miércoles, enero 07, 2009

Flores para un paisaje


María Tenorio

"¿Y por qué se llama Ruta de las Flores?", preguntó nuestro amigo norteamericano cuando nos desplazábamos en carro por la limpia Salcoatitán alrededor del mediodía. "Lo mismo nos hemos preguntado nosotros", respondimos mientras apreciábamos, no sin cierta vergüencita, la escasez de flores a orillas del camino. La carretera de entrada a Juayúa poblada de veraneras rojas justificó, pobremente, la denominación de esa ruta turística salvadoreña.

En el recorrido por las localidades de Nahuizalco, Salcoatitán, Juayúa, Apaneca y Ataco, en el occidente del país, domina la topografía montañosa con variedades de verdes y ocres. Esa región cafetalera ofrece al visitante un paisaje muy hermoso. El clima privilegiado y la seguridad hace que muchos capitalinos viajemos casi dos horas para ir a alguno de los restaurantes de la zona y caminar por los pueblos. Sin embargo, el nombre de "Ruta de las Flores" resulta bastante forzado. Tanto que se ha recurrido a pintar flores en los postes de concreto para compensar la carencia de flores de verdad.

"¿Qué tal si sembráramos flores a orillas de toda esta carretera?", dije en voz alta expresando un nosotros nacional cuasi decimonónico. Y empecé a imaginar una profusión de veraneras de todos colores, claveles rojos, flor amarilla, san josés, san fraciscos, lenguas de vaca, rosas, campanillas moradas y hasta girasoles, contrastando con los verdes de aquel camino. "¿Y quién riega estas flores?", preguntó Miguel sacándome de mi sueño floral saturado de colores y haciéndome pensar que el paisaje no es algo meramente natural, sino que debe ser construido y mantenido por manos humanas. Qué sería de aquellas flores sin agua, me dije.

El paisaje de calidad, dicen los entendidos, es un elemento que da valor agregado a un territorio para su desarrollo turístico. Es uno de los motivos para desplazarse hacia un lugar más o menos lejano para pasar el tiempo libre. Un paisaje bien cuidado, agradable para la vista, peculiar, que sabe aprovechar la belleza natural es un activo cultural del que pueden beneficiarse los pobladores ofreciéndolo a los turistas como producto original. No basta con que una región sea natural o históricamente "bella"; su atractivo debe potenciarse para convertirlo en un recurso turístico.

"¿Quién le puso Ruta de las Flores?", preguntó hoy nuestro amigo, luego de que le conté sobre este texto que estaba escribiendo para Talpajocote. Ni su esposa, que ha estudiado las rutas turísticas en Centroamérica, ni Miguel ni yo supimos responderle. Pero sí atinamos a decirle que se trataba de una denominación reciente. (Hace unos quince años recuerdo que yo iba a Apaneca con cierta frecuencia y nada de ruta de ninguna flor.) Sin duda se trata de un nombre oficial: está recogido en letreros azules y en el website del Ministerio de Turismo. Ha sido un nombre exitoso, a pesar de su frágil conexión con la realidad.

Pedir nada cuesta. Intervengamos con flores la Ruta de las Flores para que la realidad coteje con la ficción del nombre.

2 comentarios:

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  2. Anónimo6:47 a. m.

    Acaso las flores que se recorren en esta ruta son los visitantes... George

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