Seymour Glass peleó en la Segunda Guerra Mundial, tocaba el piano y estaba casado con una jovencita llamada Muriel. Ambos han ido de paseo a un hotel en la Florida. Mientras Seymour se encuentra en la playa con un flotador inflable, Muriel se ha quedado en la habitación leyendo una revista y pintándose las uñas. El teléfono suena. Muriel responde. Es su madre.
En este punto comienza la breve narración titulada "Un día perfecto para el pez banana", del escritor J.D. Dalinger, que murió de viejo (tenía 91 años) hace solo unos días en New Hampshire, Estados Unidos. Su fallecimiento ha reavivado el interés en la vida de este escritor que a los 32 años pasó a convertirse en un clásico de las letras modernas.
Como Seymour Glass, el personaje de su cuento, Salinger también estuvo en la guerra. De hecho, fue uno de los efectivos militares que participaron en el desembarco de Normandía. Digamos que era un héroe. Pero la guerra es un fuego oscuro.
Aquel veterano intentó rehacer su vida. Su primer matrimonio terminó en el fracaso. Se casó de nuevo pero pocos años después estaba otra vez frente a un trámite de divorcio. Para entonces, la publicación de su novela "El guardián entre el centeno" (1951) lo había convertido en un autor admirado.
Salinger intentó protegerse de toda la atención que recibía de la prensa, las universidades y sus lectores. Sin embargo, cuando mantuvo una relación sentimental con una de sus admiradoras (una muchacha de solo dieciocho años de edad) estuvo en el centro de un escándalo. Años más tarde se casó de nuevo, tuvo hijos, se aficionó al budismo y vivió prácticamente recluido. Sus hijos han contado detalles escabrosos sobre la vida de su célebre padre, pero esa es otro cuento.
"El guardián" cuenta la historia de Holden Caulfield, un muchacho adorable, rebelde, irreverente y solitario. Se dice que ese libro ha sido un objeto de culto para numerosos perturbados. Por ejemplo, el homicida de John Lennon lo consideraba una fuente de inspiración personal. Fue mi libro de cabecera por muchos años. A mí me empujó, más bien, a comenzar un idilio con la literatura norteamericana después de las decepciones que me causaron los libros de Hemingway.
Y aquí volvemos a la conversación telefónica de Muriel Glass. Su madre insiste en preguntarle si se encuentra bien, pues teme que Seymour está chiflado. Muriel lo defiende. "Y pensar que esperaste a ese muchacho durante toda la guerra...", se lamenta la madre. "¿No quieres volver a casa?", le pregunta. Muriel se niega. "Llámame en cuanto haga o diga algo raro", le suplica. "Mamá, no le tengo miedo a Seymour", responde. Se despiden y cuelga.
Entre tanto, Seymour se encuentra en la playa enseñándole a una niña el arte de pescar a un pez banana. Le explica que ese animal parece ser como los demás, pero cuando entra a un pozo lleno de bananas come tantas que ya no tiene forma de salir del hueco y muere.
Seymour se despide de la niña. Recoge el flotador y se lo acomoda bajo el brazo caminando de regreso al hotel sobre la arena ardiente y blanda. Entra a la habitación y mira a su mujer durmiendo. Abre una de las maletas y extrae una pistola automática (es una Ortgies). Es el día más caluroso que ha habido en Florida desde hace mucho tiempo. Un día perfecto para un pez banana.
Lea el desenlace de "Un día perfecto para el pez banana"
(Publicado en La Prensa Gráfica, 4 de febrero de 2010)
