jueves, agosto 08, 2013

Anafilaxis, o los límites del culo

Miguel Huezo Mixco


La creencia de que ser “hombre” es resultado exclusivo de una condición biológica  y unos atributos físicos ha provocado enormes daños y confusiones con repercusiones sociales. La pieza teatral “Anafilaxis” realiza una valiente exploración sobre esa forma de entender la masculinidad.


La historia es sencilla. Con ocasión del deceso de su padre, dos hermanos se reencuentran. La comunicación afectiva entre los dos está interrumpida. Son incapaces de mostrar dolor o ternura. La sola posibilidad de abrazarse les resulta agobiante. En sus cabezas resuenan las lecciones de hombría que recibieron de un padre autoritario y distante, y de una abuela que les inoculó la idea de que los varones no lloran, no se asustan, ni aman, y se entienden a golpes.


Los infelices hermanos, el padre y la abuela son representados sin transiciones por los dos únicos actores (César Pineda y Rodrigo Calderón) en escena. Esta es una buena manera de exponer que l,a hombría es producto de una trama (y una trampa) social, heredada de una vieja tradición que establece el comportamiento que se espera de un varón.


Aunque el enfoque de género ha puesto a la luz las brechas sociales y económicas, la explotación laboral y la violencia en los espacios domésticos contra las mujeres, todavía tiene una deuda importante en la comprensión de cómo el cuerpo del varón constituye una encrucijada que ubica en el ano el punto donde se condensan los límites de lo masculino.


Casi al comienzo de la obra, los dos personajes juegan usando unas cuerdas, desnudos de pies a cabeza, como niños. Dura solo un momento. Los distantes hermanos pronto vuelven a cubrirse con sus ropas, para repetir la historia de gritos, choques y acusaciones recíprocas de “culeros”.


La obra es una representación de la “homofobia”, la obsesiva aversión hacia las personas homosexuales que alcanza a quienes, sin serlo, exhiben conductas de “mamaítas”: débiles, sensibles, afeminados.


¿Es posible construir otras masculinidades diferentes de los estereotipos del macho gritón que aborrece el color rosa? Esta es la interrogante que deja “Anafilaxis” en la cabeza de los espectadores. El tema es controversial y despierta susceptibilidades. La obra es dinámica y captura la atención, aunque, a fuerza de insistir en las trabazones de los personajes, llega a volverse innecesariamente repetitiva. La buena noticia es que obtuvo una buena respuesta del público desde que inició sus presentaciones, en julio, primero en el Teatro Nacional y luego en el Poma.


En la producción de esta pieza experimental participó un combo de talentosas mujeres. Jorgelina Cerritos (actriz y dramaturga, ganadora del Premio de Teatro Latinoamericano George Woodyard) produjo el libreto a partir de las memorias de infancia de los actores. Eunice Payés, bailarina y directora artística de la obra, introdujo movimientos corporales de flexibilidad y gracia que hacen contrapunto a las expresiones agresivas de los personajes. Isabel Guzmán, actriz destacada en “Incendios”, compuso e interpretó la música y las canciones que refuerzan momentos dramáticos de la puesta en escena.



El título escogido para la obra resulta ser una provocación. La RAE define como anafilaxia la sensibilidad exagerada del organismo a la acción de ciertas sustancias orgánicas, alimenticias o medicamentosas. Ello afecta los sistemas respiratorio, vascular y cardiaco, produciendo ahogo, caos, taquicardia e hipotensión. Las repetidas picaduras de abejas e insectos pueden provocar ese tipo de reacciones descontroladas, muy similares a las que suelen experimentar muchas personas frente a quienes transgreden los códigos de conducta esperables de los varones.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 8 de agosto de 2013)

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