miércoles, abril 29, 2009

El miedo que se toca


Rossana Reguillo

(Guadalajara, México) Los cuerpos no se tocan. Los que no usamos tapabocas somos mantenidos a una distancia aún más grande, nadie habla con nosotros, solo hay amables movimientos de hombros.

El niño tose incómodo en su tapabocas azul, su joven madre lo regaña y le indica el procedimiento para toser frente a los otros, repite los gestos que se ven en la televisión. Los ojos del niño se cruzan con los míos y en un momento, tan efímero como eterno, suscribimos un pacto: esto no sirve de nada, estamos tan jodidos como juntos. Una lágrima se me atora en la garganta y finjo atender las nuevas marcas de jabones relajantes. Dos pasillos adelante, una pareja de viejos, con tapabocas rígidos, esos que usan los pintores o los operarios de maquinaria, escogen unos videos; discuten entre ellos, apenas se entienden. Él se quita el tapabocas rígido y le dice a ella: “--Nos llevamos este paquete que está bueno para nosotros, ahora que vamos a estar encerrados”.

En el día cuatro, nos avisaron que podíamos ir a trabajar a casa, que sin alumnos en la universidad lo mismo daba estar ahí que agilizar procesos de fin de semestre desde nuestras computadoras. Nadie se alegró, no hubo festividad. Salí varias veces de mi oficina para escuchar el mismo chiste, contado mil veces y pese a todo, me reí: “¿qué le dijo el DF a la influenza? Mira como estoy temblando!!!”. No pude dejar de reírme, triste risa, frente a la tragedia que se abate sobre el país: sobre el virus, un temblor. Un aviso más, para los no creyentes y para los que buscan una explicación, de que el fin de los tiempos se avecina.

No hay cines, no hay cafés, no hay restaurantes, todos somos sospechosos de ser sospechosos. Hoy, en el supermercado, tosí. Todos me miraron con gesto preocupado. Tosí sobre mi codo (aprendí rápido de la televisión) y sin querer toqué mi frente para verificar mi temperatura.

La ciudad era un cuadro de película, una escena perfecta de “exterminio”. Se habla ya de los “arraigados sanitarios”. Separados del resto, los enfermos (fantasmagóricos) son confinados a su soledad. A lo largo del día recibo correos: preocupados los menos, festivos los más. Y claro, la simpática “Cumbia de la Influenza”, que rápidamente circuló por YouTube: todos estaremos muertos cuando llegue Indiana Jones.

El humor mexicano, ese que dice que nos burlamos de la muerte, nos mantiene creativos: ¿Cuál es la diferencia entre una ePRIdemia y una PANdemia?, que la PANdemia es una ePRIdemia salida de control, dice el caricaturista Jabaz y no puedo sino reír a carcajadas, aunque en el intento se me descompone la quijada.

En la farmacia, dos señoras compraron cuatro distintos antivirales y una dotación completa de vitaminas. Me miraron con desprecio y con sospecha porque no usaba cubreboca. No hay disponibles ya, se agotaron.

Lo que no se agota es el miedo, uno gaseoso, profundo, vivo, que circula por la sangre y se asoma por los poros. Los manuales se desgastan y al final de día, largo, terrible, solitario, cada uno vuelve a la televisión, amuleto chamánico, oráculo providencial, para confortar la incertidumbre. No sabemos cuántos casos van, ni cómo va la curva, solo sabemos que juntarnos es muy peligroso. El cuerpo del otro es mi enemigo. Miedo, miedo, miedo.

Influenza porcina, crisis económica, terremotos. La fragilidad está en desuso. En México vamos de los decapitados del narco a los cuerpos abatidos por lo invisible. Tenemos miedo, se siente.

Rossana Reguillo es doctora en Ciencias Sociales, por la Universidad de Guadalajara, Área de Antropología e Historia.

(Foto de Orus Villacorta)

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