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lunes, agosto 08, 2011

Se presentará "El perro en la niebla", de Roger Lindo


La publicación de “El perro en la niebla” de Roger Lindo está a cargo de la Dirección de Publicaciones, de la Secretaría de Cultura de la Presidencia.

La presentación se llevará a cabo este próximo jueves 11 de agosto de 2011 en las instalaciones del Museo Nacional de Antropología MUNA a las 6:00 p.m.

"El perro en la niebla" es probablemente la mejor novela salvadoreña de los últimos años. Fue publicada por primera vez en España por la editorial Verbigracia. Ver para creerlo: se hará una segunda edición en San Salvador.

La novela cuenta el “despertar” de Guille, un día lunes, y el cambio que experimenta su vida a partir de ese momento, puesto que ha decidido fundirse con las muchedumbres de obreros, trabajadores agrícolas, estudiantes y maestros que avivaban la hoguera donde comenzaba a arder el autoritarismo salvadoreño del siglo pasado.

Jacinta Escudos: "El libro de Róger Lindo es uno de los esfuerzos más serios y coherentes que he leído de hablar del proceso de la guerra civil en el país. Un libro que no busca polemizar ni testimoniar ni acusar ni encontrar culpables, sino simplemente contar una historia que les pasó a muchos, que nos pasó a todos" (Jacintario).

María Tenorio: "En el libro de Lindo me encontré con un joven sansalvadoreño de clase media que se involucra con el movimiento obrero y termina convirtiéndose en guerrillero, yéndose a la montaña. Un ejemplo de novela de formación, es decir, una sucesión de pruebas que hacen ser y crecer a un personaje literario. Guille, el protagonista, narra en primera persona una serie de aventuras que adultecen su mundo recién salido de la adolescencia: el amor, el trabajo, el compromiso político y la lucha armada, remojados en sobrias dosis de sexo, trago, "mota" y sangre" (Talpajocote).

Miguel Huezo Mixco: "Quien espere otra novela testimonial que celebra los actos heroicos de los luchadores sociales, se llevará una decepción. Lo que tenemos es la historia magníficamente contada del encuentro y el desencuentro de un joven y una joven que pertenecen a dos mundos que solo pueden acariciarse en medio de una catástrofe" (La Prensa Gráfica).


Un fragmento de la obra, en Letras de Los Ángeles

 
Un fragmento de la obra en Letralia

 
Róger Lindo (San Salvador, 1955) es considerado como un importante poeta. Su actividad literaria se ha desarrollado fuera de su país natal El Salvador. Desde 1991, vive en Los Ángeles, Estados Unidos y trabaja como periodista en el diario en lengua española «La Opinión».


Obras publicadas:

 
  • Los infiernos espléndidos (poesía) Editorial DPI, Colección Poesía. San Salvador, 1998


  • El perro en la niebla (novela) Editorial Verbigracia. España, 2008.

  • domingo, septiembre 05, 2010

    Siete preguntas intempestivas para el monstruo de siete cabezas

    Amparo Marroquín Parducci

    ¿Qué no nos estallaron las fronteras? ¿Qué fue de esas palabras… país, tierra, migrantes? ¿Qué rabias y condenas nos habitan, qué gestos al final nos invadieron? ¿Por qué se calló tanto, tanto tiempo? ¿Con qué cara miramos la cara de la muerte? ¿En qué paredes pintamos la rabia, con qué grito gritamos para matar esos nuevos silencios? ¿Por qué nombrar estos 72 y no a todos los otros, esos… desaparecidos, desencontrados, silenciosos?

    Ilustración: Nuestra Señora de las setenta y dos piedades. Por Renato Mira

    viernes, mayo 28, 2010

    Adiós y gracias

    Francisco Andrés Escobar escribió el texto que a continuación compartimos con ustedes para despedirse de sus lectores  de "Croniquillas" en La Prensa Gráfica; sin embargo no fue publicado en esa oportunidad. Sus amigos de la UCA y su familia autorizaron su transcripción póstuma en nuestro blog.

    Francisco Andrés Escobar

    He recibido mensajes preguntando por las “Croniquillas”. No saldrán más. La reorganización de las páginas sabatinas de opinión y un deterioro de mi salud coinciden para imposibilitar la producción y difusión de estos materiales.

    Las “Croniquillas” nacieron como un proyecto de consignar el sentir, pensar y hablar de nuestras comunidades populares de base. Se organizaron en torno de don Sofonías Pereira y de su esposa, en quienes busqué plantear la familia humanamente pulcra. A ellos los rodeé de una corte de hombres y mujeres que representaban lo contrario, pero también lo más real de nuestra nacionalidad: gañanes, borrachitos, prostitutas, diversos integrantes del lumpen. A todos quise abordarlos en sus vicios y virtudes, con misericordia por su condición de personas. Todas sus historias salieron, no de la imaginación desbocada, sino de la investigación sobre la vida, que suele ir más allá de toda imaginación.

    También el uso del lenguaje de toda esta corte popular vino de la observación sobre el decir de nuestra gente. Con ello, traté de vivir lo que las academias esperan de quienes trabajamos con la palabra: rescatar ese universo lingüístico que vive en las entrañas del pueblo. En efecto, en uno de los últimos boletines de la Academia Salvadoreña de la Lengua, un ilustre miembro establece: “Bajar a lo popular, a la conversación diaria, al parloteo, al güiri güiri de la familiaridad, es entrar en alegre ambiente de ingenio y de libertad de pasiones y de pasioncillas sueltas, de intereses que no se ocultan, de humor que todo lo salpica con su gracia y, al menor descuido, de la vulgaridad que saca la caja de lustre o deja ver la punta del corvo”.

    Sé que, a veces, los personajes, sus historias o sus decires urticaron, más que la sensibilidad, los prejuicios sociolingüísticos de algún lector o lectora, que se soliviantó de ánimos. En realidad, eso fue, creo, además de ausencia total del sentido del humor, presencia de la exclusión con que algunos sectores circunstancialmente mejor puestos castigan a los menos favorecidos, olvidando que son también hermanos de origen, integrantes de nuestra patria mayor.

    Quisiera expresar otros conceptos, pero en respeto del espacio, me quedo con un simple: adiós y gracias. Fui feliz haciendo lo que hice. Fue una discreta manera de servir y de comprobar que la palabra mantiene su poder estremecedor de conciencias, más allá del soporte tecnológico que la sostenga.

    Ilustración: Miquel Barceló, Fotos.org

    miércoles, junio 24, 2009

    Carta a Don Mario Benedetti



    Ana del Carmen Álvarez


    Recordado don Mario Benedetti:
    Cuando un escritor crea una obra, no puede saber la influencia que esta pueda tener sobre las personas que la lean. Puede ser una influencia leve, casi imperceptible, como las ondas formadas al lanzar un guijarro a un lago tranquilo, o puede tener la fuerza de un tsunami que puede llevar a la muerte. En nuestra familia, una obra suya tuvo la fuerza de un tsunami.


    Mincho, mi hijo, fue un muchacho alegre, simpático, buen deportista y, al mismo tiempo, músico y poeta. Cuando cumplió quince años, conoció la realidad descarnada y lacerante de El Salvador. Dicha realidad lo cuestionó de frente y, a los veinticuatro años, ya con la guerra civil a las puertas, decidió incorporarse a un frente guerrillero; sus armas fueron las palabras a través de las ondas de una radio clandestina.


    Llegar a ese punto le costó un profundo y doloroso debate consigo mismo para descubrir qué le pedía su conciencia. En esos días, cayó en sus manos un libro que usted escribió, El cumpleaños de Juan Ángel. Esa obra le ayudó a tomar su decisión final, y escogió dicho nombre como su nombre de guerra.


    Lo mandaron al frente norte y, en una invasión del ejército, en un encuentro desigual, muchas balas acabaron con su vida. Cayó a las orillas del río Lempa que se convirtió en su tumba. Solo tenía veintiséis años. Su presencia en nuestra familia es constante y cercana porque nunca olvidaremos su risa, sus bromas, sus poemas, sus canciones…


    Con el paso del tiempo, sus hermanos menores se casaron y la familia aumentó. Hace dos años nació un niño al que sus padres le dieron por nombre Juan Ángel, como un homenaje a este muchacho nuestro tan generoso y tan querido.


    Como ve, don Mario, su libro ayudó a un joven a encontrar su camino, en dicho camino encontró la muerte y, aunque me duele el alma saber que ya se fue y que no puedo tener su presencia física, su decisión fue un acto de libertad y de generosidad.


    Espero que usted se encuentre en la luz gozando de paz. Se despide con cariño,



    La mamá de Juan Ángel

    miércoles, abril 29, 2009

    El miedo que se toca


    Rossana Reguillo

    (Guadalajara, México) Los cuerpos no se tocan. Los que no usamos tapabocas somos mantenidos a una distancia aún más grande, nadie habla con nosotros, solo hay amables movimientos de hombros.

    El niño tose incómodo en su tapabocas azul, su joven madre lo regaña y le indica el procedimiento para toser frente a los otros, repite los gestos que se ven en la televisión. Los ojos del niño se cruzan con los míos y en un momento, tan efímero como eterno, suscribimos un pacto: esto no sirve de nada, estamos tan jodidos como juntos. Una lágrima se me atora en la garganta y finjo atender las nuevas marcas de jabones relajantes. Dos pasillos adelante, una pareja de viejos, con tapabocas rígidos, esos que usan los pintores o los operarios de maquinaria, escogen unos videos; discuten entre ellos, apenas se entienden. Él se quita el tapabocas rígido y le dice a ella: “--Nos llevamos este paquete que está bueno para nosotros, ahora que vamos a estar encerrados”.

    En el día cuatro, nos avisaron que podíamos ir a trabajar a casa, que sin alumnos en la universidad lo mismo daba estar ahí que agilizar procesos de fin de semestre desde nuestras computadoras. Nadie se alegró, no hubo festividad. Salí varias veces de mi oficina para escuchar el mismo chiste, contado mil veces y pese a todo, me reí: “¿qué le dijo el DF a la influenza? Mira como estoy temblando!!!”. No pude dejar de reírme, triste risa, frente a la tragedia que se abate sobre el país: sobre el virus, un temblor. Un aviso más, para los no creyentes y para los que buscan una explicación, de que el fin de los tiempos se avecina.

    No hay cines, no hay cafés, no hay restaurantes, todos somos sospechosos de ser sospechosos. Hoy, en el supermercado, tosí. Todos me miraron con gesto preocupado. Tosí sobre mi codo (aprendí rápido de la televisión) y sin querer toqué mi frente para verificar mi temperatura.

    La ciudad era un cuadro de película, una escena perfecta de “exterminio”. Se habla ya de los “arraigados sanitarios”. Separados del resto, los enfermos (fantasmagóricos) son confinados a su soledad. A lo largo del día recibo correos: preocupados los menos, festivos los más. Y claro, la simpática “Cumbia de la Influenza”, que rápidamente circuló por YouTube: todos estaremos muertos cuando llegue Indiana Jones.

    El humor mexicano, ese que dice que nos burlamos de la muerte, nos mantiene creativos: ¿Cuál es la diferencia entre una ePRIdemia y una PANdemia?, que la PANdemia es una ePRIdemia salida de control, dice el caricaturista Jabaz y no puedo sino reír a carcajadas, aunque en el intento se me descompone la quijada.

    En la farmacia, dos señoras compraron cuatro distintos antivirales y una dotación completa de vitaminas. Me miraron con desprecio y con sospecha porque no usaba cubreboca. No hay disponibles ya, se agotaron.

    Lo que no se agota es el miedo, uno gaseoso, profundo, vivo, que circula por la sangre y se asoma por los poros. Los manuales se desgastan y al final de día, largo, terrible, solitario, cada uno vuelve a la televisión, amuleto chamánico, oráculo providencial, para confortar la incertidumbre. No sabemos cuántos casos van, ni cómo va la curva, solo sabemos que juntarnos es muy peligroso. El cuerpo del otro es mi enemigo. Miedo, miedo, miedo.

    Influenza porcina, crisis económica, terremotos. La fragilidad está en desuso. En México vamos de los decapitados del narco a los cuerpos abatidos por lo invisible. Tenemos miedo, se siente.

    Rossana Reguillo es doctora en Ciencias Sociales, por la Universidad de Guadalajara, Área de Antropología e Historia.

    (Foto de Orus Villacorta)

    sábado, diciembre 13, 2008

    Horno al rojo vivo

    Sergio Ramírez

    A la hora del desayuno de mis tiempos oficiales en el gobierno de la revolución ya estaba allí el correo de Carlos Martínez Rivas como si una mano invisible lo hubiera dejado sobre la mesa: un sobre de manila que había tenido antes otro uso, rotulado con su letra escolástica, firmes y elásticos arabescos de tiempos de empatador y tintero que enlazaban con sus rúbricas, como virutas, unas palabras con otras. Caligrafía de alumno díscolo del Colegio Centroamérica de Granada junto al Gran Lago de Nicaragua, mimado de los jesuitas, sobre todo del poeta navarro Ángel Martínez Baigorri, su mejor maestro, y mimado de las musas. Dóctor, se dirigí a mí en el sobre, o Doktor. Él era the poet, nada más el poeta.

    Ya estaban allí también los informes oficiales, los recados tempraneros, los partes y las tiras de telex que ya no existen más, pero la avidez me llevaba de primero a rasgar el sobre de Carlos para encontrar, sino era otra vez su testamento ológrafo, porque varias veces fui su heredero universal honorífico y legatario otras tantas veces de su biblioteca, disposición esta última que llegó a anular bajo el temor, sic, de que “la convertiría en una biblioteca popular”, sus poemas aún envueltos en el dorado calor del horno: madeleines para mojar en la taza de te de tilo a la hora del asma en Combray, croissantes para comer de pie junto a la barra en los desayunaderos de piso cubierto de aserrín de la rue Monsieur-le-Prince, muy al alba aguardentosa, hora de la alta resaca, mareo nostrum, los tiempos aquellos en que Octavio Paz lo recuerda aparecer entre los amigos de la inquerida bohemia con una guitarra y una botella llena de ron.

    Su casa de Managua en el barrio de Altamira, uno de esos colmenares construidos después del terremoto, era como una panadería. Aunque alguien dijera por allí, quizás nosotros dos mismos conversando en eterna risa que ya traíamos muertos de risa desde los años ejemplares que compartimos en la década de los setenta en Costa Rica, que él llamaba con risa Costa Risa, encerrados en mi oficina burocrática de San Pedro de Montes de Oca, o en su celda monacal del falso Hotel Sheraton de la Avenida Central de San José, nombre ampuloso para un albergue de media mala muerte que sus propietarios chinos habían inscrito en el registro de marcas y no había trasnacional del mundo que pudiera quitarles, o como una ocurrencia más de aquellas de las tertulias de anochecer discutiendo literatura con José Coronel Urtecho a la luz de lámparas tubulares en el corredor con barandas de la hacienda Las Brisas que daba al Río Medio Queso anegándose en tinieblas, aunque alguien dijera, digo, cualquiera de nosotros dos, que más que una panadería se trataba más bien de una cueva, la cueva de Altamira con sus bisontes en la pared y el minotauro hidrópico que era él mismo paseándose en pelota entre esos muebles que no eran de hogar, sino de oficina de impuestos porque casa y muebles se los había proveído el gobierno, para qué más servía una revolución sino para amparar a un poeta, acaso sobre su desnudez una robe de chambre amarilla como una capa pluvial esponjándose en el aire tibio de la mañana. Y el espejo y la navaja de afeitar cruzados sobre la bacía llena de espuma de jabón. Cueva, o torre.


    Siga leyendo en: http://www.elnuevodiario.com.ni/especiales/34548

    Foto: Carlos Martínez Rivas, archivo El Nuevo Diario, Managua.

    miércoles, septiembre 03, 2008

    ¿Por qué no se puede reír en una tragedia?

    Estimado amigo:

    Leí con mucho interés "Confieso que he reído", tu comentario sobre nuestra reciente producción de El Rey Lear. Lo primero que deseo comentar es la alegría que siento a ver que se suscitan reacciones razonadas de espectadores. Demasiado a menudo, los que creamos arte debemos conformarnos con un « que bonito » o un « no me gustó ». Y ahí quedamos. De modo que, gracias.

    Tu artículo me provoca dos preguntas:
    “¿Por qué no se puede reír en una tragedia?”
    “¿Cómo hago para lidiar con los periodistas?"

    Desearía, si estas de acuerdo, discutirlas contigo ( y con otros) en la plaza publica por este medio. Creo que ya estamos maduros en El Salvador para llevar la discusión a ese nivel, ¿no?

    Cuando estrenamos “Sueno de noche de verano” en el Teatro Nacional (¡hace ya 10 años!) una espectadora me dijo que el trabajo era lindo, pero que eso no era Shakespeare. Al indagar la razón de su comentario me contestó que, bueno, ella no se había aburrido. Me di cuenta que la lucha sería larga para contrarrestar la noción que lo “clásico”- por tanto lo “culto” es aburrido; noción tan grabada dentro de nuestro ser por experiencias lamentables con profesores aburridos leyéndonos traducciones que intentan “elevar” nuestro intelecto.

    El genio de Shakespeare radica también en su forma inimitable de mezclar lo cómico con lo trágico- igual que hace la vida misma. Basta con recordar la escena del portero borracho en “Macbeth” que interviene justo después del regicidio. En El Rey Lear, el Bufón acompaña a Lear –hasta que Lear se convierte en bufón. Luego comienza la tragedia.

    Te concedo la razón al criticar la escena de la mano cercenada en nuestro montaje. Es un exceso al que nos dejamos ir por la misma naturaleza “gran guiñol” de la escena. Y, por lo general, me gusta desdramatizar a través del humor y así mantener el interés del público. Idiosincrasia mía.

    Es un gran error “actuar trágico”. Los personajes no saben al entrar a escena que van a sufrir una tragedia. La interpretación puede cambiar mucho la percepción del espectador. La decisión de Lear de repartir su herencia en vida a cambio de manifestaciones públicas de amor desencadena la tragedia. Pero eso no lo sabe de entrada ni el publico, ni los personajes de la obra. Ahí también radica la fuerza del teatro: en hacer al público mismo dudar de sus convicciones.

    No creo que un público sea estúpido. ¿Por qué las malas palabras, los insultos, todo lo referente a lo que sucede, como dice Lear “debajo de la cintura donde reina lo sulfúreo” suscita tanta risa en el público. ¿Inmadurez? ¿Falta de fogueo? No sabría dar la razón. La risa, nos enseña el filósofo Henri Bergson (1896), es la expresión de la libertad del individuo y se expresa mejor en comunidad.

    Ahora mi segunda pregunta: “¿Cómo hago para lidiar con los periodistas?
    Citas el artículo de Elena Salamanca en La Prensa Grafica: En el artículo titulado “El eterno Antonio Lemus Simún”, (Séptimo Sentido, p. 11), Roberto Salomón atribuye la risa del público al hecho de que algunos –o muchos— fueron a ver la obra “pensando que Toño Lemus (el actor principal de la obra) presenta (una) comedia. Y a la primera palabra que dice, ya se están riendo”. Es cierto, yo dije esto. Pero era un post scriptum a las varias razones que di en respuesta a la pregunta de la periodista: “¿A qué atribuye la risa del público?” Las primeras: a) al identificarse con lo que sucede en escena, b) al oír su lenguaje personal dicho en escena, no aparecen. ¿Qué hacer? Por un lado uno no quiere aparecer desagradecido ante tan gran cobertura mediática sobre la cultura. Tampoco es el papel del artista hacer la crítica de los críticos. Espero tu respuesta.

    Roberto Salomón