poetas


Miguel Huezo Mixco

Mal día para escribir mi columna. No sólo porque esta noche el calor es terrible y llueve de manera intermitente, sino porque escribo bajo los efectos de esa especie de goma que dejan los vuelos transatlánticos, el siniestro “jet lag”, y no veo la hora de irme a la cama.

Por suerte tengo las notas que hice en el avión sobre una nueva antología de poesía centroamericana, publicada en España hace unas semanas, de la que ya tenía noticias, y que encontré en una librería de Barcelona. Tiempo para leer tuve de sobra. El viaje de regreso a casa, con las fastidiosas escalas derivadas de la compra de un boleto barato, duró 27 horas con 32 minutos.

El libro se titula “Pájaro relojero. Poetas centroamericanos”. El compilador es el ecuatoriano Mario Campaña. Esa obra de 880 páginas, encuadernada en pasta dura, con funda y marcador, ha sido publicada por la prestigiosa editorial Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores.

Campaña inicia el prólogo del libro sentenciando "que en poesía no hay países pequeños". Lo prueba, dice, el “inevitable paisano”, Rubén Darío, nacido en medio de analfabetas en un pueblito perdido de Nicaragua. Y también Arthur Rimbaud, nacido en el provinciano Charleville, Francia (de donde desde luego huyó), para citar a dos genios nacidos en mundos periféricos.

Si de periferia hablamos, Centroamérica, con toda la carnicería y la inopia que aquí tienen trono, es un espacio imaginario, situado en los confines del mundo, pero en cuyas parcelas también ha crecido, rara flor, la poesía. Centroamérica apenas existe, a menudo solo como una mala noticia. Con el agravante de que, como dice mi amiga Deborah Robb, de Bluefields, cuando se habla de Centroamérica casi siempre se alude a la franja española o mestiza. Este es un reiterado error de óptica que reduce los activos culturales de la región.

Hacer una antología de poetas es más que un asunto de gustos, es también adoptar filiaciones, comunidades y discursos. Campaña probablemente no encontró méritos en poetas de las costas norteñas del istmo, que han escrito en inglés. Tampoco dice nada de los poetas en lenguas indígenas. Esto no debe entenderse como un reproche. Su fin, como él mismo explica, era presentar a los “clásicos de la poesía contemporánea de Centroamérica”. Campaña va a lo seguro. El resultado es un buen trabajo. Los poemas incluidos están entre los mejores y menos desconocidos. Entre sus “clásicos” –con excepciones— encontramos a los “inevitables” más queridos.

Los escogidos se cuentan con los dedos de las manos… y un poco más. Campaña seleccionó a trece poetas. Supersticioso no es. La colección comienza en 1922, con los poemas de “El soldado desconocido” del nicaragüense Salomón de la Selva, y termina en 2005, fecha en la que Alfonso Kijadurías publica en la DPI “Certeza de la duda”.

De esos trece fantásticos, dos son mujeres. Una es Claribel Alegría (inscrita como nicaragüense). Hay dos salvadoreños: Roque Dalton y Alfonso Kijadurías. El primero es nuestro otro paisano inevitable. Kijadurías, en cambio, es una de las más agradables sorpresas del volumen. Pero a Campaña se le quedó una persona esencial. Su nombre es Claudia Lars.

Campaña reconoce a otros autores de la región que hubieran tenido un lugar en su “Pájaro relojero” si él hubiera tenido el propósito de ofrecer un panorama general de la poesía de Centroamérica. No diré quienes son. Ya no tengo espacio. Además, ya es tarde. Me voy a dormir, sin cena ni beso de buenas noches, a recuperar el sueño perdido.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 15 de octubre de 2009)

jueves, octubre 01, 2009

Madrid

Un paseo por Madrid, sus estaciones de metro, con música de fondo de Joaquín Sabina.

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miércoles, septiembre 30, 2009

Home, belleza que asusta

María Tenorio

Estamos agotando los recursos del planeta: nuestra forma de vida es inviable. Ese es el mensaje clave que extraigo del bellísimo documental francés Home. Con imágenes aéreas de la topografía de la tierra, acompañadas por historias de la materia inerte y viviente, se nos 'vende' terror por una hora y media. Tenemos 10 años, dice la película, para revertir el camino que llevamos hacia el fin.

Todo en este mundo que compartimos está vinculado. Hay círculos virtuosos como el de los árboles, "esculturas vivientes", cuyas hojas caídas originan los suelos, donde crecen otras plantas y se desarrolla la agricultura. Pero también hay círculos viciosos, como el la explotación del petróleo, esas "bolsas de sol" que han tardado miles de años en formarse dentro de la tierra, pero que están siendo extraídas a gran velocidad.

Lo grave es que en nuestra civilización dependemos de ese combustible fósil. Él mueve los tractores que cosechan grandes planicies con cereales, base de la dieta de todos los grupos humanos. Pero la mitad de lo que se produce no está destinada a las personas, sino a la generación de agrocombustibles y a los animales que nos dan la carne. Este es el círculo perverso de la producción de alimentos a gran escala. Las vacas se alimentan de los cereales que podrían acabar con el hambre en el mundo. La película, diría yo, aboga por el vegetarianismo.

También nos insta a movernos y a vivir más despacio, con moderación, con responsabilidad. "Todo se acelera", repite la narración hecha por Salma Hayek en la versión en español. Queremos hacer demasiadas cosas. Alimentar a demasiadas personas. Iluminar demasiadas casas. Usar demasiados carros. Consumir demasiada agua. Comer demasiada carne. Usar demasiado papel.

El documental recorre 54 países para irnos presentando la diversidad de modos de vida. Dubai y sus islas marinas artificiales, la isla de Pascua y sus estatuas sin gente, Los Ángeles y sus barrios en forma de candelabros, Tokio y sus oleadas humanas, la India y la excavación de pozos, Arabia Saudita y los círculos cultivados en el desierto, Costa Rica y sus selvas tropicales, la alemana Friburgo y los barrios alimentados por energía solar.

Pese a su tono apocalíptico, vale la pena ver Home. Su fotografía es excepcional. Todas las imágenes que vemos han sido tomadas desde el aire. Muchas de ellas nos muestran ángulos que no habíamos visto antes. Algunas más parecen pinturas abstractas en colores que no asociamos con la superficie del planeta. Otras juegan con nuestra mirada para desconcertarnos.

Además, el bello susto es gratuito. Home, del director francés Yann Arthus-Bertrand, ha sido patrocinada por grandes empresas y distribuida prácticamente sin costo alrededor del mundo. El 5 de junio de este año fue su lanzamiento en varios países y diversos idiomas, en formatos para cine, televisión e internet. En El Salvador se ha exhibido en cines, teatros, escuelas y universidades en las últimas semanas. Si no ha tenido la oportunidad de verla, lo puede hacer ahora mismo, conectándose a Youtube.

Enlace con el website de la película
http://www.home-2009.com/us/index.html

El Canto de una pareja de muertos


Miguel Huezo Mixco

Leoncio Pablo García Talé ha escrito un poema donde los muertos temen una segunda muerte. Este texto sobrenatural se llama “B’ixonik tzij kech juk’ulaj kaminaqib”, y acaba de ser publicado por la editorial F&G de Guatemala con el título en español de “Canto palabra de una pareja de muertos”.

“Entre los ombligos del infierno y del cielo/ vimos que se aproxima nuestra segunda muerte infernal”, dice una de las primeras estrofas del poema. A partir de ese momento, los muertos emprenden una letanía dirigida a los vivos para explicar las razones de su inminente segunda muerte y sus esfuerzos por alcanzar la luz.

El poema de García Talé, un k’iche’ originario de Totonicapán, es un texto inquietante y hermoso. Es probable que jamás lo hubiéramos conocido sin la existencia del Premio de Literaturas Indígenas B’atz’, establecido por iniciativa del escritor Rodrigo Rey Rosa con el dinero que recibió al hacerse acreedor, en 2005, del Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias. B’atz’, que significa “mono”, es el nombre de la deidad tutelar de los escritores en el mundo maya.

La iniciativa es un insólito acto de justicia, ya que poco o nada se sabe sobre las creaciones literarias y artísticas de los indígenas guatemaltecos.

Rodrigo me habló de su proyecto cuando estuvo en San Salvador, en 2007, pero la verdad nunca me imaginé la complejidad de la tarea que había acometido. La premiación de tres obras en idioma maya fue tan compleja como desenterrar y exhibir un antiguo códice. Amarga paradoja en un país donde los indígenas son mayoría y las lenguas mayas están vivas y gozan de buena salud.

El proceso inició en 2006. La organización Aporte para la Descentralización Cultural (ADESCA), publicó y difundió las bases del premio. La convocatoria fue un éxito. En mayo de 2007, cuando cerró el plazo para concursar, los organizadores habían recibido numerosas obras en idiomas k’iche’, kaqchikel, tz’utujil, garífuna, mam, q’eqchi’, achi, y jacalteco popti’.

Luego, un total de 24 personas integraron los ocho jurados que leyeron en sus idiomas originales los trabajos presentados. Estos jurados, a su vez, hicieron una selección de las que les parecieron mejores. Las obras finalistas de esta primera fase fueron traducidas al español y sometidas a un jurado internacional integrado por Juan Villoro, Dante Liano, Rodrigo Rey Rosa, Elsa Son y Beatriz Cortez.

Los ganadores fueron el poeta García Talé y los narradores Miguel Angel Oxlaj Cúmez (primer lugar) y Manuel Raxulew Ambrosio (segundo lugar). El proceso culminó el pasado agosto, con la presentación de las dos obras ganadoras en la Feria del Libro (Filgua), en la ciudad de Guatemala.

Es inevitable decir que “Canto palabra de una pareja de muertos” se nutre de la ancestral tradición maya-quiché, pero agreguemos que estos muertos reconvienen a los vivos sobre la necesidad de sacar la conciencia humana del estuche de insomnio en donde ahora yace.
“El conocimiento del animal racional-pensador está comiendo el fuego de nuestra esencia, está haciendo secas piedras pómez a nuestras cabezas, está haciendo gusanos arrugados a nuestros organismos, está haciendo muñecos empachos a nuestras cañas”, gimen los muertos friéndose en las tinieblas.

Pero ese infierno, advierten, tiene su propia sabiduría. Es el altar donde se juntan los contrarios. “La luz de la bondad de la maldad” no es un juego de palabras: es la condición que puede mutar al disecado corazón humano en un grandioso sol, dice este antiguo y joven poeta de Totonicapán.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 1 de octubre de 2009)

Conozca a los ganadores del premio

http://magacin-gt.blogspot.com/2009/07/ru-taqikil-ri-sarima-y-bixonik-tzij.html

Caña podrida



Pablo García Talé

Ya no son iguales nuestras caras con el Sol

por convertirnos en cañas podridas del Infierno.

Primero

perdimos nuestros dos ojos de peces de la palabra sabiduría

para la realización solar de nuestros corazones.

Luego

colgamos muchísimos nudos podridos de animal racional

en la faz de nuestras esencias,

en la faz de nuestros organismos.

En este momento chorreamos,
nos hinchamos, aullamos, sollozamos,
mordemos, nos retorcemos, nos enojamos, nos inflamos,

apestamos, renqueamos, nos ladeamos

por los nudos podridos que poseemos.

Nudo de deseo, antojo..., en nuestras conciencias,

nudo de fanfarroneo, costra..., en nuestros ojos,

nudo de llanto, gimoteo..., en nuestras gargantas,

nudo de cólera, pelea..., en nuestros estómagos,

nudo de tacañería, envidia..., en nuestros corazones,

nudo de conocimiento, inquietud..., en nuestros cerebros,

nudo de gula, borrachería..., en nuestros intestinos,

nudo de vena inflada..., en nuestras rodillas.

En este momento

con el tufo asfixiante de los nudos podridos

estamos engordando a Un Muerto – Siete Muerto,

estamos adormeciendo a Jun Ajpu – Ixb’alamkej

y estamos quemando los rostros de nuestros padres madres Cielo Tierra.

jueves, septiembre 17, 2009

México D.F., función continua

María Tenorio

Un popurrí de música pop de los ochentas ocupa por un par de minutos nuestro vagón del metro que abordamos en General Anaya. La grabadora que lo emite sale de la mochila de una mujer joven y fornida que ofrece CD a 10 pesos (13 pesos hacen un dólar). Mientras se extingue el sonido del pop se comienza a oír la salsa, de la clásica, arrojada desde la espalda de un ciego. La piratería da trabajo a los ciegos en este país, comenta Pablo. Dan ganas de ponerse a bailar.

A continuación otra mujer, chaparra y morena, ofrece paquetes dobles de chicles a 5 pesos. El espectáculo continúa a cargo de un malabarista: tres manzanas, dos verdes y una roja, giran en el aire por unos minutos; una gorra extendida pide sencillo. La próxima es nuestra estación, dice Pablo en el momento mismo en que se encienden las rancheras, otra mochila, otro ciego. Discos piratas. No hay que comprar aquí que son de mala calidad, advierte la Gaby levantándose apurada del asiento con la Gorda chineada y Pablito de la mano. No veo que nadie en el tren compre la música.

Salimos del metro sobre el Zócalo, la inmensa plaza que da centro a la ciudad de México, cuadrilátero solo menor en superficie a la Plaza Roja de Moscú. Un paseante de ese domingo, víspera de las celebraciones de la independencia, contrasta encamisetado de súperman con hombres semidesnudos --taparrabo, penacho y tobilleras de cascabeles-- que danzan cerca de la entrada del Museo del Templo Mayor. Ese está totalmente borracho, dice Miguel tras haber arrebatado una foto a uno de los danzantes, quien reacciona pidiéndonos dinero. A nuestra derecha vemos de reojo un chamán que, con manojos de olorosas hierbas, hace una "limpia" a una pareja.

Hemos caminado entre las ventas patrióticas que decoran calles y Zócalo con el tricolor de la bandera. Rojo, blanco y verde a diestra y siniestra. Puestos improvisados con cornetas de plástico, aretes y pulseras, sombreros y gorras, gallardetes, globos, diademas y ganchos para el pelo, camisetas, binchas, calcomanías. Viva México, cabrones, rezan algunos objetos. Otros exhiben el escudo con el águila y la serpiente sobre el nopal, figura reconstruida en 3D en una gigantesca y dorada escultura temporal al lado de la catedral. Una vendedora usa pestañas postizas tricolores y Pablo se acerca a comprarle un bigote de felpa, para unirse disfrazado al espectáculo de la gran ciudad.

El Museo del Templo Mayor, maravilloso, como lo saben hacer los mexicanos para construir su mexicanidad tan noble, tan antigua, tan monumental. Pero permítanme seguirles hablando de la calle, donde volvimos luego de dos horas de paseo museístico, con la panza vacía y con la oferta de unos tacos al pastor en El Huequito, sobre la calle República de El Salvador, qué casualidad.

Sobre la calle Madero, de camino hacia la taquería, hacen de estatuas vivientes un falso monje encapuchado, un hombre plateado con penacho y otro tipo con traje, rostro, manos y sombrero blancos. Pablito, el hijo, se detiene frente al último, especie de James Bond criollo, talqueado: hay que dejarle una moneda. De pronto se aproxima un organillero vestido de caqui, dale que dale con la musiquita mientras otro con igual atuendo extiende el sombrero, ¡que no se pierda la tradición!, grita a los transeuntes, propios y ajenos, que paseamos ese fin de semana por las calles del centro histórico. La función continúa en el D.F.

miércoles, septiembre 16, 2009

Christian Poveda y la nueva guerra

Miguel Huezo Mixco

Coraje era algo que no parecía faltarle al fotógrafo y periodista Christian Poveda, asesinado el pasado 2 de septiembre. El coraje tiene una dosis de esa locura que lleva a tomar riesgos. Poveda arriesgó su vida, primero, en el desempeño de su labor de fotógrafo en más de siete guerras alrededor del mundo. Y aunque conocía bien las leyes de la sobrevivencia en “territorio comanche”, la muerte lo alcanzó en uno de los más terribles conflictos del mundo contemporáneo, que está teniendo lugar en El Salvador y cuyos partes de guerra conocemos a través de las noticias.

No es una guerra tradicional. En muchos sentidos es una continuación del conflicto interno que vivimos en la década de los años 80. Hereda una conflictividad que ha venido profundizándose y alimentándose con la exclusión y la frustración que no fueron resueltas ni con la guerra ni con los Acuerdos de paz. Esa violencia es uno de los resultados de las ofertas de prosperidad que han incumplido las elites de este país desde que se formó la nación salvadoreña. Si bien esta nueva guerra se expresa con mayor brutalidad en ciertos territorios --en colonias y comunidades muy pobres, principalmente urbanas-- sus efectos están golpeando a la sociedad entera produciendo pérdidas, dolor y zozobra.

El documental “La vida loca” de Christian Poveda retrata la vida en una de esas “zonas conflictivas”. El eje del documental son las vidas de un grupo de pandilleros en una panadería. A medida que transcurre, algunos de estos jóvenes van muriendo violentamente. Como escribió Roque Dalton, en este país los jóvenes son como las madrugadas: mueren pronto.

Para quienes se preguntan de dónde ha salido tanta saña habrá que recordarles que vivimos en un país donde por años se practicó la tortura y se recurrió al asesinato como manera de ventilar las diferencias, y que tres de cada diez salvadoreños han salido del país como huyendo de la peste. Desde donde la miremos, la violencia en El Salvador no es un asunto que resuelve solo con tácticas policiales.

Contra lo que algunos piensan, el documental no muestra como héroes a los pandilleros. Poveda quería demostrar el fracaso de la política pública diseñada y ejecutada para frenar el accionar de las pandillas y mostrar la vida miserable y loca de los jóvenes reclutados en la mara 18.

Poveda pasó más de un año filmando a los mareros y salió convenció de la necesidad de promover una negociación que ayudara a parar la carnicería que se está dando entre las pandillas rivales, a menudo con participación de agentes de la misma policía coludidos con el narcotráfico. Con el asesinato de Poveda se sacó de circulación a una de las pocas personas que se atrevían a proponer públicamente un arreglo político para esta nueva guerra.

Su asesinato me ha hecho recordar el del poeta Dalton, ocurrido en 1975. Uno y otro eran personas con un enorme potencial creador; ambos estuvieron empeñados en una causa; y­­­­­­ ambos fueron llevados a la muerte acusados, sin razón, de estar al servicio del “enemigo”. Ninguno de ellos, sin embargo, pareció prestar atención a las señales de peligro. Los dos enfrentaron a sus matadores con el candor que les otorgaban sus convicciones éticas, políticas o estéticas.

Poveda y Dalton son víctimas emblemáticas de una sociedad intolerante que profesa una ardiente pasión por la violencia. Sus asesinos les tendieron el tipo de emboscadas de las cuales no es posible salir. Ojalá que sus muertes nos alienten a tener el coraje para buscar nuevas soluciones.

Fotos: Christian Poveda

(Publicado en La Prensa Gráfica, 17 de septiembre de 2009)

miércoles, septiembre 02, 2009

Tristes trópicos, de Claude Levi-Strauss

Tristes trópicos, de Claude Levi-Strauss.
Paidós, Barcelona, 2006. Traducción de Noelia Bastard.

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Este libro, publicado originalmente en 1955 (Plon, París), es una muestra de inteligencia, sensibilidad e imaginación, artes tan olvidadas en las ciencias sociales. Pese a los explícitos deseos de su autor, Tristes trópicos puede leerse no solo como una reflexión sobre los rotundos abrazos entre cultura y naturaleza, sino también como un libro de aventuras y una bitácora de viaje. Contiene pasajes con descripciones verdaderamente hermosas, si bien con un detallismo que en nuestros días puede resultar pintoresco. Fiel al espíritu del señor Wittgenstein, Levi-Strauss propuso "no separar lo duro de lo blando sino encontrar lo duro en lo blando". Absolutamente recomendable (MHM).

Mis días con la Tita


María Tenorio

María Elena me esperaba en el aeropuerto para alojarme en su casa durante un mes. (Llegué al Fiumicino con un maletín de cuero y una carga de 5 libras de frijoles para mi anfitriona salvadoreña.) Luego del saludo de rigor, me preguntó si me gustaban los gatos. ¡Para nada!, le respondí con llaneza. En realidad me dan miedo, le dije, y le disparé la historia de aquel que atacó a mi hermana, tirándose tigrilmente sobre ella, en el lago de Atitlán, en Guatemala. Ese evento generó fobia familiar hacia esa especie, una suerte de pacto antifelino.

La gata que compartía el apartamento con María Elena y su marido, Giancarlo, se llamaba Tita. Era una gata normal, ni elegante ni vulgar, ni demasiado gorda ni muy delgada, ni tan grandota ni enana. No recuerdo ningún rasgo físico suyo en particular, ni el color de su pelo, si tenía la cola rayada o las orejas alargadas. Pero no crean, la primera y única gata de mi vida causó impresión en mí, a pesar de que su figura se haya borrado de mi memoria.

Recuerdo que, durante nuestras cuatro semanas de convivencia, la Tita se me enrollaba en los tobillos, describiendo un ocho alrededor de ellos, cada tarde que yo volvía de mis paseos romanos o italianos. María Elena, que mediaba en mi relación con su mascota, me explicaba que era una muestra de cariño o, digamos, de reconocimiento. La gata me aceptaba y accedía a compartir su espacio conmigo. A ella le gustaba pasar buena parte del día en el estudio, lugar que se me había asignado para dormir y dejar mi equipaje.

La Tita también nos acompañaba a mi anfitriona y a mí en la cocina durante la preparación de la cena. Entonces aprovechaba para demostrarnos que se puede ser a la vez animal y educado a la hora de comer: tomaba su leche y su alimento gatuno con absoluta discreción. Igual desaparecía por momentos, como para hacerse extrañar, y hacía sus necesidades en un depósito con arena, sin que los humanos nos diéramos cuenta.

A decir verdad, me llevé bien con la Tita. No tuve problemas con ella, tampoco me sentí agobiada por su presencia. Ella tenía una vida bastante independiente. Salía de casa por la ventana a dar sus paseos o a encontrarse con sus amigos o a buscar ratones. Quién sabe qué haría la gata afuera de la casa. Pero adentro era una dama. Tenía buen carácter, no era ruidosa ni en exceso melosa.

No tengo obsesión por los gatos, ni a favor ni en contra de ellos. Si bien mis días con la Tita me hicieron superar la fobia familiar, no me inclinaron al amor por los felinos. Hoy, quince años después de aquel mes italiano, me causa cierta ansiedad pensar en convivir de nuevo con uno de esa especie. Solo espero que en mi anunciado encuentro con felinos en las próximas semanas, la vida se muestre generosa con ellos y conmigo al compartir el mismo espacio.

El señor de los perritos

Miguel Huezo Mixco

"No le des comida a ese perro", le decía con cierta irritación. "Se va a acostumbrar", insistía. Pero para mi hijo aquello era como oír llover. El animal se presentó un día, famélico y asustadizo, en la puerta de la cochera de la casa. Mi hijo fue a sacar algo de comida y se la dio. Claro, al día siguiente estaba allí, puntual. Cuando me di cuenta comencé a decírselo: "No le des comida a ese perro...".

Tengo una relación ambigua con los perros. Se dice que los proto perros se desprendieron de los lobos y se quedaron a vivir con los humanos, acostumbrándose a comer sus sobras, ayudándoles a cuidar de sus propiedades y a dar caza a las demás especies. En esa historia hay algo que no termina de gustarme.

En la casa de mis padres no hubo perros y nunca me acostumbré a tratarlos. Para complacer a mis hijos en tres ocasiones intenté sin éxito tener perro en casa. Nunca me imaginé que llegaría a tener nueve de una sola vez.

Un primero de enero, mientras la ciudad todavía dormitaba bajo los efectos de la Nochevieja, salí a la cochera y me encontré escondido debajo de mi carro al perro que mi hijo alimentaba. Intenté asustarlo dando zapatazos contra el piso. El animal me miraba pero no se movía. Simulando estar muy furioso me acerqué para tratar de asustarlo aun más. Así miré que en su derredor había uno, dos, tres, cinco, ya no sé cuántos cachorros recién nacidos. Es más, en ese mismo instante la perra (contra lo que yo pensaba, no era un perro) estaba dando a luz a uno más...!

Dí un pequeño grito de susto y me fui a despertar a mi hijo para que se hiciera cargo de la situación. Lo que siguió fue inusitado. Ese día mi casa se convirtió en el centro de atracción de numerosas personas que llevaban a sus niños a ver y chinear a los perritos. Ante tanta visita, dejé a disposición de la perra y sus nueve críos la cochera.

Viví por varias semanas en esa "perrera". Nunca terminé de sentirme a gusto. Al volver del trabajo me encontraba a las amigas de mis hijos aseando y alimentando a los perritos con biberones. Sin embargo, pude darme cuenta que mis relaciones con los vecinos habían cambiado. Una tarde, cuando volvía a casa cargando las bolsas del súper, dos buenas señoras me detuvieron para felicitarme por el gesto de darle morada a aquella camada de cachorros.

Desde que dejé la casa de mis mayores no he hecho amigos en ninguno de los numerosos vecindarios en los que he habitado. De pronto me había vuelto popular en la cuadra. Luego, me descubrí diciendo adiós con la mano. Supe que en el vecindario se me conocía como "el señor de los perritos". Nunca me imaginé como un personaje de los 101 dálmatas en un vecindario del poniente de San Salvador.

Cuando los cachorros comenzaron a volverse más fuertes, mis hijos los fueron regalando. Todos encontraron nuevos hogares, incluyendo la perra. La verdad, cuando se fue el último cachorro (que mi hijo intentó quedárselo, sin éxito) me sentí aliviado. Han pasado algunos años desde entonces. Ya no habito en aquella casa. Pero cuando alguien que no conozco me saluda con amabilidad, suelo pensar que esa persona proviene de aquel vecindario donde una vez fui conocido como "el señor de los perritos".

(Publicado en La Prensa Gráfica, 3 de septiembre de 2009)

miércoles, agosto 19, 2009

Lecciones de historia...

Recordar, memorar, rememorar, conmemorar, memorizar son conjugaciones todas del verbo olvidar...

Olvidar, del
latín oblitare
.

1. tr. Dejar de tener en la memoria lo que se tenía o debía tener.

2. tr. Dejar de tener en el afecto o afición a alguien o algo.

3. tr. No tener en cuenta algo. Olvida los agravios que te hicieron.

4. tr. p. us. Hacer perder la memoria de algo.

¿Conoce usted La Merced?

María Tenorio

Recordará usted, si es salvadoreño o centroamericano, haber aprendido en la escuela que el movimiento por la independencia de Centroamérica arrancó el 5 de noviembre de 1811 cuando el cura José Matías Delgado tocó "a rebato" las campanas de la iglesia de La Merced, en San Salvador. El llamado "primer grito de independencia", ¿se acuerda? Pues la semana pasada, invitada a visitar el histórico campanario, me di cuenta de que no tenía la más mínima idea de dónde quedaba la iglesia.

¿Por qué será que los salvadoreños no apreciamos nuestros lugares históricos?, me pregunté cuando busqué infructuosamente en mi archivo mental alguna imagen de La Merced. La respuesta cayó por su peso cuando llegué a la iglesia, ubicada a un costado del Cuartel General de la Policía Nacional Civil conocido como "El Castillo", en el centro histórico de San Salvador. El templo en cuestión es uno de nuestros grandes olvidos.

Situada en la esquina de la 6a calle oriente (antes llamada calle de la Amargura) y la 10a avenida norte, en el barrio San Esteban, la iglesia que se ve actualmente es un monumento a nuestra precariedad, que nada tiene que ver con el colonial templo de los tiempos del cura Delgado. La Merced ha sufrido los embates de, al menos, dos terremotos y ha sido reedificada en el emplazamiento histórico una y otra vez. La última edificación, que data de hace tan solo unas décadas, es apenas un gran galerón --una sola nave-- con un añadido arquitectónico a manera de fachada.

Ingresamos en el templo por la entrada lateral. "Hemos estado trabajando para reparar las múltiples goteras", nos explicó el padre Héctor Maldonado, párroco llegado hace un año tras la muerte de monseñor Torruella que estuvo cinco décadas en la Merced. "Hemos pintado, pues todo estaba en gris", añadió señalando las paredes blancas y las columnas rojo ladrillo, con textura de concreto, que enmarcan los sencillos vitrales con formas geométricas e infaltables cruces.

Hace dos años la figura más representativa del templo fue sustraida por un hábil equipo de varios hombres. El anterior párroco dijo, en aquel momento, que probablemente se trataba de un "robo por encargo" para venderla a coleccionistas extranjeros. La imagen había sido traída desde Europa a principios del siglo XX, medía 2.20 m de altura y pesaba varios cientos de libras. Similar destino corrieron otras figuras de santos que decoraban la iglesia, nos dijo Maldonado, enseñándonos las pocas imágenes que han quedado allí. Algunas de esas desfilan cada año en el vía crucis que recorre la calle de la Amargura desde la iglesia El Calvario hasta la de San Esteban, pasando por La Merced.

El campanario que conserva las que tañeron aquel 5 de noviembre hace casi dos siglos es otro sitio de abandono, aunque aparezca como uno de los lugares del "renovado centro histórico" que merece la pena visitar, según la web oficial de la alcaldía capitalina. Combina una base de concreto con una terminación de madera donde apenas se miran las campanas. Estas no pueden tocarse porque la estructura de hierro se está corroyendo y la de madera no ha recibido el mantenimiento adecuado. Por otra parte, el atrio de la iglesia, me contaron, funcionó por años como estacionamiento. Así si uno iba a visitar el palacio policial podía dejar el carro justo al lado del simbólico campanario.

El descuido de La Merced es abandono y olvido de símbolos históricos. Si pensamos seguir celebrando la independencia como momento fundacional de nuestra nacionalidad, deberíamos ser consecuentes con el patrimonio material y visible que nos hace recordarla. Si queremos saber cómo era nuestra ciudad en otras épocas, deberíamos establecer sitios clave que nos permitan imaginarla. Esta iglesia es uno de ellos.

(Fotografía: Mural del altar mayor, iglesia La Merced)