sábado, abril 03, 2010

Don Ramón en San Salvador

María Tenorio

La campaña de don Ramón está pegando. Aunque no tengo claro exactamente de qué se trata, desde hace algunas semanas me encuentro con su imagen en más sitios. Hace unos días, una joven en un carwash llevaba una camiseta con la misma figura que he visto pintada en la Panamericana y en Los Próceres. También leí una nota de La Prensa Gráfica que registraba el fenómeno del movimiento ciudadano donramonesco. Su página de Facebook tiene, ahora que escribo, 9,822 seguidores.

Hartazgo de la inseguridad ciudadana: en esa frase resumiría lo que he entendido sobre la presencia de don Ramón en San Salvador. No sé quiénes están detrás ni como creativos ni como patrocinadores, aunque hoy que visité su website no pude evitar relacionarlo con aquel "U2 vení" que también innundó las calles de esta ciudad capital. Además me evoca el eslógan "Yo exijo vivir sin miedo" que lanzó hace unas semanas la Cámara de Comercio e Industria de El Salvador y cuyo sitio en FB tiene 3,757 miembros.

Ahora bien, parte del pegue de la campaña es la generación de anticuerpos: la salvadoreñización del personaje mexicano tiene opositores. Un grupo de FB se opone al empleo de esa figura porque no es de aquí. ¿Por qué no usar un personaje salvadoreño, habiendo tantos?, razona con pésima ortografía ese colectivo que ha unido a 220 feisbuqueanos. Otros, siempre en FB, rechazan a Rondamón por su personalidad poco edificante: en la serie televisiva era haragán y le encantaba vivir de choto.

Por más globalizados que estemos, seguimos leyendo los fenómenos culturales en clave nacional. A propósito de ello quiero comentar dos cosas: la primera, el uso de un personaje mexicano para una campaña salvadoreña; y la segunda, relacionada con la anterior, nuestra limitada producción de símbolos culturales, explicable, en parte, por el pequeño tamaño del mercado nacional.

En cuanto a lo primero, nos hemos apropiado de prácticas y símbolos mexicanos incluso desde antes de crear los nuestros, de manera que esa tradición es parte de ser salvadoreños. Los mariachis, Thalía, los tacos, las telenovelas, José José, los Polivoces, Timbiriche y el mismo Chavo del 8 son parte de la cultura salvadoreña. Consumimos, disfrutamos y nos identificamos con esas producciones culturales.

Ahora bien, cuando hacemos propio algún contenido y lo insertamos en nuevos contextos, le imprimimos nuevos significados. Creamos algo nuevo a partir de lo ya hecho. Un ejemplo notable de ese principio creativo es el Movimiento Antropófago, surgido en Brasil en los años veinte, que propugnaba el devoramiento crítico de la producción cultural occidental desde una perspectiva rebelde. Pero para producir símbolos y prácticas nuevas a partir de lo foráneo o de lo viejo, hay que tener ciertas condiciones materiales. Con eso sigo.

En relación con el segundo punto, la escasa producción de símbolos identitarios "made in El Salvador" se explicaría, al menos parcialmente, por las limitadas condiciones materiales de la infraestructura cultural. Me refiero, por ejemplo, a los escasos espacios para educarse en producción cultural, para exponer y distribuir cultura; además, las generalmente exiguas remuneraciones de los trabajadores de la cultura. Tiendo a pensar que el meollo del asunto es el pequeño tamaño del mercado nacional que vuelve muy cara la producción. Es más barato importar series de televisión gringas, mexicanas, colombianas o brasileñas que hacerlas aquí. Lo mismo ocurre con los libros y el cine.

Volviendo a don Ramón, ¿hay algún personaje salvadoreño, massmediático, urbano y "encachimbado" semejante al mexicano, adecuado para una campaña ciudadana contra la violencia? Pues no se me ocurre ninguno. La Tenchis Céliber es urbana, pero bastante campechana. Podría resignificarse como quejosa, estoy segura, pero me late que esta sociedad es muy machista para un símbolo travestido. Por otra parte, Aniceto Porsisoca y el Cipitío vienen del mundo campesino y, en ese sentido, no llenan los requisitos para la campaña. Piensen ustedes en otros y, si quieren, me comentan.

Foto: Grafiti en Oaxaca, México, por Protonanito (Flickr)