miércoles, septiembre 16, 2009

Christian Poveda y la nueva guerra

Miguel Huezo Mixco

Coraje era algo que no parecía faltarle al fotógrafo y periodista Christian Poveda, asesinado el pasado 2 de septiembre. El coraje tiene una dosis de esa locura que lleva a tomar riesgos. Poveda arriesgó su vida, primero, en el desempeño de su labor de fotógrafo en más de siete guerras alrededor del mundo. Y aunque conocía bien las leyes de la sobrevivencia en “territorio comanche”, la muerte lo alcanzó en uno de los más terribles conflictos del mundo contemporáneo, que está teniendo lugar en El Salvador y cuyos partes de guerra conocemos a través de las noticias.

No es una guerra tradicional. En muchos sentidos es una continuación del conflicto interno que vivimos en la década de los años 80. Hereda una conflictividad que ha venido profundizándose y alimentándose con la exclusión y la frustración que no fueron resueltas ni con la guerra ni con los Acuerdos de paz. Esa violencia es uno de los resultados de las ofertas de prosperidad que han incumplido las elites de este país desde que se formó la nación salvadoreña. Si bien esta nueva guerra se expresa con mayor brutalidad en ciertos territorios --en colonias y comunidades muy pobres, principalmente urbanas-- sus efectos están golpeando a la sociedad entera produciendo pérdidas, dolor y zozobra.

El documental “La vida loca” de Christian Poveda retrata la vida en una de esas “zonas conflictivas”. El eje del documental son las vidas de un grupo de pandilleros en una panadería. A medida que transcurre, algunos de estos jóvenes van muriendo violentamente. Como escribió Roque Dalton, en este país los jóvenes son como las madrugadas: mueren pronto.

Para quienes se preguntan de dónde ha salido tanta saña habrá que recordarles que vivimos en un país donde por años se practicó la tortura y se recurrió al asesinato como manera de ventilar las diferencias, y que tres de cada diez salvadoreños han salido del país como huyendo de la peste. Desde donde la miremos, la violencia en El Salvador no es un asunto que resuelve solo con tácticas policiales.

Contra lo que algunos piensan, el documental no muestra como héroes a los pandilleros. Poveda quería demostrar el fracaso de la política pública diseñada y ejecutada para frenar el accionar de las pandillas y mostrar la vida miserable y loca de los jóvenes reclutados en la mara 18.

Poveda pasó más de un año filmando a los mareros y salió convenció de la necesidad de promover una negociación que ayudara a parar la carnicería que se está dando entre las pandillas rivales, a menudo con participación de agentes de la misma policía coludidos con el narcotráfico. Con el asesinato de Poveda se sacó de circulación a una de las pocas personas que se atrevían a proponer públicamente un arreglo político para esta nueva guerra.

Su asesinato me ha hecho recordar el del poeta Dalton, ocurrido en 1975. Uno y otro eran personas con un enorme potencial creador; ambos estuvieron empeñados en una causa; y­­­­­­ ambos fueron llevados a la muerte acusados, sin razón, de estar al servicio del “enemigo”. Ninguno de ellos, sin embargo, pareció prestar atención a las señales de peligro. Los dos enfrentaron a sus matadores con el candor que les otorgaban sus convicciones éticas, políticas o estéticas.

Poveda y Dalton son víctimas emblemáticas de una sociedad intolerante que profesa una ardiente pasión por la violencia. Sus asesinos les tendieron el tipo de emboscadas de las cuales no es posible salir. Ojalá que sus muertes nos alienten a tener el coraje para buscar nuevas soluciones.

Fotos: Christian Poveda

(Publicado en La Prensa Gráfica, 17 de septiembre de 2009)

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