miércoles, abril 13, 2011

Corrigiendo a Menjívar Ochoa

María Tenorio

Dejo de hojear el libro Un mundo en el que el cielo cae y cae, de Rafael Menjívar Ochoa, para colocar los dedos sobre las teclas y comenzar a escribir. Aunque hace apenas unos minutos tuve el pequeño y delicado objeto --recién salido de la imprenta-- en mis manos, me precio de conocerlo bastante. Estuvimos en contacto durante varios días durante su proceso de manufactura: fui su correctora. Mi misión era enmendarle la plana al escritor. Si bien eso puede sonar pedante o pretencioso, en eso consiste el trabajo que hago con numerosos textos.

Corregir a Rafael Menjívar Ochoa significó dos cosas: hacer la corrección de estilo del manuscrito, tal como salió de manos del autor, y también revisar el texto ya diagramado por el diseñador, antes de irse a imprenta. Leí los siete cuentos, detenidamente, dos veces. La primera, mientras buscaba errores ortográficos o gramaticales para limar imperfecciones que se le van a cualquiera, hasta a los más finos escritores, al digitar. La segunda, cuando me aseguraba de que el texto puesto en la caja tipográfica fuera fiel al original y al estilo de la colección Revuelta. Debo decir que pocos errores encontré en el libro, pero fueron suficientes para justificar mi trabajo. Si alguno ha quedado por ahí, exoneren al escritor, es responsabilidad mía.

Fue un gusto corregir este libro de Menjívar Ochoa. No lamento en lo más mínimo haberlo leído dos veces. Los siete cuentos están escritos en un español económico y preciso que genera ambientes sórdidos y produce personajes desesperanzados con gran efectividad. En sus páginas toma cuerpo la tensión narrativa; uno no sabe qué esperar en la siguiente. Todas las historias comparten ciertos rasgos propios del “género negro”: la mayoría de sus personajes son seres perdidos o perdedores que se encuentran en lugares olorosos a humedad para abandonarse, irremediablemente, a la vida o a la muerte. No importa qué les haya ocurrido, son víctimas del desencanto.

El cuento que más recuerdo es “El campeón”. Un entrenador de box narra la historia del campeón wélter (esa castellanización la introduje yo en el texto, pues el autor había escrito welter) que esconde algún secreto relacionado con su hermano que vive en los Estados Unidos. En medio de sus éxitos como boxeador, este hombre que “aprendió a dosificar el miedo y la audacia” no sabía ser feliz.

Otro cuento memorable es “Cementerio de carros”, donde cobra vida la figura del Loco. Este pobre policía o militar tiene podrida la mano y no quiere que se la amputen. En este relato es destacable la recreación literaria de olores; la gangrena del Loco nos llega a la punta de la nariz con toda su intensidad. Algo semejante ocurre con los olores a sexo, a sudor y a baño sucio de “Fade out”; y con el olor a cigarro y alcohol encerrados en el ambiente de un bar de mala muerte en “La tercera puerta”.

“El cubano” es otro cuento que merece unas palabras. Su protagonista es un típico personaje del género negro, un asesino a sueldo que ha caído prisionero y le cuenta su historia al policía que lo cuida en la celda. “No te burles de tus muertos. Son lo único que tienes. Respétalos. Son gente”, le dice el cubano al policía.

El cuento que menos me gustó es el que da nombre a todo el volumen “Un mundo en el que el cielo cae y cae”. Probablemente me faltan los referentes musicales para entenderlo, pero me atrevo a decir que a Menjívar se le da mejor la producción de olores literarios que de música. En todo caso, ese es el relato más breve de todos. De todo los demás, no hay desperdicio.

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