domingo, septiembre 05, 2010

Siete preguntas intempestivas para el monstruo de siete cabezas

Amparo Marroquín Parducci

¿Qué no nos estallaron las fronteras? ¿Qué fue de esas palabras… país, tierra, migrantes? ¿Qué rabias y condenas nos habitan, qué gestos al final nos invadieron? ¿Por qué se calló tanto, tanto tiempo? ¿Con qué cara miramos la cara de la muerte? ¿En qué paredes pintamos la rabia, con qué grito gritamos para matar esos nuevos silencios? ¿Por qué nombrar estos 72 y no a todos los otros, esos… desaparecidos, desencontrados, silenciosos?

Ilustración: Nuestra Señora de las setenta y dos piedades. Por Renato Mira

miércoles, septiembre 01, 2010

¡Pinches centroamericanos...!


Miguel Huezo Mixco

La expresión es bien conocida por los migrantes centroamericanos. "Pinches güeyes, muertos de hambre". El infierno comienza al pasar la frontera entre Guatemala y México. "Todas las centroamericanas son putas. Todos esos chavos son maras". Pero no hay opción: quien quiera alcanzar el "sueño americano" tiene que cruzar todo México.

Para sortear agresiones, maltratos, secuestros, violaciones, robos, explotación, los migrantes tratan de volverse invisibles, viajan de noche, se ocultan en los montes y se internan por caminos de extravío en terrenos poblados por toda clase de fieras.

(Yo me asomé una vez a ese abismo. Salía de una guerra de diez años y creía haberlo visto todo. Llegué hasta Tapachula. Luego hice mi peregrinación hasta "el muro de tortilla", en Tijuana. Me di cuenta de que nuestra historia es como un collar de cuentas inyectadas con sangre.)

Así es la vida de los migrantes centroamericanos en México: "discreta, fugaz y anónima", tal como la ha descrito Rodolfo Casillas, un estudioso que ha mapeado las rutas que utilizan nuestros paisanos en camino a Estados Unidos. Discreta, fugaz y trágica, agreguemos. La matanza en Tamaulipas es solo otra confirmación de que las migraciones centroamericanas constituyen una auténtica crisis humanitaria.

Estos pinches centroamericanos son "Los migrantes que no importan" (Icaria Editorial, 2010), como se titula el libro del periodista salvadoreño Óscar Martínez, que junto con los fotógrafos Edu Ponces, Toni Arnau y Eduardo Soteras --autores, a su vez, del libro de fotografías "En el camino" (Blume, 2010)-- recorrieron centenares de kilómetros al lado de migrantes.

El libro de Martínez no hace retórica. Se va directo a los golpes. Comienza declarando que su libro fue producto de la rabia y de la miopía que miraba crecer en la rutina de las redacciones. Lo que sigue son historias hechas a golpes, como si estuviera cincelando la cara amoratada de una sociedad desesperada por sobrevivir, así sea bajando al propio infierno.

Sin dejar de reconocer los valiosos trabajos de periodistas que han escrito sobre este mismo tema, este libro es un punto y aparte. Esta "ópera prima" de Óscar Martínez pertenece a la estirpe de obras como "Operación masacre" de Rodolfo Walsh. Nada tiene que ver con el testimonio. Se podría leer como una novela construida con varias líneas argumentales alrededor de personas que juegan con la muerte.

"Los migrantes que no importan" retrata los numerosos ángulos de esa industria de la delincuencia, de la cual se lucran los Zetas y también policías municipales, estatales y patrulleros. Unos y otros forman parte de una maraña maldita en la que participan poblados enteros convertidos en verdaderos nidos de ratas a la espera de los pinches centroamericanos para chuparles la sangre.

El libro está dedicado a Alejandro Solalinde, cuya obstinación en mantener abierto un albergue para los migrantes en Ixtepec, Oaxaca, cerca de la línea del tren, le ha llevado a sufrir el hostigamiento de autoridades e incluso de muchos pobladores infectados de odio xenófobo hacia los viajeros.

Unos 500 mil centroamericanos se internan cada año en esos parajes de muerte. La mayoría de ellos sufre algún tipo de abuso, especialmente las mujeres. Las atrocidades que se cometen allá contra nuestros paisanos son el sórdido revés del bordado de la admirable cultura mexicana. Pero si bien el sufrimiento de los migrantes ha llegado a límites intolerables y su situación en materia de seguridad es cada vez peor, no hay manera de que la transmigración por México se detenga.

Con sus propias características la tragedia de los centroamericanos en México es comparable a crisis humanitarias como las de Somalia y el Congo. Hasta ahora el Estado mexicano ha mostrado incapacidad y, a menudo, falta de voluntad para afrontar este problema. La solución no será mexicana: requiere atención integral, coordinada y amparada por una supervisión internacional. Ojalá que los 72 muertos de Tamaulipas nos ayuden a entenderlo.

Foto de Edu Ponces/Ruido

(Publicado en La Prensa Gráfica, 2 septiembre 2010)

En el camino: las fotografías

En el camino. México, la ruta de los migrantes que no importan, de Edu Ponces, Toni Arnau y Eduardo Soteras, Blume, Barcelona, 2010.
____________________________________

Los migrantes están en el último escalón de la cadena alimenticia de la lucrativa industria del secuestro. Este libro de fotografías --contiene más de un centenar-- sienta cátedra en retratar las condiciones en que estas víctimas de todo hacen el camino, pasando por México rumbo a Estados Unidos.

Víctimas de todo, dije: de sus países de origen y de los eufemísticamente llamados países de tránsito o receptores; víctimas del narco y de los policías y patrulleros mexicanos; también de la xenofobia y de los tratantes de humanos; de las redes internacionales de prostitución y contrabando.

El libro es producto de un proyecto de colaboración entre el colectivo Ruido (al que pertenecen los fotógrafos) y el periódico digital El Faro. Pocas veces el camino de los parias de nuestro tiempo estuvo tan bien representado en sus múltiples facetas como en este libro. Por lo demás, un libro muy bien editado (MHM).

Una lectora ordinaria

María Tenorio

Me la imaginaba de otra manera. Su nombre y la forma en que fue anunciada (con el cromo de una oveja en su sitio web), me hicieron pensarla bien loca, deschavetada, mucho menos seria. Pero la encuentro bastante "ordinaria". Qué bien, ¿no? Me refiero a la recién aparecida revista cultural Ordinaria.

Por Facebook y por los periódicos me enteré de que su lanzamiento sería el viernes 27 de agosto, así que decidí ir al Museo Tecleño para dar fe del evento y llevarme mi ejemplar gratuito de la revista. Aquí lo tengo conmigo, ya manchadito porque he encontrado varios errorcillos (trabajo como correctora de estilo).

Para comenzar, estoy encantada con la revista. Como objeto, es muy linda, muy revista cara. Papel couché, ilustraciones full color, diseño cuidado, créditos, nota editorial, artículos serios, breves biografías de los colaboradores, y una página dedicada a los anuncios. Una revista soñada hecha realidad. A mi juicio, la letra es muy chiquita, pero aun así es agradable de leer. 

En cuanto a su contenido, trata temas que pocas veces se imprimen en papel; asuntos que, a veces, pienso que nos interesan solo a tres o cuatro gatos (quizás somos seis o siete). Por ejemplo, el que se refiere a la deficiente formación de la sensibilidad estética en el sistema educativo formal, que tiene repercusiones en la formación de audiencias para los hechos artísticos y culturales. Un artículo bien armado, firmado por Dalia Chévez y Antovelly Cisneros.

También me gustó el texto de Gonzalo Vásquez, quien entrevistó a trabajadores de mantenimiento y vigilancia de museos y teatros, haciéndolos hablar sobre el arte, el sector cultural, y su experiencia laboral en el mismo. Un buen toque de la revista. Por otra parte, no me entusiasmó demasiado la entrevista a Héctor Samour, el secretario de Cultura del gobierno. Esperaba encontrar alguna novedad respecto de las entrevistas suyas publicadas en otros medios de comunicación; pero no fue así.

Novedad fue para mí que, anunciando los créditos que había encargados de edición y corrección, la revista tuviese tantas erratas y errores. Entre las más graves:dar a Arturo Menéndez, el joven cineasta, el nombre su padre, el pintor, César Menéndez (p. 21). Otro error en nombre propio: el colaborador Adán Vallecillo se convirtió en "Valecillo" en el índice. Múltiples son las esdrújulas no tildadas (por ejemplo: desórdenes, p. 15; diálogo, p. 20; estómago, p. 33; música, mecánico, p. 34). Y no sigo, pero hay más. La revista está demasiado bien hecha como para descuidarla.

¿Quiénes editan Ordinaria? La verdad es que no sé mucho de ellos. Son todos jóvenes, creativos, activos. A quien más conozco --aunque personalmente lo conocí en el lanzamiento-- es a Javier Ramírez/Nadie: poeta, bloguero, feisbukero, estudiante de Comunicaciones de la UCA... y corrector de la revista. Los otros miembros del equipo son Dalia Chévez, Antovelly Cisneros, Teresa Andrade, Gonzálo Vásquez, Natalia Domínguez y Fiorella Nasser, según su página de créditos. Lástima que la revista no incluye breves bios de ellos (solo de los colaboradores).

El tiraje de su primer número fue posible gracias al patrocinio de Índole Editores. Se distribuye de forma gratuita en algunos museos, centros culturales, universidades y cafés del Gran San Salvador. Me pregunto cómo se financiará la publicación de los próximos números. Este es --y seguirá siendo-- el talón de Aquiles de este tipo de publicaciones. ¿Publicidad, suscripciones, patrocinios, donaciones? Sea cual sea la forma de financiamiento, ojalá se asegure su continuidad. Le deseo a Ordinaria los mejores augurios. Que se siga publicando. Que se lea y se discuta. Que remueva el adormecido ambiente cultural salvadoreño.

(Publicado en Contrapunto, 30 agosto 2010)

Fotografía de Sandro Stivella, publicada en Ordinaria 1