jueves, septiembre 29, 2011

Solalinde en El Salvador









Miguel Huezo Mixco

“¡Hermanos y hermanas migrantes, salgan, no teman!”. La voz --un grito, en realidad-- se escucha en medio de la oscuridad. Está dirigida a un grupo de migrantes, hombres y mujeres, que se han ocultado entre el monte para escapar de la persecución de autoridades, narcos y traficantes de humanos. “¡No teman!, soy el padre Solalinde”, insiste. 


La voz proviene de un vídeo que se proyecta antes de la charla que está por pronunciar el padre Alejandro Solalinde, en la UCA. Lo miro, a solo una silla de distancia, y me cuesta imaginarme a ese hombre de apariencia frágil enfrentándose a los zetas sin nada más que su fortaleza moral.

Vino a El Salvador por primera vez en 1979. La matazón de gente lo dejó impresionado. Han pasado 32 años y ha vuelto convertido en una de las personas con mayor presencia pública en la defensa de los derechos humanos de los migrantes. Las denuncias que hace a favor de los migrantes centroamericanos no solo cuestionan a las autoridades mexicanas. En un extenso reportaje en la revista Gatopardo, publicada hace unas semanas, Solalinde sostiene que la Iglesia no es fiel a Jesús sino al poder y al dinero. Dice, además, que es una Iglesia misógina que “trata con la punta del pie a los laicos y a las mujeres”, además de que “no es la representante exclusiva de Cristo en la Tierra”.

Donde quiera que va sus palabras despiertan polémica. También en El Salvador. Sentado en el estrado del auditorio Segundo Montes, al lado de la académica Amparo Marroquín, dijo que El Salvador necesita, más que nada, restituir el tejido de su corazón. Agregó que para ponerle fin al problema de la delincuencia, protagonizada por las pandillas, El Salvador necesita más que violencia, amor. Dijo algo más: que los pandilleros antes que victimarios son víctimas de una sociedad que les ha excluido a ellos, a sus padres y a sus abuelos.
Estas palabras levantaron un rumor entre la concurrencia compuesta principalmente por estudiantes universitarios. Lo que siguió fue un diálogo franco con el público, que Solalinde aprovechó para machacar en la necesidad de demandar de los gobiernos centroamericanos acciones más valientes y decisivas a favor de la protección de los migrantes.

Para muchos es un misterio que un hombre de su edad haya experimentado un giro tan drástico en su vida. Solalinde era un sacerdote bastante convencional. “Consumista”, dice él mismo. Una visita a la pobrísima sierra mixteca de Oaxaca le despertó la conciencia. Al cumplir los sesenta y un años renunció a su parroquia y preparó su retiro mudándose a Ixtepec donde abrió el albergue para migrantes. Fue como comenzar una nueva vida. “Lo más importante para mí comenzó después de los sesenta años”, repite con una sonrisa.

Alcanzó notoriedad en 2007 cuando un numeroso grupo de indocumentados intentó liberar a cuatro menores, tres mujeres y cinco hombres que policías estatales habían entregado a un grupo delictivo. Solalinde los acompañó para disuadirlos de usar la violencia. La policía municipal los recibió con una paliza y detuvo a varios, entre ellos al propio Solalinde. Las fotografías, hechas por Martha Izquierdo, donde se miraba al curita descalzo, agarrado a los barrotes, le dieron la vuelta al mundo.

Muchos lo llaman el Oscar Romero mexicano. Como prueba de su admiración por el obispo mártir Solalinde habló con los estudiantes salvadoreños vistiendo una camiseta estampada con el rostro de Romero. Es un profeta. Muchos –autoridades, narcos, maras, traficantes de personas-- no quieren saber nada de él. Algunos aseguran que está listo para su propio martirio.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 27 septiembre 2011)

Imagen: Solalinde en El Salvador. Foto: José Cabezas/AFP

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