En marzo de 1980, cerca de la semana santa, "la situación" se puso muy difícil. Tanto que mis papás decidieron salir hacia Guatemala, donde "la situación" no estaba tan fea como aquí, y el domingo de ramos o el lunes santo amanecimos en un hotel en la capital del vecino. Recuerdo que la televisión del cuarto mostraba imágenes de gente corriendo y arrastrándose, y pilas de zapatos entre pocos de humo en un escenario que daba miedo. Era el funeral de Monseñor Romero. Eran los alrededores de Catedral. "La situación" estaba muy complicada. Eran los inicios de la guerra civil.
El martes de pascua del memorable año regresé al aula con mis veintitantas compañeras. Era la fecha normal para volverse a poner el aburrido uniforme escolar. Estaba cursando el quinto grado. En el colegio no se hablaba de Monseñor Romero, ni de las pilas de zapatos, ni de los muertos de catedral, ni de la alborotada "situación" del país. El magnicidio no fue recordado en las misas de las 9:30 de la mañana de aquella semana de pascua. Las señoras del Opus Dei y el sacerdote que daba misa diaria parecían ser de una religión distinta a la del Arzobispo mártir. De un planeta distinto al de los adultos de extramuros. La actualidad no cabía en el salón de clases. "La situación" estaba fuera de los muros escolares. Más allá del pizarrón verde de quinto grado.
Quinto grado era para aprenderse los ríos y los lagos, los volcanes y las capitales de Centroamérica. Año de dibujar mapas con mis nuevos lápices de color Faber Castell. Quinto grado era para hacer operaciones con quebrados. ¿Cuánto suman un medio y dos tercios? Para memorizar "Los ojos de los bueyes" de Alfredo Espino y el "Madrigal" de Gutierre de Cetina. "Ojos claros, serenos, si de un dulce mirar sois alabados, ¿por qué, si me miráis, miráis airados?" Para entender cómo funcionaba el corazón humano... pero no para entender cómo ni por qué dejó de funcionar el de Monseñor Romero aquel 24 de marzo de 1980 cuando "la situación" comenzaba a ponerse color de hormiga o, más bien, cuando yo comenzaba a darme cuenta de ello.
Imagen: "El entierro", Benjamín Cañas, 1981, pastel y óleo sobre papel, colección Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA).
Vínculos de interés
Homilías de monseñor Romero
“Los santos vienen marchando”, de Sergio Ramírez
1 comentario:
María, me has hecho recordar también a mi esas imágenes en la televisión. Yo tenía 5 años y las recuerdo, pero recuerdo más la angustia que ellas me generaban. Aunque los adultos de ese momento hablaran a medias y en clave, ese día ciertamente nos cambió a todos. Gracias por compartir. Esto es darle sentido a nuestra historia.
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