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miércoles, julio 06, 2011

Vaya, pues

María Tenorio

Por más que nos declaremos ciudadanos del mundo, nuestra forma de hablar nos ata a un nosotros menor que el universo. Puede ser un país, una región o incluso una ciudad. Así, los salvadoreños nos diferenciamos --no solo hacia fuera, sino también hacia dentro-- por muchas expresiones y acentos. A riesgo de caer en folclorismos, dedicaré este día mi columna a la lengua de estas tierras. Lo hago porque, a raíz de mi texto anterior sobre la salvadoreñidad, algunos me preguntaron cuáles eran mis marcas de identidad. Sin duda, mi sentido de pertenencia a este colectivo nacional se define, en buena medida, por la manera como hablo el español.

Mi querida amiga Ileana Rodríguez, originaria de Nicaragua, me hizo ver, luego de estar varios días de visita conmigo en San Salvador, que cada vez que ella me pedía algo yo la mandaba ir a algún lado... Pero, ¿cómo?, le respondí con mi ceño fruncido, ligeramente preocupada. Sí, me dijo, cuando te digo “Mariíta, quiero comer papaya” o “Necesito comprar unos recuerditos en el mercado” me contestás “vaya, pues”. Inevitable reírme; en aquel momento caí en la cuenta de nuestro traído y llevado “vaya, pues”. Yo antes me burlaba de mis amigos españoles que a cada rato dicen “venga, vamos”. Pero después de lo que me dijo Ileana, me quedo callada.

Durante los años que viví en Estados Unidos, estudiando el posgrado, pertenecí a una comunidad académica donde la propia habla era bien vista y respetada como marca identitaria. Formé parte de un grupo realmente privilegiado: estudiantes y profesores que coincidimos en el departamento de Español y Portugués de la Universidad Estatal de Ohio, en Columbus. Al hablar, no había que forzar el acento para estandarizarlo, pues no había un español estándar. Es decir, no había un grupo de poder que definiera una norma por encima de otras. Todos éramos minorías: argentinos, uruguayos, mexicanos, bolivianos, peruanos, ticos, brasileños, salvadoreños, entre otros. Los españoles eran más, aunque no constituían mayoría.

Allá me di cuenta de muchas de mis diferencias al hablar. También supe que compartimos con otros centroamericanos y mexicanos muchos rasgos comunes. Clara Reyes, gran amiga bogotana, se sorprendía de mi expresión “primero Dios”, pues le sonaba extrañísima, así como a mí me lo parecían sus decires “es un camello”, “qué tenaz”, “muy juicioso”, que asocio indiscutiblemente con Colombia. Un día me sorprendió mucho oír a un gringo decir el consabido “primero Dios”. De inmediato le pregunté dónde había aprendido su español. En Guatemala, me dijo. Así iba atando cabos y construyendo mapas sobre las diferencias lingüísticas y hasta dónde llegaban.

De cualquier manera, había palabras que nunca hubiese usado en aquel ambiente multihispánico porque, de entrada, sabía que no se entenderían. Esas eran las íntimamente salvadoreñas o, más aun, de la zona occidental de donde viene mi familia materna. No hubiera dicho, por ejemplo, “el guineo está tetelque” si la fruta no había madurado bien. “Guineo” sí decía pues era una de esas frutas a las que se llamaban de distintas maneras: unos le decían “plátano”, otros “banano” o “banana”. Los bolivianos y los puertorriqueños, al igual que nosotros, le llamábamos “guineo”. Pero con “tetelque” no había vuelta de hoja. Nadie más conocía el vocablo. Lo mismo ocurriría con “istulte”, que aparece en el Diccionario de la Real Academia; taliste (viejo pero no envejecido), pilisque (poca cosa), cueshte (fino) o charo (grueso), por mencionar otros ejemplos no registrados en el diccionario. Muchos de esos salvadoreñismos están recogidos, sí, en el Real diccionario de la vulgar lengua guanaca (2008) de Joaquín Meza, y en Dichos y diretes (2007) de Ana del Carmen Álvarez. Este último, por cierto, es uno de los pocos libros de autores salvadoreños disponible en formato electrónico, para Kindle.

Pero, volviendo al tema, una no sabe de antemano qué palabras son exclusivas de estas tierras y cuáles no lo son. Cuando se habla con gente de otros lados se va jugando a prueba y error en las conversaciones cotidianas. Yo desconocía que el adjetivo dundo es usado, con el mismo significado de “tonto” que nosotros le atribuimos, por otros centroamericanos. De eso me enteré un domingo por la noche, cenando con mi amiga Ileana. Otro día, hablando con Manuel Gómez Fernández, un tico que estudiaba el doctorado en literatura, me di cuenta de que la palabra cerote, en su acepción de “excremento sólido”, no es exclusividad salvadoreña: también la usan otros centroamericanos. Nos moríamos de la risa, como bichos bayuncos, cuando nos dimos cuentas de esa clave indescifrable para otros.

Y para terminar una anécdota transatlántica. Caminábamos un día mi amiga Ruth Guajardo, oriunda de la Zaragoza española, y yo en las inmediaciones de Cunz Hall, el edificio que albergaba el Departamento de Español de la universidad en Columbus. En eso me detuve y le dije que tenía que amarrarme las cintas de los zapatos. Ella corrigió: “te tienes que atar los cordones, dices”. No, le dije yo, me tengo que amarrar las cintas. Así pasamos un rato, riéndonos, cada una sin ceder un ápice en su identidad lingüística.


Ilustración: Sesenta y ocho, de Eduardo Chang

miércoles, abril 25, 2012

Más muletillas salvadoreñas (y segunda parte)

María Tenorio ¿Será que podemos vivir sin muletillas? Imagínese usted a alguien que hable con tanta propiedad que jamás las emplee. Esa persona será excepcional. Si se tratara de un salvadoreño, no usaría “fijate” para introducirse en la conversación, tampoco diría “vaya, pues” para mostrar acuerdo y, mucho menos, intercalaría un “o sea” en medio de su perorata. Muletillas, recordemos, son esas expresiones que a fuerza de repetirse se vacían de significado, y marcan nuestra identidad o pertenencia a un grupo social. Con seguridad usted ha escuchado --y criticado-- las muletillas de otros, aunque no se ha percatado de las suyas propias. Suele ocurrirnos a todos.

En la primera entrega de este artículo comenté sobre dos tipos de muletillas: las que sirven para asentir o cerrar una conversación (“vaya pues”, “okey”, “chivo”) y las que llaman la atención de quien escucha (“fijate”, “mirá”, “callate”, “imaginate”, “bueno”). En esta entrega aludiré a las que nos sirven para aderezar sustantivos o adjetivos, para ganar tiempo y pensar en lo que queremos decir, para sacar más información a nuestro interlocutor y, por último, para buscar la complicidad de quien escucha. 

Para aderezar la palabra

“Lo que es”: expresión vacía de significado que pretende aderezar el sustantivo que acompaña con cierto sabor “técnico”. De tanto repetirse, se ha convertido en una muletilla odiosa. Es, además, perfectamente prescindible. El columnista Joaquín Samayoa aconsejó, hace algunos años, en La Prensa Gráfica: “suprima ‘lo que es’ y ‘lo que son’ antes de los sustantivos y verá que la comunicación es igualmente clara, pero mucho más fluida y agradable.” Esta muletilla ha permeado en sectores educados no solo de El Salvador, sino también de otros países hispanohablantes. Así, se la escucha en boca de médicos, sicólogos, economistas y todo tipo de profesionales. Es muy frecuente en empleados que ofrecen servicios (bancarios, turísticos, etc.) por teléfono. Ejemplos: “Ella acaba de manifestar lo que son síntomas de una cardiopatía”; “Quiero ofrecerle lo que es una tarjeta de crédito que incluye lo que es un seguro de vida y además carece de lo que es un pago mínimo”.

“Como (muy)”: se convierte en muletilla cuando se usa reiteradamente antes de un adjetivo para suavizarlo o para no comprometerse con su significado. Como explica Miguel Ángel Mendo en su blog sobre muletillas: “Por una parte facilita y promueve la inexactitud y la pereza al expresarse (‘era como azul’), por otro suaviza y ablanda lo que se dice, emborrona los contornos, puesto que acaba por no definir nada de manera clara y tajante (‘era como muy estúpido’).” Ejemplo: “Lo vi como triste y por eso no quise molestarlo”. Para ganar tiempo

“O sea”: se intercala en el enunciado como recurso para ganar tiempo mientras se piensa qué se quiere decir. En tanto sirve para diferir el habla, transmite un sentido de suspensión del discurso. Algunas personas la emplean de forma tan repetitiva que, además de cansar a sus interlocutores, se ganan el apelativo de “oseas”. Ejemplo: “Es que, o sea, vos, no sé cómo explicarte lo que pasó... o sea que estuvo bien feo”.
“Cómo se llama”: típica muletilla dilatoria que pareciera apelar a los conocimientos del interlocutor para completar la idea. Revela falta de concentración o pérdida de memoria. Su reiteración resulta exasperante para quien escucha. Ejemplo: “Fuimos al pueblo aquel, cómo se llama... Ataco, y visitamos a la cuñada de Juan, cómo se llama”. 

Para avanzar 

“Pues si”: se emplea cuando queremos sacarle más información a quien nos está contando algo o cuando la conversación llega a punto muerto. Sirve, por ende, para animar al interlocutor o como mero relleno en la plática. Ejemplos: “Pues si, seguime contando lo que te pasó en el viaje”; “--Eso fue todo. --Pues si. --Pues si, va.” Matías Romero, en su Diccionario de salvadoreñismos, incluye la expresión “pues si es que” como típica para iniciar un relato. Salarrué, famoso contador de cuentos, lo empleó de forma contraída en sus Cuentos de cipotes: “Puesiesque Chepete la conoció cuando iba al colegio con una criada sapurruca”. 

Para buscar la complicidad de quien escucha

“Veá” (verdá): se emplea luego de afirmar algo para buscar la aprobación o la complicidad de quien escucha. Su expresión oral va desde el “verdá” pronunciado sin la “d” final hasta el “va”, que se come varios sonidos intermedios. Denota inseguridad al hablar. Ejemplo: “¿Le ha parecido interesante este texto, veá?
Ilustración: "Kumafamily", de Pilipo.

viernes, abril 13, 2012

Muletillas salvadoreñas (primera parte)

María Tenorio

Me veo repitiendo, ante mis alumnos de redacción, que expulsen las muletillas de sus escritos. Afean la prosa y, como dice Daniel Cassany, “aportan nulo o poco significado, recargan la sintaxis y terminan convirtiéndose en tics repetitivos”. ¿De qué sirve escribir “el hecho de que”, “en cualquier caso”, “a raíz de que”, “de alguna manera”, “en función de”, “personalmente”? Pues no sirve de (casi) nada. Saquen de su texto esas expresiones y ganará en claridad y sencillez.

Sin embargo, independientemente de que embellezcan o afeen, las muletillas cumplen una función en nuestra expresión oral: le dan cierto carácter a nuestra habla mientras que, a los hablantes, nos otorgan sentido de pertenencia a un grupo social. Si nos escuchamos con atención, la reiteración de determinadas expresiones --como “vaya pues” o “fijate”-- nos diferencia, a los salvadoreños, de otros. Nuestra identidad se alimenta, entre otros factores, de la manera como hablamos el español y las muletillas son una marca propia de nuestra variedad dialectal.

Las muletillas no son exclusivas de El Salvador. Son un rasgo más de las identidades nacionales o regionales, que se suman a la comida típica, los símbolos identitarios, las artesanías y, en general, a la producción cultural asumida como propia. Ejemplos de muletillas de otros países son: de México, “órale” y “chido”; de España, “venga, vamos” y “vale”; de Chile, “cachái” y “weón”.

¿Qué muletillas son características del habla de los salvadoreños? Quiero proponer, a manera de una lista inicial e incompleta, algunas muletillas que, de tan usadas, son parte de nuestra identidad.

Para asentir o cerrar una conversación

“Va(ya) pues”: es una forma de asentir o de dar por finalizada una conversación, equivalente muchas veces al “okey”. Aunque para nosotros está totalmente desprovista del significado de “ir”, a los extranjeros les resulta gracioso que, a cada momento, les estemos indicando que se dirijan a algún sitio. Hace algún tiempo escribí sobre esta expresión, aquí les dejo el enlace. Ejemplo: -- “--Nos vemos mañana. --Va, pues.”

“Okey”: tomada de nuestra segunda lengua nacional, el inglés, se usa para decir que estamos de acuerdo con lo dicho o para pedirle a nuestro interlocutor que ya no insista, que hemos entendido. Ejemplo: “--No te olvidés de recoger al niño a las 4 de la tarde. --Okey, okey.”

“Chivo”: este adjetivo se convierte en muletilla cuando lo empleamos para asentir o expresar nuestro acuerdo con lo dicho. Ejemplo: “--¿Tomamos café el viernes en la tarde?” --Chivo.”

Para llamar la atención de quien escucha

“Fijate” (“fíjese”): sirve para introducir nuestra palabra --chisme, noticia o comentario-- en una conversación; para llamar la atención del interlocutor sobre lo que vamos a decir. Algunos extranjeros notan que empleamos el fijate cuando referiremos algo que no salió como esperábamos. No es exclusiva de nuestro país, como consta en el blog del muletólogo español Miguel Ángel Mendo.Ejemplo: “Fijate que la Meches tuvo un accidente.”

“Mirá” (“mire”): sirve para llamar la atención de quien nos escucha. Lo decimos tanto si el interlocutor nos mira como si no lo hace (es decir, lo usamos también por teléfono). No es exclusiva de los salvadoreños (también está reseñada en el citado blog), pero nosotros la empleamos con mucha frecuencia. Ejemplo: “Mirá, y ¿qué te dijo tu mamá sobre la fiesta de la otra noche?”

“Callate” (“cállese”): se usa para introducir un comentario de cariz negativo o lamentable; también para responder con información no esperada. Esta muletilla es una llamada a la complicidad y, en contra de su apariencia, no es nada pesada. Está incluida en el mencionado blog como una muletilla hispana. Ejemplo: “Callate, niña, ¿has visto qué terrible lo que pasó la otra noche?”

“Imaginate” (“imagínese”): introduce, o cierra, un relato extraordinario o que intenta serlo. Es decir, sirve para enfatizar que diremos (o hemos dicho) algo fuera de lo común. También aparece en el blog de Mendo, por lo cual no es solo salvadoreña. Ejemplo: “Imaginate que Luis y su novia acaban de cortar.”

“Bueno”: este adjetivo se vuelve muletilla al usarse como inicio de una exposición, para solicitar la atención a los oyentes o para expulsar el nerviosismo; asimismo, se emplea para abrir una participación en un diálogo. Además, sirve para responder afirmativamente o para expresar acuerdo. Ejemplos: “Bueno, esta mañana nuestro grupo expondrá el tema de la deforestación.” “--¿Me prestás tu bici? --Bueno, dale.”

En la siguiente parte de este artículo comentaré sobre muletillas tales como “veá” (“verdá”), “o sea”, “lo que es” y “pues si”. Si usted tiene comentarios, agradeceré los deje al final de esta página.

jueves, marzo 15, 2012

Guerra de los sexos en el lenguaje


María Tenorio

Hace algunos años, cuando leí El orden del discurso de Michel Foucault, me convencí, con él, de que el lenguaje “por más que en apariencia (...) sea poca cosa” tiene estrecha relación con el deseo y el poder. Es, en sí mismo, “el objeto del deseo” y el “poder del que quiere uno adueñarse”, dice este filósofo francés. Su enorme peso reside no en que revele la realidad, sino en algo más profundo: nuestro lenguaje construye nuestra realidad. Aprehendemos el caos interpretándolo, ordenándolo, jerarquizándolo, poniéndole nombre y atribuyéndole predicados. Así, pues, las palabras que usamos y las maneras en que las ponemos juntas modelan nuestra realidad; ellas cargan con lo que pensamos, con lo que deseamos y con lo que podemos hacer.

No me resulta extraño, entonces, que muchos intelectuales, profesores, escritores y periodistas hayan protagonizado en estos días una verdadera lucha en torno a la posición oficial de la Real Academia Española (RAE) sobre las guías de lenguaje no sexista. Este debate, a mi juicio, pone de manifiesto el deseo y el poder que habitan en el territorio de la lengua y sus usos.

Si no está usted al tanto de la cuestión se la cuento en breve: el pasado 4 de marzo el periódico El País, de España, publicó el artículo Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, firmado por Ignacio Bosque y suscrito por 26 académicos de la RAE. Bosque argumenta que los usos propugnados por esos manuales (él estudia nueve de ellos, todos españoles) son contrarios tanto al principio de economía que rige en la lengua como a las prácticas usuales de los hablantes. Además, dice que las guías han sido elaboradas, en su mayor parte, sin la participación de lingüistas, por lo que muchas de sus recomendaciones son contrarias a las normas. Arremete, en particular, contra el “desdoblamiento léxico” aconsejado por las guías: preferir “los ciudadanos y las ciudadanas” al tradicional “los ciudadanos”. Como dice el académico: “el rechazo a toda expresión del masculino destinada a abarcar los dos sexos es marcadísimo en las guías”.

Entre las abundantes reacciones, favorables y desfavorables, al artículo de Bosque quiero comentar la de Pedro Álvarez de Miranda, miembro de la RAE y catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid que apoya, como es lógico, la postura de la RAE. Su texto titulado El género no marcadoexplica con elemental claridad un aspecto lingüístico donde, a mi juicio, se pone en evidencia cómo la lengua construye, no de manera neutra ni imparcial, la realidad.

El masculino es, en castellano, el género que se impone “por defecto” o por default. Álvarez de Miranda lo explica así: “Cuando yo construyo una frase en que un adjetivo debe concordar con dos sustantivos, uno masculino y otro femenino, necesito que ese adjetivo (...) vaya en uno de los dos géneros. Uno cualquiera, en principio... Lo que no puede es no ir en ninguno, porque el ‘sistema’, para funcionar, necesita que uno se imponga por defecto”. Así, decimos “Juan y María están cansados de estar casados”. Por defecto, usamos el masculino.

Ahora bien, ese masculino por defecto ha sido y sigue siendo la norma en los campos de la actividad humana con mayor prestigio y poder. No es solamente una cuestión lingüística. La lengua da forma a la realidad. Veamos algunos ejemplos. En el terreno político, el masculino es el género no marcado: la mayor parte de gobernantes y funcionarios de alto rango son hombres; las presidentas, en tanto minoría, son el género marcado. En el gremio médico y en el académico, de forma semejante, el género no marcado es el masculino, la mayoría de médicos y de catedráticos son hombres; las médicas y las catedráticas son, todavía, una minoría.

Las guías de lenguaje no sexista, es cierto, contravienen principios lingüísticos al recomendar los desdoblamientos (las médicas y los médicos) y los circunloquios (las personas que ejercen la medicina) para “visibilizar” a las mujeres en el lenguaje. Una manera de entender la transgresión que proponen es que convierten al masculino --cuando se refiere a personas-- en un género marcado: es decir un género gramatical que alude a los hombres y solamente a ellos, así como el femenino es un género que se refiere a las mujeres y solo a ellas. En esa interpretación, el masculino se igualaría al género gramatical femenino y tendría que emplearse de la misma forma. Entiendo, pues, que al género masculino se le quita su cualidad de ser el género gramatical “por defecto” y eso no es poca cosa. Es el deseo “feminista” de desbancarlo de esa posición de poder: ser el sujeto (gramatical, personal, social, político, económico, etc.) por default.

Quiero concluir diciendo que no soy partidaria de usar  los desdoblamientos ni de los circunloquios: no soy partidaria de “marcar” el género masculino. Sin embargo, pienso que la lucha por la igualdad de derechos y de oportunidades entre mujeres y hombres sigue vigente, y que la forma como nos expresamos al hablar y al escribir no es ajena a esta guerra de los sexos. Es decir, que hay que buscar las maneras de incluir y de no discriminar sin atentar contra la economía del lenguaje. El bombardeo de artículos que han seguido al texto oficial de la RAE es, a mi manera de ver, un ejemplo de ese combate.

Ilustración: "Adán y Eva", de Fernando Botero

miércoles, junio 23, 2010

Días de guardar con Monsiváis

Miguel Huezo Mixco

Admiré a Carlos Monsiváis desde mis días universitarios. Cuando, muchos años más tarde, Alfredo Sevilla, a la sazón agregado cultural de la embajada de México, me pidió que lo presentara al público salvadoreño, aquello se convirtió en el evento más emocionante del año 2002, y vaya que ese año tuve muchas emociones.

Naturalmente, mi primer contacto con Carlos Monsiváis fue a través de sus libros. Estamos en los años 70. Ingreso a la pequeña librería Barataria, propiedad de Héctor Samour, y me topo con su libro "Días de guardar". Lo hojeo y descubro que estoy frente a un escritor muy distinto a los que había conocido hasta entonces. Es un volumen de crónicas de grandes eventos en la vida de México: días de luto y dolor, pero también de fiesta y desmadre. Monsiváis utilizó en el texto titulares de periódicos, pintadas callejeras, malcriadezas y fotografías. Crónica periodística y ensayo cultural; historia nacional y vida cotidiana; modos de vestir y conversaciones, todo a la vez.

Yo estaba sin trabajo. Me habían corrido de la Dirección de Publicaciones (DPI). Como no tenía dinero para comprar el libro, llegaba todas las semanas a leerlo un poco. Por suerte, una reina de belleza, compañera de aula que no iba tan bien en lingüística y cuyo nombre no revelaré, me pidió que le diera unas clases, y como pago le pedí aquel libro codiciado.

Así que ya se pueden imaginar lo que sentí cuando Alfredo me pidió aquel encargo. Para entonces, yo era el director de la DPI. El tiempo había volado. Así nos vamos al día 28 de enero de 2002. Monsiváis entró por la puerta del Museo Nacional de Antropología (MUNA) donde no cabía un alfiler. El autor de "Escenas de pudor y liviandad" era como me lo había imaginado. Pequeño y robusto, de cara grande cuadrada. Una mezcla de Sancho Panza e ídolo azteca en saco. Le estreché la mano y subimos, yo detrás de él, al escenario.

Pues bien, hice la presentación de Monsiváis. Hablé de sus méritos y sus libros; y me tomé unos minutos para pedirle que pusiera todo su peso intelectual para llamar la atención sobre el drama de los migrantes centroamericanos en su paso por el territorio mexicano. Monsiváis pronunció una conferencia titulada "Identidades y la cultura de la tolerancia", y se refirió a mi petición en términos muy cordiales. Al día siguiente, salimos a caminar por el centro histórico de San Salvador. En las librerías se llevó una tremenda frustración: se encontró con las novedades de los grandes consorcios editoriales, y poco o nada de Centroamérica. "Aquí también se impone la dictadura del mal gusto", me comentó. Aquella jornada es unos de mis días de guardar favoritos...

Irónico, mordaz, antisolemne. Una colección de sus citas y comentarios, desperdigados en centenares de columnas, artículos, conferencia y libros, competiría con los, en general, ácidos comentarios de alguien como Oscar Wilde. Además, era una persona curiosa, hasta el morbo. Sus colecciones de dibujos, arte popular, chunches y caricaturas constituyen el patrimonio del Museo del Estanquillo que él fundó en la Ciudad de México.

Busqué de nuevo a Monsiváis cuando preparé la exposición retrospectiva sobre la obra de Toño Salazar para el Museo de Arte de El Salvador (MARTE). Le escribí preguntándole si tenía caricaturas del fructífero periodo mexicano de nuestro artista. Monsiváis conocía bien la trayectoria de Salazar. Se mostró interesado en adquirir algunas de las caricaturas que tenía en venta la viuda de Alvaro Menéndez Leal, pero al final la transacción no fue posible. Esto me dio oportunidad de mantener con él alguna correspondencia que, por supuesto, no conservo.

En 2008, volvimos a encontrarnos. Esta vez en Tijuana, en el borde la frontera con Estados Unidos. Estábamos allí para reflexionar sobre las migraciones latinoamericanas, y yo tenía una breve ponencia sobre las representaciones que se hacen de los centroamericanos en el infierno de la zona de Tapachula, una de las rutas obligadas de nuestros compatriotas, donde padecen cualquier cantidad de vejaciones y algunos encuentran la muerte. Monsiváis daba la charla inaugural. El gran auditorio del Colegio de la Frontera Norte (El Colef) estaba lleno de gente. Alguien nos dijo que Monsiváis había llegado. Me acerqué a saludarlo. Me preguntó qué hacía en Tijuana y le conté sobre mi charla. Para mi sorpresa, recordaba aquella interpelación que le hice en el MUNA. "Sigues en eso, ya veo". Tuvo todavía tiempo para decirme que finalmente había conseguido algunas caricaturas de Salazar, de José Juan Tablada y James Joyce. "Tu paisano está en el Estanquillo, me dijo. Alguna vez haremos algo especial sobre él", me dijo.

Esa vez habló, entre otras cosas, de cómo la tecnología está cambiando las mentalidades, y de cómo el chat y el correo electrónico están ayudando a recuperar el arte de la conversación, "que no el de la ortografía", agregó. Nos hizo reir cuando dijo que pese a las grandes transformaciones que vive el mundo, el acto sexual sigue siendo muy tradicional. Decía cada ocurrencia y arrancaba aplausos. A sus reconocidas dotes de escritor habrá que agregar que además fue un particular orador. Apenas levantaba la vista de sus papeles, ni siquiera gesticulaba con las manos, pero conseguía conectar muy bien con la gente.

Ahora resulta que ha cambiado de domicilio. Si damos crédito a lo que se ha publicado, su última voluntad establece que sus cenizas sean regadas en el Zócalo de la Ciudad de México. Así que allí andará ahora, en medio de ese desmadre, como parte indisoluble de la biografía y el aire de México.

Sobre Monsiváis:

Textos académicos
Notas de periódicos
Videos y entrevistas
Documentales
Comentarios sobre cine mexicano

miércoles, diciembre 15, 2010

Me dijo Vega

María Tenorio

El siguiente correo electrónico fue enviado por Edgardo Vega a Horacio Castellanos Moya el 15 de diciembre de 2010, luego de la teleconferencia del escritor en la presentación de los dos primeros libros de la Colección Revuelta, en el Centro Cultural de España de San Salvador. El texto ha sido editado para su difusión. Agradezco el permiso para publicarlo.

“Mala suerte que no viniste, Moya. Hoy que estaba seguro de que te vería, una tormenta de nieve te impidió tomar el vuelo desde Pittsburgh hasta El Salvador. Mirá a qué ciudad te has ido a refundir. Señorial y linda para estar unos días, es cierto, pero tan gringa, tan pensilvánica. Quién te entiende. Allá vos muriéndote del frío. Aquí en la asquerosa San Salvador el clima está muy agradable, hasta he tenido que usar mi suéter que llevo en los otoños de Montreal.

”Hubiera querido invitarte a tomar un par de güisquis para que retomáramos aquella conversación que tuvimos en “La Lumbre” y que vos volviste célebre en tu novelita El asco. Vaya que suavizaste mis comentarios, Moya. Además omitiste algunas cosas que me parecen claves para entender este país de criminales y estúpidos. Esa es una de las razones que me trajeron de nuevo a San Salvador; las otras no vienen al caso, así que me las ahorraré. Qué cosa mejor que seguir conversando en esta ciudad donde nos malformaron los maristas. Como dijiste anoche que te vi en pantalla en el Centro Cultural de España, lo que más se extraña de la tierra de uno son los amigos y platicar con ellos. Luego de 31 años en Canadá he llegado a admitirlo, Moya, he madurado, he superado muchas manías y he dejado atrás mi paranoia. Vos me hiciste ver, en El asco, como andaba yo de atormentado por esta vida.

”Por cierto, es bonito el librito que te publicaron en la Colección Revuelta. Me llevo un ejemplar de tus Breves palaras impúdicas y otro del de este muchacho poeta, Vladimir Amaya, bastante tímido el joven, corto de palabra hablada, aunque sus letras de Agua inhóspita no están mal. A vos nadie te para la guitarra, Moya, fuiste el plato fuerte de la noche, aunque solo te viéramos en pantalla. (Las maravillas de la tecnología y del tal Skype, que te trajo en vivo y en directo desde tu casa en Pittsburgh.) Tu “cuate” Huezo Mixco solo habló unas palabritas presentando la labor editorial que hizo con el patrocinio de los españoles. Buen detalle de la cooperación internacional para este mísero país… aunque ya sabemos que no se salvará del desastre al que se encamina toda la civilización del planeta. Tanto consumismo, tanta contaminación, tanta podredumbre por todos lados. Triste admitirlo, Moya.

”No sé si te diste cuenta, pero el lleno del auditorio en la presentación de anoche era total. Unas 140 personas calculé, como mínimo. Las sillas estaban todas ocupadas, había gente de pie deteniendo las paredes y además varios no pudieron entrar. Extraño que en este asco de ciudad se llene un evento literario; eso que no dieron comida, solo vino y coca cola. Los libros se terminaron, Moya, los repartían en pareja, el tuyo y el del poeta joven juntos. Ojalá queden más, pues Huezo Mixco dijo que entregarían a las llamadas “casas de la cultura” y se distribuirían también en el mismo centro cultural. La ventaja es que están disponibles en el formato digital, en línea, y son gratuitos. Algo mínimo que se hace en este país donde la cultura, vos sabés, es la gran abandonada de los poderosos.

”Te felicito, Moya, por el nuevo título que lanzás. Quedamos a la espera de tu próxima novela La sirvienta y el luchador. Aunque el título más parece cosa de “albañiles” y del Caballo Rojas, ojalá que nos des algo a la altura de tu inteligencia. De veras lamenté que no hayás venido. Como te decía más arriba, encontrarme y conversar con vos era uno de los motivos que me hizo venir de Montreal a esta asquerosa ciudad que me vio nacer, crecer y huir.

”¡Salud!

Edgardo Vega”

Sitio web de la Colección Revuelta

(Publicado en ContraCultura, 16 diciembre 2010)