martes, marzo 26, 2013

Mis queridas “trans”


Miguel Huezo Mixco

Ningún grupo en El Salvador padece ataques tan arteros como la población transexual. La cultura dominante, la religión, los medios de comunicación, la escuela y a menudo hasta sus mismas familias la estigmatizan, condenándola al desempleo y al irrespeto de sus derechos básicos.

La transexualidad consiste básicamente en que una persona se identifique y desee vivir y ser aceptada como alguien del género opuesto. Expresa un desencuentro radical entre la identidad de género y el sexo biológico. Ninguna minoría, insisto, ni siquiera los indígenas, expresa con tanta vehemencia y desventaja el derecho a su identidad. En nuestros días, pocas convicciones son tan subversivas y transgresoras como esta. Desde que pude conocerlas de cerca me refiero a ellas, con todorespeto, como “mis queridas trans”.


En estas cosas pensaba mientras participaba, hace unas semanas, en una conversación con una docena de transexuales, invitado por Claudia Morales, una experta que trabaja por el reconocimiento de los derechos de la población LGBTI, sigla que sirve para designar a lesbianas, gais, bisexuales y personas transgénero.


Antes de participar en la charla revisé algunos trabajos relacionados con la estigmatización que sufre en El Salvador la población LGBTI, incluyendo un documentado estudio hemerográfico, realizado en 2012, sobre las representaciones que se hacen de la población LGBTI en los dos principales periódicos de El Salvador.


Nada de eso me preparó suficientemente para escuchar los testimonios de estas personas. La franqueza con la que ellas hablaron me brindó la posibilidad de conocer un poco sobre su mundo. Todas muestran una enorme valentía para enfrentar la abominable cultura salvadoreña marcada por el machismo y la idea del pecado.


Sin embargo, esa decisión de reivindicar su condición de mujeres, atrapadas en un cuerpo equivocado, hace que muchas personas, mujeres y hombres, sean extremadamente agresivas con ellas. Inclusive se les niega empleo y la mayoría de ellas no tienen otra opción más que el trabajo sexual.


Una de las cosas que consiguieron transmitirme con mucha fuerza es la importancia que tiene para ellas el tema de la identidad. Todas, sin excepción, le otorgan un papel crucial a la modificación de sus características sexuales externas. Este deseo las lleva a pasar por una transición muy compleja, que incluye procesos quirúrgicos, cuyo propósito es adaptar su cuerpo al género al cual se sienten pertenecientes.


Esta legítima opción identitaria (vestir, tener sexo y amar como mujer) se enfrenta a diario con ataques encarnizados. En el curso de la conversación conocimos con bastante detalle la manera en que se les maltrata en las alcaldías y clínicas de salud. Con alguna frecuencia los funcionarios se niegan a llamarlas en las salas de espera por el nombre que ellas han adoptado --nombres de mujeres-- y algunas han preferido no realizar trámites ni pasar consulta médica con tal de no ser agredidas en público.


Las autoridades policiales tienen también una parte de responsabilidad. Cuando son detenidas, a menudo por el solo hecho de estar en la calle ganándose la vida, los guardianes del orden público las envían como carne de cañón a la sección de hombres, donde sufren golpizas y abuso sexual, y son despojadas de sus pertenencias.


El mencionado estudio sobre las representaciones de la población LGBTI en los principales medios de comunicación revela la existencia de un “alto nivel de estigma y discriminación” de parte de muchos periodistas. “Las notas periodísticas”, concluye, “contienen un trasfondo de exclusión e ignorancia, al no reconocer el derecho a la identidad y al nombre de las personas, cuando se abordan situaciones donde la víctima es una mujer trans, pues se le reconoce como un hombre así nacido”.

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