Miguel Huezo Mixco Antoine Chasse salió de El Salvador hace dos años. El tiempo vuela. Su verdadero nombre es otro, pero en Barcelona, a donde emigró, ha comenzado una segunda vida y mudó de nombre. Nos encontramos en la rambla del Raval, el antiquísimo barrio que se ha convertido en un multicultural laboratorio viviente. Allí se mira gente de todo el mundo, incluidos catalanes.
Antoine es un joven escritor e incipiente trotamundos que ahora disfruta de ese placer desconocido para los salvadoreños de caminar por una ciudad donde hay aceras y los automovilistas le ceden el paso a los transeúntes; y hay parques donde uno puede sentarse y tomarse de la mano con la novia sin temor a que le peguen un tiro por robarle el teléfono.
Cuando lo miré --barbado, con el pelo largo y tatuado de los brazos-- me di cuenta de que Antoine ha conseguido salirse de la envoltura de miedo en la que se movía en San Salvador. Es cierto que allá es un inmigrante y que su pasaporte provoca sospechas e inmediato, y que le está tocando realizar trabajos muy duros para sobrevivir, pero me ha dicho que de allá únicamente lo sacarán a la fuerza, porque no quiere volver a este lugar donde la gente se mata y se muere por una nada.
No es solo que en El Salvador no haya trabajo, o que se pague mal. El asunto principal, me dijo, es de calidad de vida. Esto no tiene que ver solo con satisfacer necesidades básicas materiales, que de alguna manera Antoine las tenía resueltas aquí, sino con la posibilidad de ser tratado con respeto aunque no seas un mono metido en una camisa de marca.
“Solo pensá en los fines de semana salvadoreños” --me dijo, mientras caminábamos por el Parque Güell--. “La delincuencia arrea a la gente a los centros comerciales, donde otros te aguardan para esquilmarte por un vaso de agua. No podés ir a comerte un sorbete sin pasar por la experiencia de tener al lado a un tipo con escopeta. No podés subirte a un bus sin el riesgo de que en cualquier momento vas a ser robado y humillado", añadió.
Eran las 10 de la noche en Barcelona y la noche apenas comenzaba. Más que en el país donde nació, Antoine tiene una fe sencilla y obstinada en sí mismo. La misma que ha hecho que tres de cada diez salvadoreños se larguen de este país como huyendo de la peste. Y que hayan preferido enfrentar la sed, los traficantes de humano y las ponzoñosas serpientes del desierto antes que volver la vista hacia El Salvador.
Antoine Chasse pertenece a una nueva generación de desencantados que creen que la sociedad salvadoreña se pudrió y que estamos en un callejón del que se puede salir solo saltándose el muro. Este 9 de noviembre fue inevitable recordar las palabras del joven Antoine mientras miraba en la televisión los vídeos de archivo de los jóvenes alemanes derribando el muro de Berlín, alternándose con las imágenes de los sobrevivientes de la tragedia que provocaron las lluvias torrenciales del fin de semana.
Hoy por hoy no hay nada que detenga a los salvadoreños en ese viaje alucinante de encontrarse a sí mismos en trabajos y espacios más dignos. Eso que comúnmente se llama "buscar oportunidades".
Ilustración: Hugo Pratt/ Capitán Corto Maltés
(Publicado en La Prensa Gráfica, 12 de noviembre de 2009)
