martes, julio 23, 2013

Los amores difíciles

Miguel Huezo Mixco

La literatura entendida como un mecanismo que juega con las posibles combinaciones de las palabras tiene uno de sus principales exponentes en Ítalo Calvino. Hijo de un profesor de agricultura tropical y de una experta en botánica, este autor alcanzó reconocimiento con relatos que tienen lugar en ambientes medievales pero con un tratamiento del lenguaje que debe mucho a los hallazgos de la semiología y el estructuralismo. 

Probablemente su obra más conocida sea “El castillo de los destinos cruzados” (1969), una fábula que se desarrolla a partir de las posibilidades combinatorias de un juego con cartas de tarot. En manos de un grupo de enigmáticos personajes que se encuentran accidentalmente en derredor a una mesa, las cartas se convierten en una «máquina combinatoria» que ofrece ilimitadas posibilidades narrativas.

Quienes le conocieron lo consideraron un personaje de apariencia distante, cerebral e irónico, que dedicaba mucho tiempo al trabajo de composición y estructura de sus futuras obras. Sin embargo, este vehemente estructuralista también publicó entre 1949 y 1967 una serie de cuentos que posteriormente reuniría en un libro titulado “Los amores difíciles” (publicado en español en 2009). Se trata de un conjunto de aventuras que, como él mismo escribió, tienen en común esa zona de silencio e incomunicación que subyace en el fondo de las relaciones humanas, que “no es solamente un pasivo imposible de eliminar en toda relación humana”, sino que también “encierra un valor precioso”.

Para Calvino los no encuentros, los desencuentros, e inclusive aquellos encuentros que resultan de circunstancias logísticas más que emocionales, están en la esencia misma de las relaciones amorosas, donde la ambigüedad, la incertidumbre y los equívocos son moneda de uso corriente. Fiel a su estética, aún en una materia tan sensible, Calvino encuentra espacio para ensayar juegos de simetrías y oposiciones. Y cuando parece que todo se va a pique arroja una mirada de levedad sobre los inevitables desgarres emocionales. 

Tal es, por ejemplo, el cuento titulado “La aventura de un bandido”, donde Gim Bolero, un maleante, elude con habilidad y un poco de suerte la persecución de un grupo de policías. Sus pisadas resuenan en el empedrado de la ciudad. Es una noche hermosa. El perseguido piensa rápidamente donde refugiarse y se dirige a la puerta de Armanda, una prostituta, a quien encuentra en la cama, la cara sin pintar, al lado de Lilín, su marido y, más bien, su chulo. Por ello, a este no le queda de otra que ceder la cama al recién llegado y echarse a dormir en el sofá. Gim se desviste y se mete en la cama. Armanda trata de conciliar el sueño. En eso, llaman a la puerta. El bandido toma su revólver y con un gesto le advierte a la mujer que tenga cuidado. Lilín pregunta de mala manera quién es. Responde la voz de un hombre, es Angelo Soddu, el sargento.

Gim salta a esconderse y Lilín vuelve a la cama. El policía entra al cuarto. Busca a Gim, pero este se les ha escabullido, explica. Está cansado. Le pide a Armanda que le haga lugar en la cama. No hay remedio. La mujer le ordena a Lilín que regrese al sofá. El sargento se desnuda y se mete entre las sábanas. Allí están, los cuatro, recogidos en medio de un silencio extraño, en esa zona gris donde se juntan el peligro y la estupidez. Desde su escondite Gim se impacienta, se lava las manos, hace ruido. Lo que ocurre después podría ser materia para una tragedia, pero no adelantaré el final.

Imagen: Fernando Botero

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