jueves, junio 27, 2013

Incendios

Miguel Huezo Mixco




Wajdi Mouawad emigró de Beirut con sus padres. Huían de la guerra civil que asoló al Líbano entre 1975 y 1990. La familia hizo escala en Francia, antes de fijar su residencia en Canadá. Mouawad creció como un canadiense. La necesidad de establecer una conexión con sus orígenes le llevó al teatro. Alcanzó la consagración como dramaturgo en 2009, con la puesta en escena de “Promesas de sangre”, una trilogía de once horas de duración.


Una de las partes de esa megaobra, recién presentada en el país en su segunda temporada, es “Incendios”. En ella se cuenta la historia de Nawal Marwan, un espíritu que no encuentra reposo. Antes de morir, ella deja establecido en su testamento que sus hijos gemelos, una chica y un chico, deben buscar a su padre, del que apenas saben nada, y a un hermano cuya existencia ignoraban.


Aunque al principio se oponen, los gemelos terminan accediendo a la última voluntad de su madre y emprenden un insólito viaje a Beirut, el lugar de origen de sus progenitores, para encontrarse con su pasado y descorrer un velo que oculta hechos terribles.


Mouawad hila tres historias que, al final, se encontrarán produciendo un destello quemante. La primera es la del amor de Nawal y la búsqueda de su pequeño hijo. La segunda es la historia de ese hijo, a quien la familia de Nawal entregó al nacer a unos desconocidos. La tercera es el viaje de los gemelos en busca del padre y el hermano.


Las notas de Mouawad, incluidas en una traducción al español del libreto original que he pescado en la red, revelan el tipo de trabajo que hizo posible esa pieza monumental. El autor no la creó exclusivamente sentado frente a una computadora, manoteando en su imaginación, sino que se fue haciendo sobre la marcha, y en ello jugaron un papel clave las historias personales de los actores seleccionados. Mouawad les provocaba con preguntas como: ¿Qué tendrían ganas de hacer en la escena?¿Cual acción, cuál fantasía les gustaría realizar? Para decirlo de manera simple, los papeles fueron hechos “a la medida” de los actores.


Es fácil imaginar el desafío de montar esa obra, aun para actores muy experimentados, en cualquier parte del mundo. Roberto Salomón y la Asociación Escénica la estrenaron en San Salvador en 2012. Este año volvió a presentarse con mucho éxito en la temporada 2012 del teatro Luis Poma. El pasado fin de semana la obra finalizó una segunda vuelta de representaciones en el Teatro Nacional.


El elenco que hizo posible la puesta en escena salvadoreña ha realizado un trabajo memorable. Primero que nada, Naara Salomón (en el papel de Nawal), en otra inolvidable actuación de su repertorio, interpreta el personaje que le imprime intensidad a la obra. Luego, Regina Cañas, a quien por primera vez aplaudí de manera incondicional, encarna a la enérgica ejecutora testamentaria Hermilia Lebel (en el libreto original este papel corresponde a un hombre).


Entre estas dos actrices y el resto del reparto hay una brecha de calidad actoral que es inevitable dejar de percibir. La excepción es Isabel Guzmán, que encarna a la joven y enamorada Nawal. Con todo, “Incendios” es una obra que marca un hito. Nos habla del amor, la memoria, la crueldad, la estupidez y de un país despedazado por la guerra. Esa historia podría ser la nuestra. Como las grandes obras, hablando de realidades tan distantes, como el Líbano, habla de nosotros, de los salvadoreños, de los centroamericanos. El resultado es una pieza hermosa y conmovedora que provocará gozo y arrancará lágrimas donde quiera que se presente.

(Publicado en La Prensa Gráfica, 27 de junio de 2013)


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